n calma. Mientras hablaba, aguzaba el oído para captar cualquier ruido procedente del exterior, por si llegaban los representantes del Ministerio; además, era más fácil y menos enervante contestar a las preguntas de tío Vernon que enfrentarse a sus bramidos—. La segunda era del padre de mi amigo Ron, que trabaja en el Ministerio.
—¿El Ministerio de la Magia? —gritó tío Vernon—. ¿Estás diciéndome que hay gente como tú en el gobierno? Claro, eso lo explica todo, todo; no me extraña que el país se esté viniendo abajo. —Como Harry no dijo nada, tío Vernon lo fulminó con la mirada y le espetó—: ¿Y por qué te han expulsado?
—Porque he hecho magia.
—¡Ajá! —rugió tío Vernon, y dio un puñetazo en la parte superior de la nevera, cuya puerta se abrió; unos cuantos tentempiés de bajo contenido graso, que consumía Dudley, salieron despedidos y cayeron al suelo—. ¡Así que lo reconoces! ¿Qué le has hecho a tu primo?
—Nada —contestó Harry, ya no tan calmado—. Eso no lo he hecho yo...
—Sí lo ha hecho —masculló inesperadamente Dudley.
De inmediato, tío Vernon y tía Petunia se pusieron a agitar las manos para hacer callar a Harry mientras se inclinaban sobre Dudley.
—Sigue, hijo —dijo tío Vernon—, ¿qué te ha hecho?
—Cuéntanoslo, ricura —susurró tía Petunia.
—Me ha apuntado con la varita —farfulló Dudley.
—Sí, es verdad, pero no he utilizado... —se defendió Harry, enojado, aunque...
—¡Cállate! —gritaron tío Vernon y tía Petunia al unísono.
—Sigue, hijo —repitió tío Vernon con los pelos del bigote agitadísimos.
—Se ha quedado todo oscuro —dijo Dudley con voz ronca, estremeciéndose—. Muy oscuro. Y entonces he o-oído... cosas. Dentro de mi cabeza.
Tío Vernon y tía Petunia se miraron horrorizados. Una de las cosas que más aborrecían del mundo era la magia (seguida muy de cerca por los vecinos que hacían más trampas que ellos respecto a la prohibición del uso de mangueras); pero la gente que oía voces estaba también en esa lista. Era evidente que creían que Dudley se había vuelto loco.
—¿Qué cosas has oído, Peoncita? —preguntó tía Petunia con un hilo de voz. Se había quedado muy pálida y tenía lágrimas en los ojos.
Pero Dudley parecía incapaz de explicarse. Volvió a estremecerse y sacudió su enorme y rubia cabeza; pese a la sensación de pavor que se había apoderado de Harry desde la llegada de la primera lechuza, sintió cierta curiosidad. Los Dementores hacían que la gente reviviera los peores momentos de su vida. ¿Qué se habría visto obligado a oír su malcriado, mimado y bravucón primo?
—¿Cómo te has caído, hijo? —preguntó tío Vernon con una voz artificialmente tranquila, el tipo de voz que habría adoptado junto a la cama de una persona gravemente enferma.
—He tro-tropezado —contestó Dudley con voz temblorosa—. Y entonces...
Se señaló el enorme pecho. Harry lo comprendió. Dudley estaba recordando aquel frío húmedo que te llenaba los pulmones, cuando los Dementores te sorbían la esperanza y la alegría.
—Horrible —graznó Dudley—. Frío. Mucho frío.
—Ya —dijo tío Vernon con serenidad forzada mientras tía Petunia, nerviosa, le ponía una mano en la frente a su hijo para comprobar si tenía fiebre—. ¿Qué ha pasado luego, Dudders?
—He sentido... sentido... como... como si... como si...
—Como si nunca más fueras a ser feliz —aportó Harry con un tono muy débil.
—Sí —susurró Dudley, que no paraba de temblar.
—¡Ya veo! —exclamó tío Vernon, cuya voz había recuperado su volumen habitual, y se enderezó—. Le has hecho un maleficio a mi hijo para que oiga voces y crea que está condenado... a la desgracia o algo así, ¿no?
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —respondió Harry subiendo el tono de voz, pues se le estaba agotando la paciencia—. ¡No he sido yo! ¡Han sido dos Dementores!
—¿Dos qué? ¿Qué son esas paparruchas?
—De-men-to-res —repitió Harry, pronunciando con lentitud y claridad—. Dos.
—¿Y qué demonios son los Dementores, si puede saberse?
—Vigilan la prisión de los magos, Azkaban —terció tía Petunia.
Tras aquellas palabras, hubo dos segundos de silencio absoluto; luego tía Petunia se tapó la boca con una mano, como si acabara de pronunciar una espantosa palabrota. Tío Vernon la miraba con los ojos abiertos como platos. El cerebro de Harry era un mar de confusión. La señora Figg era una cosa, pero... ¿tía Petunia?
—¿Cómo sabes eso? —le preguntó, perplejo, su marido.
Tía Petunia estaba horrorizada de sí misma. Miró a tío Vernon, cohibida, como pidiéndole disculpas; después bajó un poco la mano, dejando al descubierto sus dientes de caballo.
—Hace muchos años... oí a aquel... infeliz... que se lo contaba a ella... —dijo con voz entrecortada.
—Si te refieres a mi padre y a mi madre, ¿por qué no los llamas por sus nombres? —dijo Harry en voz alta, pero tía Petunia no le hizo caso. Parecía terriblemente aturullada.
Harry estaba atónito. Con excepción de un arrebato ocurrido años atrás, durante el cual tía Petunia había gritado que la madre de Harry era un monstruo, él nunca la había oído mencionar a su hermana. Le sorprendió que su tía hubiera rec