caron cuando os vieron? —preguntó Hermione.
—Probablemente lo habrían hecho si se hubieran hallado en mejores condiciones —contestó Hagrid—, pero estaban los tres malheridos porque los secuaces de Golgomath los habían apaleado hasta dejarlos inconscientes. Tras recobrar el conocimiento, se habían refugiado en el primer lugar que habían encontrado. En fin, uno de ellos sabía un poco nuestro idioma e hizo de intérprete para los otros, y lo que les dijimos no les pareció mal. Así que más tarde volvimos a su cueva para visitar a los heridos... Creo que hubo un momento en que tuvimos convencidos a seis o siete.
—¿Seis o siete? —repitió Ron con entusiasmo—. No está nada mal... ¿Van a venir aquí para pelear de nuestro lado contra el Innombrable?
Pero Hermione dijo:
—¿Qué quieres decir con eso de que «hubo un momento», Hagrid?
Este la miró con tristeza.
—Los secuaces de Golgomath atacaron las cuevas. Después de eso, los que sobrevivieron no quisieron saber nada más de nosotros.
—Entonces..., entonces ¿no va a venir ningún gigante? —dijo Ron, decepcionado.
—No —contestó Hagrid, y soltó un hondo suspiro. Volvió a dar vuelta el trozo de carne y se colocó de nuevo la parte más fresca sobre la cara. —Pero cumplimos con lo que habíamos ido a hacer: les llevamos el mensaje de Dumbledore, y algunos lo oyeron y espero que lo recuerden. A lo mejor los que no quieran quedarse con Golgomath se marchan de las montañas, y quizá recuerden que Dumbledore se mostró amable con ellos... Es posible que vengan.
La nieve estaba acumulándose en la ventana y entonces Harry se dio cuenta de que su túnica estaba empapada a la altura de las rodillas: Fang babeaba con la cabeza apoyada en su regazo.
—Hagrid... —dijo Hermione al cabo de un rato.
—¿Humm?
—¿Encontraste..., viste..., oíste algo de... tu... madre mientras estabas allí? —Hagrid miró a Hermione con su ojo sano, y ella se asustó. —Lo siento..., yo... Olvídalo...
—Murió —gruñó Hagrid—. Murió hace muchos años. Me lo dijeron.
—Oh... Lo siento mucho —replicó Hermione con un hilo de voz. Hagrid encogió sus enormes hombros.
—No pasa nada —dijo de manera cortante—. Casi no me acuerdo de ella. No era muy buena madre.
Volvieron a quedarse callados. Hermione miró nerviosa a Harry y a Ron; era evidente que estaba deseando que dijeran algo.
—Pero todavía no nos has explicado cómo terminaste en este estado, Hagrid —comentó Ron señalando la cara manchada de sangre de su amigo.
—Ni por qué has tardado tanto en volver —añadió Harry—. Sirius dice que Madame Máxime regresó hace mucho tiempo...
—¿Quién te atacó? —le preguntó Ron.
—¡No me han atacado! —exclamó Hagrid enérgicamente—. Es que...
Pero unos súbitos golpes en la puerta acallaron el resto de sus palabras. Hermione dio un grito ahogado y la taza se le cayó de las manos y se rompió al chocar contra el suelo. Fang dio un gañido. Los cuatro se quedaron mirando la ventana que había junto a la puerta. La sombra de una persona bajita y rechoncha ondeaba a través de la delgada cortina.
—¡Es ella! —susurró Ron.
—¡Rápido, escondámonos! —dijo Harry. Tomó la capa para hacerse invisible y se la echó encima cubriendo también a Hermione, mientras Ron rodeaba la mesa y corría a refugiarse bajo la capa. Apretujados, retrocedieron hacia un rincón. Fang ladraba furioso mirando la puerta. Hagrid estaba muy aturdido. —¡Esconde nuestras tazas, Hagrid!
Éste agarró las tazas de Harry y de Ron y las puso debajo del almohadón del cesto de Fang. El perro arañaba la puerta con las patas delanteras, y Hagrid lo apartó con un pie y abrió.
La profesora Umbridge estaba plantada en el umbral, con su capa verde de tweed y un sombrero haciendo juego con orejeras. Se echó hacia atrás con los labios fruncidos para ver la cara de Hagrid, a quien apenas le llegaba a la altura del ombligo.
—Usted es Hagrid, ¿verdad? —dijo despacio y en voz muy alta, como si hablara con un sordo. A continuación entró en la cabaña sin esperar una respuesta, dirigiendo sus saltones ojos en todas direcciones. —¡Fuera! —exclamó con brusquedad agitando su bolso frente a Fang, que se le había acercado dando saltos e intentaba lamerle la cara.
—Oiga, no querría parecer grosero —dijo Hagrid mirándola fijamente—, pero ¿quién demonios es usted?
—Me llamo Dolores Umbridge.
La profesora Umbridge recorrió la cabaña con la mirada. En dos ocasiones fijó la vista en el rincón donde estaba Harry apretado entre Ron y Hermione.
—¿Dolores Umbridge? —repitió Hagrid absolutamente confundido—. Creía que era una empleada del Ministerio. ¿No trabaja con Fudge?
—Sí, antes era la subsecretaria del ministro —confirmó la bruja, y empezó a pasearse por la cabaña fijándose en todo, desde la mochila que había apoyada en la pared hasta la capa de viaje colgada del respaldo de la silla—. Ahora soy la profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras...
—Es usted valiente —comentó Hagrid—. Ya no hay mucha gente dispuesta a ocupar ese puesto.
—...y la suprema inquisidora de Hogwarts —añadió Dolores Umbridge como si no hubiera oído el comen