no lo entendéis. El Ministerio vigila de cerca a Dumbledore y a todos los que están a su favor, y...
—Eso ya lo sabemos —intervino Harry, ansioso por escuchar el resto de la historia de Hagrid—, ya sabemos que el Ministerio vigila a Dumbledore...
—¿Y no podíais utilizar la magia para llegar hasta allí? —terció Ron, estupefacto—. ¿Teníais que comportaros como muggles todo el tiempo?
—Bueno, no siempre —puntualizó Hagrid cautelosamente—. Pero teníamos que ir con mucho cuidado, porque Olympe y yo... destacamos un poco... —Ron hizo un ruidito ahogado, un sonido entre un bufido y un resuello, y rápidamente bebió un sorbo de té—, de modo que no resulta muy difícil seguirnos la pista. Fingimos que nos íbamos de vacaciones juntos. Llegamos a Francia e hicimos ver que nos dirigíamos al colegio de Olympe, porque sabíamos que alguien del Ministerio estaba siguiéndola. Teníamos que avanzar muy despacio porque no debíamos emplear la magia, pues también sabíamos que el Ministerio buscaba cualquier excusa para echarnos el guante. Pero en Dijon conseguimos dar esquinazo al imbécil que nos seguía...
—¿En Dijon? —repitió Hermione, emocionada—. ¡Yo estuve allí de vacaciones! ¿Visteis el...?
Hermione se calló al ver la expresión de Ron.
—Después de eso pudimos hacer un poco de magia y el viaje no estuvo tan mal. En la frontera polaca nos topamos con un par de trols chiflados, y yo tuve un pequeño percance con un vampiro en una taberna de Minsk, pero aparte de eso el viaje fue pan comido.
«Entonces llegamos a las montañas y empezamos a buscar señales de los gigantes...
»Cuando nos acercábamos a donde estaban, tuvimos que dejar de emplear la magia. En parte porque a ellos no les gustan los magos y no queríamos irritarlos antes de tiempo, pero también porque Dumbledore nos había advertido que Quien-vosotros-sabéis también debía de andar buscando a los gigantes. Dijo que lo más probable era que ya les hubiera enviado un mensajero. Nos aconsejó que tuviéramos mucho cuidado y no llamáramos la atención cuando estuviéramos cerca, por si había mortífagos por allí.
Hagrid hizo una pausa y bebió un largo sorbo de té.
—¡Sigue! —le pinchó Harry.
—Los encontramos —continuó Hagrid sin andarse con rodeos—. Una noche alcanzamos la cresta de una montaña y allí estaban, diseminados a nuestros pies. Allá abajo ardían pequeñas hogueras y unas sombras inmensas... Era como si viéramos moverse trozos de montaña.
—¿Son muy grandes? —murmuró Ron.
—Miden unos seis metros —respondió Hagrid con indiferencia—. Los más altos llegan a medir casi ocho metros.
—¿Y cuántos había? —preguntó Harry.
—Calculo que setenta u ochenta.
—¿Sólo? —se extrañó Hermione.
—Sí —confirmó Hagrid con tristeza—. Sólo quedan ochenta, y eso que antes había muchísimos. Debía de haber unas cien tribus diferentes en todo el mundo, pero hace años que se están extinguiendo. Los magos mataron a unos cuantos, desde luego, pero básicamente se mataron entre ellos, y ahora desaparecen más rápido que nunca porque no están hechos para vivir amontonados de esa forma. Dumbledore opina que es culpa nuestra, es decir, que fuimos los magos los que los obligamos a irse a vivir tan lejos de nosotros, y que ellos no tuvieron más remedio que unirse para protegerse.
—Bueno —intervino Harry—, los visteis, y entonces, ¿qué?
—Esperamos a que se hiciera de día; no queríamos aparecer entre ellos a oscuras porque era peligroso —prosiguió Hagrid—. Hacia las tres de la madrugada se quedaron dormidos donde estaban, aunque nosotros no nos atrevimos a dormir. Primero, porque no queríamos que ninguno despertara y nos descubriera, y además, porque los ronquidos eran increíbles. Antes del amanecer provocaron un alud. En fin, cuando se hizo de día, bajamos a verlos.
—¿Así, sin más? —preguntó Ron, perplejo—. ¿Bajasteis como si tal cosa a un campamento de gigantes?
—Bueno, Dumbledore nos explicó cómo teníamos que hacerlo —puntualizó Hagrid—. Había que llevarle regalos al Gurg y mostrarse respetuoso con él, ya sabéis.
—¿Llevarle regalos a quién? —preguntó Harry.
—¡Ah, al Gurg! Significa «jefe».
—¿Y cómo supisteis cuál de ellos era el Gurg? —inquirió Ron.
Hagrid soltó una risotada.
—No resultó difícil —respondió—. Era el más grande, el más feo y el más vago de todos. Estaba allí sentado esperando a que los otros le llevaran la comida. Cabras muertas y cosas así. Se llamaba Karkus. Debía de medir unos siete metros y pesar como dos elefantes macho. Y tenía una piel que parecía de rinoceronte.
—¿Y fuiste tranquilamente a hablar con él? —le preguntó Hermione, impresionada.
—Bueno, más o menos. Los gigantes estaban instalados en una hondonada entre cuatro montañas muy altas, junto a un lago, y Karkus estaba tumbado a orillas del lago y les gritaba a los otros que les llevaran comida a él y a su esposa. Olympe y yo bajamos por la ladera de la montaña...
—Pero ¿no intentaron mataros cuando os vieron? —preguntó Ron, incrédulo.
—Estoy seguro de que a unos cuantos se les ocurrió esa idea —dijo Hagrid encogiéndose de hombros—, pero n