tario de Hagrid.
—¿Qué es eso? —preguntó él frunciendo el entrecejo.
—Precisamente iba a preguntarle lo mismo —dijo la profesora Umbridge señalando los trozos de porcelana de la taza de Hermione que había en el suelo.
—¡Ah! —exclamó Hagrid, y sin poder evitarlo miró hacia el rincón donde estaban escondidos Harry, Ron y Hermione—. ¡Ah, eso! Fue Fang. Rompió una taza. Por eso tuve que usar esa otra.
Hagrid señaló la taza con la que había estado bebiendo. Todavía se sujetaba con una mano el trozo de carne de dragón contra el ojo magullado. La profesora Umbridge dejó de pasearse y miró a Hagrid, fijándose en todos los detalles de su apariencia.
—He oído voces —comentó con calma.
—Estaba hablando con Fang —aseguró Hagrid con firmeza.
—¿Y él le contestaba?
—Bueno, en cierto modo... —dijo Hagrid, que parecía un poco incómodo—. A veces digo que Fang es casi humano...
—Hay tres rastros en la nieve que conducen desde la puerta del castillo hasta su cabaña —declaró la profesora Umbridge con parsimonia.
Hermione ahogó un grito y Harry le tapó la boca con una mano. Por fortuna, Fang olfateaba ruidosamente el dobladillo de la túnica de la profesora Umbridge, que no pareció haber oído nada.
—Mire, yo acabo de llegar —explicó Hagrid señalando su mochila con una enorme mano—. A lo mejor ha venido alguien antes y no me ha encontrado.
—No hay huellas que salgan de la puerta de la cabaña.
—Bueno..., no sé por qué será —dijo Hagrid, nervioso, tocándose la barba, y volvió a mirar hacia el rincón donde estaban Harry, Ron y Hermione, como pidiéndoles ayuda—. No sé...
La profesora Umbridge se dio vuelta y volvió a recorrer la cabaña, estudiando atentamente todo lo que la rodeaba. Se agachó y miró debajo de la cama. Abrió los armarios de Hagrid. Pasó a sólo cinco centímetros de donde estaban Harry, Ron y Hermione, pegados contra la pared; Harry hasta encogió el estómago cuando ella pasó a su lado. Tras examinar detenidamente el interior del inmenso caldero que Hagrid utilizaba para cocinar, volvió a darse vuelta y preguntó:
—¿Qué le ocurrió? ¿Cómo se hizo esas heridas?
Hagrid se apresuró a quitarse la carne de dragón de la cara, lo cual, en opinión de Harry, fue un error, porque dejó al descubierto el tremendo moretón que tenía alrededor del ojo, por no mencionar la gran cantidad de sangre fresca y coagulada que le cubría la cara.
—Es que... he sufrido un pequeño accidente —contestó sin convicción.
—¿Qué tipo de accidente?
—Pues... tropecé.
—Tropezó —repitió la profesora Umbridge con frialdad.
—Sí, eso es. Con..., con la escoba de un amigo mío. Yo no vuelo. Comprenderá que con mi estatura... No creo que haya escobas adecuadas para mí. Tengo un amigo que se dedica a la cría de caballos abraxan, no sé si los habrá visto alguna vez, son unas bestias enormes, con alas, ¿sabe? Una vez monté uno y fue...
—¿Dónde ha estado? —lo interrumpió la profesora Umbridge, cortando por lo sano el balbuceo de Hagrid.
—¿Que dónde he...?
—Estado, sí —acabó de decir ella—. El año escolar empezó hace dos meses. Otra profesora ha tenido que hacerse cargo de sus clases. Ninguno de sus colegas ha sabido darme ninguna información acerca de su paradero. No dejó usted ninguna dirección. ¿Dónde ha estado?
Entonces se produjo una pausa durante la cual Hagrid miró a la profesora Umbridge con el ojo que acababa de destapar. A Harry le pareció que podía oír el cerebro de su amigo trabajando a toda máquina.
—He estado fuera por motivos de salud —aclaró al fin.
—Por motivos de salud —repitió la profesora Umbridge recorriendo con la mirada la descolorida e hinchada cara de Hagrid. La sangre de dragón goteaba lenta y silenciosamente sobre su chaleco. —Ya veo.
—Sí, necesitaba un poco de aire fresco, ¿sabe?
—Claro, porque como guardabosques no debe de tener oportunidad de respirar mucho aire fresco —replicó la profesora Umbridge con dulzura. El único trozo de la cara de Hagrid que no estaba de color negro ni morado se puso rojo.
—Bueno, necesitaba un cambio de ambiente...
—¿Ambiente de montaña? —sugirió la profesora Umbridge con rapidez.
«Lo sabe», pensó Harry desesperado.
—¿De montaña? —repitió Hagrid exprimiéndose el cerebro—. No, no, fui al sur de Francia. Necesitaba un poco de sol... y de mar...
—¡No me diga! —saltó la profesora Umbridge—. Pues no está muy tostado.
—Sí, ya sé... Es que tengo una piel muy sensible —dijo Hagrid intentando forzar una sonrisa conciliadora.
Harry se fijó en que le faltaban dos dientes. La profesora Umbridge se quedó mirándolo fríamente, y la sonrisa de Hagrid flaqueó. Entonces la bruja se subió un poco más el bolso, hasta el codo, y dijo:
—Informaré al Ministerio de su tardanza, como es lógico.
—Claro —repuso Hagrid, y asintió con la cabeza.
—También debería usted saber que como suprema inquisidora es mi deber supervisar a los profesores de este colegio. De modo que me imagino que volveremos a vernos muy pronto —añadió, girando bruscamente y dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Que nos está supervisando? —preguntó Hagrid, desconcertado, mirando