jugar al quidditch... nunca más?
—En efecto, señor Potter, creo que una suspensión de por vida conseguirá su propósito —confirmó la profesora Umbridge, y su sonrisa se ensanchó aún más mientras observaba a Harry, que intentaba asimilar lo que ella acababa de decir—. Tanto a usted como a su amigo, el señor Weasley. Y creo que, para estar seguros, deberíamos suspender también al gemelo de este joven. Si sus compañeros no lo hubieran sujetado, estoy convencida de que también habría atacado al señor Malfoy. Les confiscaré las escobas, por descontado; las guardaré en mi despacho para asegurarme de que se cumpla mi prohibición. Pero seré razonable, profesora McGonagall —prosiguió, volviéndose de nuevo hacia ésta, que estaba de pie y la miraba fijamente, tan quieta como si fuera una estatua de hielo—. El resto del equipo puede seguir jugando, pues no he detectado señales de violencia en ningún otro jugador. Buenas tardes.
Y con un aire de máxima satisfacción, la profesora Umbridge salió del despacho dejando tras ella un silencio espeluznante.
—Suspendidos —dijo Angelina con voz apagada aquella noche en la sala común—. Suspendidos de por vida... Noshemos quedado sin buscador y sin golpeadores. ¿Qué vamos a hacer ahora?
No tenían la sensación de haber ganado el partido. Allá donde mirara, Harry sólo veía caras de desconsuelo y de enfado; los miembros del equipo estaban repantigados alrededor de la chimenea; todos excepto Ron, al que nadie había visto desde que había finalizado el partido.
—Es una injusticia —declaró Alicia, como atontada—. ¿Qué ha pasado con Crabbe y con esa bludger que te lanzó después de que sonara el silbato? ¿Acaso a él lo han suspendido?
—No —contestó Ginny con tristeza; ella y Hermione estaban sentadas a ambos lados de Harry—. Sólo tiene que copiar algo, he oído a Montague reírse de eso en la cena.
—¡Y suspender a Fred, cuando él no ha hecho nada! —añadió Alicia, furiosa, golpeándose la rodilla con el puño.
—No he hecho nada porque no me habéis dejado —intervino él con una expresión muy desagradable en la cara—. Si no me hubierais sujetado, habría hecho puré a ese cerdo.
Harry, abatido, se quedó mirando la oscura ventana. Estaba nevando. La snitch que había atrapado en el partido volaba en esos momentos describiendo círculos por la sala común; los estudiantes la miraban como hipnotizados, y Crookshanks saltaba de una butaca a otra intentando cogerla.
—Voy a acostarme —anunció Angelina, y se puso lentamente en pie—. A lo mejor resulta que todo esto no es más que una pesadilla... A lo mejor mañana me despierto y me doy cuenta de que todavía no hemos jugado el partido...
Alicia y Katie no tardaron en seguirla. Fred y George se fueron a la cama poco después y fulminaron con la mirada a todo aquel con el que se cruzaron; Ginny también se marchó enseguida. Harry y Hermione fueron los únicos que se quedaron junto al fuego.
—¿Has visto a Ron? —le preguntó Hermione con voz queda. Harry negó con la cabeza—. Creo que nos evita. ¿Dónde crees que...?
Pero en aquel preciso momento oyeron un crujido detrás de ellos. El retrato de la Señora Gorda se abrió y por elhueco entró Ron. Estaba tremendamente pálido y tenía nieve en el pelo. Al ver a Harry y a Hermione, se quedó paralizado.
—¿Dónde has estado? —le preguntó ésta con inquietud levantándose de un brinco.
—Paseando —balbuceó Ron. Todavía llevaba puesto el uniforme de quidditch.
—Debes de estar congelado —observó Hermione—. ¡Ven y siéntate aquí!
Ron se acercó a la chimenea, se dejó caer en la butaca más alejada de Harry y esquivó su mirada. La snitch robada seguía volando por encima de sus cabezas.
—Perdóname —murmuró Ron mirándose los pies.
—¿Por qué tengo que perdonarte? —preguntó Harry.
—Por creer que podía jugar al quidditch —respondió Ron—. Voy a renunciar mañana por la mañana.
—Si renuncias —repuso Harry con fastidio— sólo quedarán tres jugadores en el equipo. —Como Ron lo miraba con extrañeza, Harry añadió—: Me han suspendido de por vida. Y también a Fred y a George.
—¿Qué? —gritó Ron.
Hermione le contó la historia con todo detalle porque Harry se sentía incapaz de volver a explicarla. Cuando hubo terminado, Ron parecía aún más angustiado.
—Todo ha sido culpa mía...
—Tú no me hiciste pegar a Malfoy —dijo Harry con enfado.
—Si no fuera tan malo jugando al quidditch...
—Eso no tiene nada que ver...
—Es que esa canción me puso histérico...
—Habría puesto histérico a cualquiera... —Hermione se levantó, fue hasta la ventana para retirarse de la discusión y contempló la nieve que caía formando remolinos detrás del cristal—. Basta, ¿me oyes? —estalló Harry—. ¡Ya estamos bastante fastidiados, y sólo falta que tú te eches la culpa de todo!
Ron se calló y se quedó mirando, muy triste, el empapado dobladillo de su túnica. Al cabo de un rato, dijo con un hilo de voz:
—Nunca me había sentido tan mal.
—Ya somos dos —contestó Harry con amargura.
—Bueno —empezó a decir Hermione con voz ligeramente temblorosa—, se me ha ocurrido una cosa que a lo mejor os anima un p