mione.
—¡Harry! —llamó, jadeante, y patinó al intentar detenerse en seco (la Señora Gorda la observó con las cejas levantadas)—. Tienes que venir, Harry. Tienes que venir: es lo más sorprendente que puedas imaginar. Por favor...
Agarró a Harry del brazo e intentó arrastrarlo por el corredor.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—Ya lo verás cuando lleguemos. Ven, ven, rápido...
Harry miró a Ron, y él le devolvió la mirada, intrigado.
—Vale —aceptó Harry, que dio media vuelta para acompañar a Hermione.
Ron se apresuró para no quedarse atrás.
—¡Ah, no os preocupéis por mí! —les gritó bastante irritada la Señora Gorda—. ¡No es necesario que os disculpéis por haberme molestado! No me importa quedarme aquí, franqueando el paso hasta que volváis.
—Muchas gracias —contestó Ron por encima del hombro.
—¿Adónde vamos, Hermione? —preguntó Harry, después de que ella los hubo conducido por seis pisos y comenzaron a bajar la escalinata de mármol que daba al vestíbulo.
—¡Ya lo veréis, lo veréis dentro de un minuto! —dijo Hermione emocionada.
Al final de la escalinata dobló a la izquierda y fue aprisa hacia la puerta por la que Cedric Diggory había entrado la noche en que el cáliz de fuego eligió su nombre y el de Harry. Harry nunca había estado allí. Él y Ron siguieron a Hermione por otro tramo de escaleras que, en lugar de dar a un sombrío pasaje subterráneo como el que llevaba a la mazmorra de Snape, desembocaba en un amplio corredor de piedra, brillantemente iluminado con antorchas y decorado con alegres pinturas, la mayoría bodegones.
—¡Ah, espera...! —exclamó Harry, a medio corredor—. Espera un minuto, Hermione.
—¿Qué? —Ella se volvió para mirarlo con expresión impaciente.
—Creo que ya sé de qué se trata —dijo Harry.
Le dio un codazo a Ron y señaló la pintura que había justo detrás de Hermione: representaba un gigantesco frutero de plata.
—¡Hermione! —dijo Ron cayendo en la cuenta—. ¡Nos quieres liar otra vez en ese rollo del pedo!
—¡No, no, no es verdad! —se apresuró a negar ella—. Y no se llama «pedo», Ron.
—¿Le has cambiado el nombre? —preguntó Ron, frunciendo el entrecejo—. ¿Qué somos ahora, el Frente de Liberación de los Elfos Domésticos? Yo no me voy a meter en las cocinas para intentar que dejen de trabajar, ni lo sueñes.
—¡No te pido nada de eso! —contestó Hermione un poco harta—. Acabo de venir a hablar con ellos y me he encontrado... ¡Ven, Harry, quiero que lo veas!
Cogiéndolo otra vez del brazo, tiró de él hasta la pintura del frutero gigante, alargó el índice y le hizo cosquillas a una enorme pera verde, que comenzó a retorcerse entre risitas, y de repente se convirtió en un gran pomo verde. Hermione lo accionó, abrió la puerta y empujó a Harry por la espalda, obligándolo a entrar.
Harry alcanzó a echar un rápido vistazo a una sala enorme con el techo muy alto, tan grande como el Gran Comedor que había encima, llena de montones de relucientes ollas de metal y sartenes colgadas a lo largo de los muros de piedra, y una gran chimenea de ladrillo al otro extremo, cuando algo pequeño se acercó a él corriendo desde el medio de la sala.
—¡Harry Potter, señor! —chilló—. ¡Harry Potter!
Un segundo después el elfo le dio un abrazo tan fuerte en el estómago que lo dejó sin aliento, y Harry temió que le partiera las costillas.
—¿Do... Dobby? —dijo, casi ahogado.
—¡Es Dobby, señor, es Dobby! —chilló una voz desde algún lugar cercano a su ombligo—. ¡Dobby ha esperado y esperado para ver a Harry Potter, señor, hasta que Harry Potter ha venido a verlo, señor!
Dobby lo soltó y retrocedió unos pasos, sonriéndole. Sus enormes ojos verdes, que tenían la forma de pelotas de tenis, rebosaban lágrimas de felicidad. Estaba casi igual a como Harry lo recordaba: la nariz en forma de lápiz, las orejas de murciélago, los dedos y pies largos... Lo único diferente era la ropa.
Cuando Dobby trabajaba para los Malfoy, vestía siempre la misma funda de almohadón vieja y sucia. Pero aquel día llevaba la combinación de prendas de vestir más extraña que Harry hubiera visto nunca. Al elegir él mismo la ropa había hecho un trabajo aún peor que los magos que habían ido a los Mundiales. De sombrero llevaba una cubretetera en la que había puesto un montón de insignias, y, sobre el pecho desnudo, una corbata con dibujos de herraduras; a ello se sumaba lo que parecían ser unos pantalones de fútbol de niño, y unos extraños calcetines. Harry reconoció uno de ellos como el calcetín negro que él mismo se había quitado, engañando al señor Malfoy para que se lo pasara a Dobby, con lo cual le había concedido involuntariamente la libertad. El otro era de rayas de color rosa y naranja.
—¿Qué haces aquí, Dobby? —dijo Harry sorprendido.
—¡Dobby ha venido para trabajar en Hogwarts, señor! —chilló Dobby emocionado—. El profesor Dumbledore les ha dado trabajo a Winky y Dobby, señor.
—¿Winky? —se asombró Harry—. ¿Es que también está aquí?
—¡Sí, señor, sí! —Dobby agarró a Harry de la mano y tiró de él entre las cuatro largas mesas de madera que había allí. Cada una de las 