 la espalda de la profesora Umbridge.
—En efecto —afirmó ésta girando la cabeza cuando ya tenía una mano en el picaporte—. El Ministerio está decidido a descartar a los profesores insatisfactorios, Hagrid. Buenas noches.
Y a continuación salió de la cabaña y cerró la puerta, que hizo un ruido seco. Harry iba a quitarse la capa para hacerse invisible, pero Hermione le agarró la muñeca.
—Todavía no —le susurró al oído—. Quizá no se haya ido todavía.
Hagrid debía de estar pensando lo mismo, porque cruzó la habitación y apartó un poco la cortina para mirar afuera.
—Vuelve al castillo —dijo en voz baja—. Caramba, así que está supervisando a los profesores, ¿eh?
—Sí —afirmó Harry quitándose la capa—. La profesora Trelawney ya está en período de prueba...
—Oye, Hagrid, ¿qué tienes pensado hacer en nuestras clases? —preguntó Hermione.
—Oh, no te preocupes por eso, tengo un montón de clases planeadas —respondió Hagrid con entusiasmo. Tomó el trozo de carne de dragón de la mesa y volvió a ponérselo sobre el ojo. —Tengo un par de criaturas guardadas para este año, que es el de las TIMO. Ya verán, son muy especiales.
—Especiales... ¿en qué sentido? —inquirió Hermione, vacilante.
—No pienso decírtelo —repuso Hagrid alegremente—. Quiero que sea una sorpresa.
—Mira, Hagrid —dijo la chica con tono apremiante; no podía seguir disimulando—, a la profesora Umbridge no le va a hacer ninguna gracia que lleves bichos peligrosos a las clases.
—¿Bichos peligrosos? —se extrañó Hagrid, risueño—. ¡No seas tonta, jamás se me ocurriría llevar nada peligroso! Bueno, saben cuidarse solitos...
—Hagrid, tienes que aprobar la supervisión de la profesora Umbridge, y para ello sería preferible que viera cómo nos enseñas a cuidar porlocks, a distinguir a los knarls de los erizos, y cosas así —expuso Hermione con mucha seriedad.
—Es que eso no es interesante, Hermione —argumentó Hagrid—. Lo que tengo preparado es mucho más impresionante. Llevo años criándolos; creo que tengo la única manada doméstica de Gran Bretaña.
—Por favor, Hagrid —le suplicó Hermione con verdadera desesperación en la voz—. La profesora Umbridge está buscando excusas para deshacerse de los profesores que estén, según ella, demasiado vinculados a Dumbledore. Por favor, Hagrid, enséñanos algo aburrido que puedan preguntarnos en las TIMO.
Pero Hagrid se limitó a abrir la boca en un enorme bostezo y a mirar con languidez con su ojo sano la inmensa cama que había en un rincón.
—Mira, ha sido un día muy largo y se hace tarde —dijo, dándole unas palmaditas en el hombro a Hermione, a quien se le doblaron las rodillas y cayó al suelo con un ruido sordo—. ¡Oh, lo siento! —La ayudó a levantarse tirando del cuello de su túnica. —No te preocupes por mí, te prometo que tengo cosas estupendas pensadas para las clases ahora que he vuelto... Será mejor que regreséis cuanto antes al castillo, ¡y no olvidéis borrar vuestras huellas!
—No sé si habrás conseguido que lo entienda —comentó Ron poco después, cuando, tras comprobar que no había peligro, volvían al castillo por la espesa capa de nieve sin dejar rastro tras ellos gracias al encantamiento de obliteración que Hermione realizaba a medida que avanzaban.
—Pues mañana iré a verlo otra vez —afirmó ésta muy decidida—. Si es necesario le programaré las clases. ¡No me importa que echen a la profesora Trelawney, pero no voy a permitir que despidan a Hagrid!

21 - EL OJO DE LA SERPIENTE

El domingo por la mañana, Hermione volvió a la cabaña de Hagrid caminando con dificultad por la capa de medio metro de nieve que cubría los jardines. A Harry y a Ron les habría gustado acompañarla, pero la montaña de deberes había vuelto a alcanzar una altura alarmante, así que se quedaron de mala gana en la sala común e intentaron ignorar los gritos de alegría provenientes de los jardines, donde los alumnos se divertían patinando en el lago helado, deslizándose en trineo y, lo peor de todo, encantando bolas de nieve que volaban a toda velocidad hacia la torre Gryffindor y golpeaban con fuerza los vidrios de las ventanas.
—¡Ya basta! —estalló Ron, que finalmente había perdido la paciencia, y sacó la cabeza por la ventana—. Soy prefecto, y si una de esas bolas de nieve vuelve a golpear esta ventana... ¡Ay! —Metió la cabeza rápidamente. Tenía la cara cubierta de nieve. —Son Fred y George —dijo con amargura, y cerró la ventana—. ¡Imbéciles!
Hermione volvió de la cabaña de Hagrid poco antes de la hora de comer, temblando ligeramente y con la túnica mojada hasta las rodillas.
—¿Y bien? —le preguntó Ron, que levantó la cabeza al verla llegar—. ¿Ya le has programado las clases?
—Bueno, lo he intentado —contestó ella con desánimo, y se sentó en una butaca al lado de Harry. Luego sacó su varita mágica e hizo un complicado movimiento con ella. Del extremo salió un chorro de aire caliente que Hermione dirigió hacia su túnica, y ésta empezó a despedir vapor hasta que se secó por completo. —Ni siquiera estaba en la cabaña cuando llegué, y pasé media hora llamando a la puerta