tro compañero con la ayuda del libro.
Fue hacia su butaca, pero como vio a la profesora Umbridge sentada justo detrás, de inmediato giró hacia la izquierda, donde se hallaban Parvati y Lavender, que ya estaban enfrascadas en un profundo análisis del último sueño de Parvati.
Harry abrió su ejemplar de El oráculo de los sueños mirando disimuladamente a la profesora Umbridge, que había empezado a tomar notas. Pasados unos minutos, ésta se levantó y empezó a pasearse por el aula siguiendo a la profesora Trelawney, escuchando las conversaciones que mantenía con los alumnos y haciendo preguntas de vez en cuando. Harry agachó la cabeza sobre su libro rápidamente.
—Deprisa, piensa un sueño por si el sapo viene hacia aquí.
—Yo me lo inventé la última vez —protestó Ron—, ahora te toca a ti.
—¡Ay, no sé! —dijo Harry, desesperado. No recordaba haber soñado nada en los últimos días—. Digamos que soñé que estaba... ahogando a Snape en mi caldero. Sí, eso servirá...
Ron contuvo la risa mientras abría El oráculo de los sueños.
—Vale, tenemos que sumar tu edad a la fecha en que tuviste el sueño, y el número de letras del tema... ¿Cuál sería el tema? ¿Ahogamiento, caldero o Snape?
—No importa, elige el que quieras —contestó Harry, y se arriesgó a mirar hacia atrás.
La profesora Umbridge estaba de pie detrás de la profesora Trelawney, echando un vistazo por encima de su hombro y tomando notas, mientras la profesora de Adivinación interrogaba a Neville sobre su diario de sueños.
—A ver, ¿qué noche lo soñaste? —le preguntó Ron, enfrascado en sus cálculos.
—No lo sé, anoche, o cuando te parezca —respondió Harry intentando escuchar lo que Dolores Umbridge estaba diciéndole a la profesora Trelawney.
En ese momento ya sólo estaban a una mesa de distancia de ellos. La profesora Umbridge anotaba algo más, y la profesora Trelawney parecía sumamente molesta.
—Dígame —dijo la profesora Umbridge mirando a su colega—, ¿cuánto tiempo hace exactamente que imparte esta clase?
La profesora Trelawney la observó frunciendo el entrecejo, con los brazos cruzados y los hombros encorvados, como si quisiera protegerse cuanto pudiera de la humillación que suponía aquel examen. Tras una breve pausa, durante la cual pareció decidir que la pregunta no era tan ofensiva como para ignorarla por completo, contestó con un tono que denotaba un profundo resentimiento:
—Casi dieciséis años.
—Eso es mucho tiempo —repuso la profesora Umbridge, y lo anotó en sus hojas de pergamino—. ¿Y fue el profesor Dumbledore quien le ofreció el puesto?
—Sí —respondió la profesora Trelawney con sequedad.
La profesora Umbridge lo apuntó también.
—¿Y es usted la tataranieta de la famosa vidente Cassandra Trelawney?
—Sí —respondió la profesora levantando un poco más la barbilla.
Otra nota en las hojas de pergamino.
—Pero tengo entendido, y corríjame si me equivoco, que usted es la primera de su familia, desde Cassandra, que tiene el don de la clarividencia.
—Estos dones suelen saltarse... tres generaciones —repuso la profesora Trelawney.
La sonrisa de sapo de la profesora Umbridge se ensanchó un poco más.
—Claro, claro —dijo con dulzura, y tomó otra nota—. ¿Podría predecirme algo, por favor? —preguntó, y miró inquisidoramente a su colega sin dejar de sonreír.
La profesora Trelawney se puso tensa, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
—Perdone, pero no la entiendo —dijo cogiendo convulsivamente el chal que tenía alrededor del esquelético cuello.
—Me gustaría que me predijera algo —repitió la profesora Umbridge con toda claridad.
Harry y Ron ya no eran los únicos que observaban y escuchaban a hurtadillas escondidos tras sus libros. La mayoría de los estudiantes miraban perplejos a la profesora Trelawney, que se enderezó completamente haciendo tintinear sus brazaletes y sus collares de cuentas.
—¡El Ojo Interior no ve nada por encargo! —respondió escandalizada.
—Bien —dijo la profesora Umbridge, y tomó una nueva nota.
—Pero... ¡un momento! —exclamó de pronto la profesora Trelawney en un intento de recuperar su tono etéreo, aunque el efecto místico se malogró un poco porque la voz le temblaba de rabia—. Creo..., creo... que veo algo. Algo... que la concierne a usted... Sí, noto algo..., algo tenebroso..., un grave peligro...
La profesora Trelawney señaló con un tembloroso dedo a la profesora Umbridge, que siguió sonriéndole de manera insulsa con las cejas arqueadas.
—Me temo... ¡Me temo que corre un grave peligro! —concluyó la profesora Trelawney con dramatismo.
Se produjo un silencio. La profesora Umbridge todavía tenía las cejas arqueadas.
—Muy bien —repuso en voz baja, y volvió a hacer una anotación—. Si no es capaz de nada mejor...
Se dio la vuelta y dejó a la profesora Trelawney plantada donde estaba mientras ésta respiraba con agitación. Harry miró de reojo a Ron y comprendió que su amigo estaba pensando exactamente lo mismo que él: ambos sabían que la profesora Trelawney era una farsante, pero, por otra parte, detestaban tanto a Umbridge que se sentían inclinados a de