ordado aquella información sobre el mundo mágico durante tanto tiempo, cuando lo normal era que empleara toda su energía en fingir que ese mundo no existía.
Tío Vernon abrió la boca, la cerró, la abrió una vez más, la cerró de nuevo y luego, como si le costara trabajo recordar lo que había que hacer para hablar, la abrió por tercera vez y dijo con voz ronca:
—Entonces... Entonces... ¿existen de verdad, existen esos... demencomosellamen?
Tía Petunia asintió.
Tío Vernon miró primero a tía Petunia, luego a Dudley y por último a Harry, esperando que en cualquier momento alguien gritara: «¡Inocente!» Como nadie lo hizo, abrió la boca una vez más, pero no tuvo que esforzarse en encontrar más palabras porque, en ese preciso instante, llegó la tercera lechuza de la noche. Entró a toda pastilla por la ventana, que seguía abierta, como una bala de cañón con plumas, y aterrizó con estrépito sobre la mesa de la cocina, haciendo que los tres Dursley pegaran un bote, asustados. Harry cogió el segundo sobre, que parecía oficial, del pico de la lechuza y lo abrió, mientras el animal se marchaba por donde había llegado y se perdía en la noche.
—¡Estoy harto de esas condenadas lechuzas! —masculló tío Vernon, como un loco; fue hacia la ventana y volvió a cerrarla de golpe.

Querido señor Potter:
Con relación a nuestra carta de hace unos veinte minutos, el Ministerio de Magia ha revisado su decisión de destruir de inmediato su varita mágica. Puede conservar usted su varita hasta la vista disciplinar del 12 de agosto, momento en el que se tomará una decisión oficial.
Tras entrevistarse con el director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, el Ministerio ha acordado que el asunto de su expulsión también se decidirá en esa vista. Por lo tanto, considérese excusado del colegio hasta posteriores investigaciones.
Con mis mejores deseos.
Atentamente,

Mafalda Hopkirk
Oficina Contra el Uso
Indebido de la Magia
Ministerio de Magia

Harry leyó la carta con rapidez tres veces seguidas. Aquel angustioso nudo que se le había formado en el pecho se aflojó un tanto con el alivio de saber que todavía no lo habían expulsado definitivamente, aunque sus temores no habían desaparecido, ni mucho menos. Todo parecía depender de la vista del 12 de agosto.
—¿Y bien? —preguntó tío Vernon, devolviendo a Harry a la realidad—. ¿Qué pasa ahora? ¿Te han condenado a algo? ¿Existe la pena de muerte entre tu gente? —añadió, esperanzado, como si se le acabara de ocurrir esa idea.
—Tengo que ir a una vista —explicó Harry.
—¿Y allí te condenarán?
—Supongo que sí.
—Entonces no perderé la esperanza —aseguró tío Vernon con crueldad.
—Bueno, si eso es todo... —dijo Harry poniéndose en pie. Estaba deseando quedarse a solas para pensar y quizá para enviarle una carta a Ron, a Hermione o a Sirius.
—¡No, claro que no es todo! —bramó tío Vernon—. ¡Siéntate inmediatamente!
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó Harry con impaciencia.
—¡Dudley! —gritó tío Vernon—. ¡Quiero saber exactamente qué le ha ocurrido a mi hijo!
—¡Muy bien! —chilló Harry, y la rabia que sentía hizo que de la punta de su varita, que todavía tenía en la mano, saltaran chispas rojas y doradas. Los tres Dursley, acobardados, se encogieron—. Dudley y yo estábamos en el callejón que conecta la calle Magnolia y el paseo Glicinia —explicó Harry; hablaba deprisa, intentando no perder los estribos—. Dudley estaba vacilándome y yo saqué mi varita, pero no la utilicé. Entonces aparecieron dos Dementores...
—Pero ¿qué son los dementoides? —preguntó tío Vernon furioso—. ¿Qué hacen?
—Ya os lo he dicho: te quitan toda la alegría que tienes dentro —respondió Harry—, y si tienen ocasión te besan y...
—¿Que te besan? —lo interrumpió tío Vernon con los ojos fuera de las órbitas—. ¿Que te besan?
—Así llaman al hecho de que te saquen el alma por la boca.
Tía Petunia soltó un débil grito.
—¿El alma? No le habrán quitado... Él todavía tiene su...
Agarró a Dudley por los hombros y lo sacudió, como si pretendiera oír el alma de su hijo repiqueteando en el interior del cuerpo del chico.
—Claro que no le han quitado el alma. Si lo hubieran hecho ya os habríais dado cuenta —respondió Harry exasperado.
—Tú los ahuyentaste, ¿verdad, hijo? —-inquirió tío Vernon con ímpetu, como quien se esfuerza por devolver la conversación a un plano que domina—. Les diste su merecido, ¿verdad?
—A los Dementores no puedes darles su merecido —sentenció Harry entre dientes.
—Entonces, ¿cómo es que está bien? —rugió tío Vernon—. ¿Por qué no está vacío?
—Porque utilicé el encantamiento patronus...
¡ZUUUM! Con un fragor, un aleteo y una pequeña nube de polvo, una cuarta lechuza salió a toda velocidad de la chimenea de la cocina.
—¡Por todos los demonios! —gritó tío Vernon, arrancándose los pelos del bigote, algo que no se había visto obligado a hacer durante mucho tiempo—. ¡No quiero ver más lechuzas en mi casa, no pienso tolerarlo, te lo advierto!
Pero Harry ya había cogido el pergamino que la lechuza llevaba atado a una pata. Estaba tan seguro de que aq