ontarnos lo que te ha pasado, o no? —inquirió Harry.
—No puedo, Harry. Es secreto. Si os lo cuento me juego el empleo.
—¿Te han atacado los gigantes, Hagrid? —preguntó Hermione con voz queda.
Los dedos de Hagrid resbalaron por el filete de dragón, que descendió hasta el pecho haciendo un ruido parecido al de la succión.
—¿Los gigantes? —repitió Hagrid mientras agarraba el filete antes de que le llegara al cinturón y se lo colocaba de nuevo en la cara—. ¿Quién ha dicho nada de gigantes? ¿Con quién habéis estado hablando? ¿Quién os ha dicho que he...? ¿Quién os ha dicho que estaba...?
—Nos lo imaginamos nosotros —respondió Hermione en tono de disculpa.
—¿Ah, sí? —dijo Hagrid mirándola fijamente con el ojo que el filete no le tapaba.
—Era... evidente —añadió Ron, y Harry asintió con la cabeza.
Hagrid los miró a los tres con severidad; entonces dio un resoplido, dejó el filete en la mesa y fue a grandes zancadas hasta la tetera, que había empezado a silbar.
—No sé qué os pasa, pero siempre tenéis que saber más de lo que deberíais —masculló mientras vertía agua hirviendo en tres tazas con forma de cubo—. Y no os creáis que es un cumplido. Sois unos entrometidos. Y muy indiscretos.
Sin embargo, le temblaban los pelos de la barba.
—Entonces ¿es verdad que fuiste a buscar a los gigantes? —preguntó Harry, sonriente, al mismo tiempo que se sentaba a la mesa.
Hagrid colocó una taza de té delante de cada uno de los chicos, se sentó, volvió a coger el filete y se lo puso de nuevo en la cara.
—Sí, es verdad —gruñó.
—¿Y los encontraste? —inquirió Hermione con un hilo de voz.
—Verás, los gigantes no son muy difíciles de encontrar, francamente —contestó Hagrid—. Son bastante grandes, ¿sabes?
—¿Dónde viven? —preguntó Ron.
—En las montañas —respondió Hagrid a regañadientes.
—Entonces, ¿cómo es que los muggles no...?
—Te equivocas —se adelantó Hagrid—. Lo que pasa es que sus muertes siempre se atribuyen a accidentes de alpinismo.
Se ajustó un poco el filete para que le tapara la parte más magullada de la cara y Ron insistió:
—¡Vamos, Hagrid, cuéntanos lo que has estado haciendo! Si nos dices lo que te pasó con los gigantes, Harry te explicará cómo lo atacaron los Dementores...
Hagrid se atragantó con el té y al mismo tiempo se le cayó el filete de la cara; una gran cantidad de saliva, té y sangre de dragón salpicó la mesa mientras Hagrid tosía y farfullaba. El filete resbaló y cayó al suelo produciendo un fuerte ¡paf!
—¿Qué es eso de que te atacaron los Dementores? —masculló Hagrid.
—¿No lo sabías? —le preguntó Hermione con los ojos como platos.
—No sé nada de lo que ha pasado desde que me marché. Tenía una misión secreta, ¿de acuerdo? Y no era cuestión de que las lechuzas me siguieran por todas partes. ¡Esos malditos Dementores!... ¿Lo dices en serio?
—Sí, claro. Fueron a Little Whinging y nos atacaron a mi primo y a mí, y entonces el Ministerio de la Magia me expulsó...
—¿QUÉ?
—...y tuve que presentarme a una vista y todo, pero primero cuéntanos lo de los gigantes.
—¿Que te expulsaron del colegio?
—Cuéntanos lo que te ha pasado este verano y yo te contaré lo que me ha ocurrido a mí.
Hagrid lo fulminó con la mirada de su único ojo sano y Harry le sostuvo la mirada con una expresión que era mezcla de inocencia y determinación.
—Está bien —aceptó Hagrid, resignado. Se agachó y le arrancó el filete de dragón a Fang de la boca.
—¡No hagas eso, Hagrid, es antihigiénico...! —exclamó Hermione, pero él ya se había vuelto a poner el enorme trozo de carne en la hinchada cara.
Bebió otro tonificante sorbo de té y comenzó:
—Bueno, salimos de aquí en cuanto terminó el curso...
—Entonces, ¿Madame Máxime iba contigo? —lo interrumpió Hermione.
—Sí, exacto —confirmó Hagrid, y una expresión más suave apareció en los pocos centímetros del rostro que no estaban tapados ni por la barba ni por aquel filete verde—. Sí, íbamos los dos solos. Y he de decir que a Olympe no le importa prescindir de las comodidades. Veréis, ella es muy fina y siempre va muy bien vestida, y como yo sabía adónde íbamos, me preguntaba cómo encajaría eso de trepar por rocas y dormir en cuevas, pero os aseguro que no la oí rechistar ni una sola vez.
—¿Sabías adónde ibais? —le preguntó Harry—. ¿Sabías dónde viven los gigantes?
—Bueno, Dumbledore lo sabía y nos lo dijo.
—¿Están escondidos? —inquirió Ron—. ¿Es un lugar secreto?
—No, no del todo —respondió Hagrid moviendo la greñuda cabeza—. Lo que pasa es que a la mayoría de los magos no les interesa saber dónde están, con tal de que estén bien lejos. Pero es muy difícil llegar hasta allí, al menos para los humanos, así que necesitábamos las instrucciones de Dumbledore. Tardamos cerca de un mes en llegar a...
—¡¿Un mes?! —exclamó Ron, como si no concibiera que un viaje pudiera durar tanto—. Pero... ¿por qué no utilizasteis un traslador o algo así?
Hagrid entrecerró el ojo que no estaba hinchado y miró a Ron con una expresión extraña, casi de lástima.
—Nos vigilaban, Ron —respondió con brusquedad.
—¿Qué quieres decir?
—Vosotros 