se puso a Hedwig en el regazo y fue a retirar la carta que llevaba atada a la pata.
Entonces se dio cuenta de que su lechuza tenía las plumas muy alborotadas; unas cuantas estaban del revés, y tenía un ala en una extraña postura.
—¡Está herida! —susurró Harry agachando la cabeza. Hermione y Ron se inclinaron hacia él; Hermione hasta dejó la pluma—. Mirad, le pasa algo en el ala...
Hedwig estaba temblando; cuando Harry le tocó el ala, la lechuza dio un respingo y se le erizaron las plumas, como si se le inflaran, y miró a su amo con reproche.
—Profesor Binns —dijo Harry en voz alta, y todos giraron la cabeza hacia él—, no me encuentro bien.
El profesor Binns levantó la vista de sus notas, sorprendido, como siempre, al ver que estaba ante un aula llena de alumnos.
—¿No se encuentra bien? —preguntó vagamente.
—No, me encuentro muy mal —aseguró Harry con firmeza, y escondiendo a Hedwig detrás de la espalda, se levantó—. Creo que necesito ir a la enfermería.
—Sí —repuso el profesor Binns, a quien Harry había pillado desprevenido—. Sí, ya... A la enfermería... Bueno, pues vaya, Perkins...
En cuanto salió del aula, Harry se puso a Hedwig sobre el hombro y echó a correr por el pasillo; sólo se paró a pensar cuando perdió de vista la puerta del aula de Binns.
La persona idónea para curarla habría sido Hagrid, por descontado, pero como no sabía dónde se hallaba su amigo, la única opción que tenía era encontrar a la profesora Grubbly-Plank y confiar en que lo ayudara.
Miró por la ventana hacia los jardines: el cielo estaba nublado y borrascoso. No había ni rastro de la profesora Grubbly-Plank cerca de la cabaña de Hagrid; si no estaba dando clase, seguramente estaría en la sala de profesores. Entonces Harry bajó por la escalera mientras Hedwig oscilaba sobre su hombro y ululaba débilmente.
Dos gárgolas de piedra flanqueaban la puerta de la sala de profesores. Cuando Harry se acercó, una de ellas dijo con voz ronca:
—Deberías estar en clase, hijito.
—Esto es urgente —contestó Harry con tono cortante.
—¡Oh! ¡Es urgente! ¿En serio? —repuso la otra gárgola con voz chillona—. ¡No me digas!
Harry llamó a la puerta. Oyó pasos, y entonces la puerta se abrió. Harry se encontró cara a cara con la profesora McGonagall.
—¡No habrán vuelto a castigarte! —exclamó ella inmediatamente, alarmada, mirándolo a través de sus gafas de montura cuadrada.
—No, profesora —contestó Harry.
—Entonces, ¿por qué no estás en clase?
—Por lo visto es urgente —afirmó la segunda gárgola con malicia.
—Busco a la profesora Grubbly-Plank —explicó Harry—. Es mi lechuza. Está herida.
—¿Una lechuza herida? —La profesora Grubbly-Plank apareció detrás de la profesora McGonagall, fumando una pipa y con un ejemplar de El Profeta en las manos.
—Sí —dijo Harry levantando con cuidado a Hedwig de su hombro—. Ha llegado más tarde que el resto de las lechuzas y no sé qué le pasa en el ala, mire...
La profesora Grubbly-Plank sujetó firmemente la pipa entre los dientes y cogió a Hedwig mientras la profesora McGonagall los miraba.
—Humm —dijo la profesora Grubbly-Plank. La pipa se le movía un poco cuando hablaba—. Parece que la han atacado. Pero no sé qué criatura puede habérselo hecho. A veces los thestrals atacan a los pájaros, desde luego, pero Hagrid tiene a los thestrals de Hogwarts muy bien entrenados para que no se acerquen a las lechuzas.
Harry ni sabía qué eran los thestrals ni le importaba; lo único que le interesaba saber era si Hedwig iba a ponerse bien. La profesora McGonagall, sin embargo, miró con dureza a Harry y le preguntó:
—¿Sabes si esta lechuza viene de muy lejos, Potter?
—Esto... —dijo Harry—. Desde Londres, creo.
Harry miró brevemente a la profesora McGonagall, pero al ver que ésta fruncía el entrecejo, se dio cuenta de que la profesora había comprendido que «Londres» significaba en realidad «el número 12 de Grimmauld Place».
La profesora Grubbly-Plank sacó un monóculo de un bolsillo de su túnica y se lo colocó en un ojo para examinar meticulosamente el ala de Hedwig.
—Si me la dejas, intentaré averiguar qué le ha pasado, Potter —dijo—. De todos modos, no conviene que vuele largas distancias durante unos días.
—Gracias... —dijo Harry, y entonces sonó la campana que anunciaba el descanso.
—No pasa nada —dijo la profesora Grubbly-Plank con brusquedad; a continuación, se dio la vuelta y entró en la sala de profesores.
—¡Un momento, Wilhelmina! —exclamó la profesora McGonagall—. ¡La carta de Potter!
—¡Ah, sí! —dijo Harry, que había olvidado quitarle el rollo de pergamino a Hedwig.
La profesora Grubbly-Plank se lo entregó y a continuación desapareció en la sala de profesores con la lechuza, que miraba a su amo como si no pudiera creer que se hubiera desprendido de ella tan fácilmente. Harry, sintiéndose ligeramente culpable, se dio la vuelta para marcharse, pero la profesora McGonagall lo llamó:
—¡Potter!
—¿Sí, profesora?
La profesora McGonagall miró hacia ambos lados del pasillo, por donde empezaban a llegar alumnos.
—Recuerda —dijo rápidamente y en vo