acio y elevando mucho la voz, como había hecho anteriormente para dirigirse a Hagrid. Era como si le hablara a un extranjero corto de entendimiento. —La nota en la que le anunciaba que iba a supervisar su clase.
—Sí, sí —afirmó Hagrid muy contento—. ¡Me alegro de que haya encontrado el lugar! Bueno, como verá..., o quizá no... No lo sé... Hoy estamos estudiando los thestrals.
—¿Cómo dice? —preguntó la profesora Umbridge en voz alta, llevándose la mano a la oreja y frunciendo el entrecejo.
Hagrid parecía un poco confundido.
—¡Thestrals! —gritó—. Esos... caballos alados, grandes, ¿sabe?
Hagrid agitó sus gigantescos brazos imitando el movimiento de unas alas. La profesora Umbridge lo miró arqueando las cejas y murmuró mientras escribía en una de sus hojas de pergamino:
—«Tiene... que... recurrir... a... un... burdo... lenguaje... corporal».
—Bueno..., en fin... —balbuceó Hagrid, y se volvió hacia sus alumnos. Parecía un poco nervioso. —Este..., ¿por dónde iba?
—«Presenta... signos... de... escasa... memoria... inmediata» —murmuró la profesora Umbridge lo bastante alto para que todos pudieran oírla.
Draco Malfoy estaba exultante, como si las Navidades se hubieran adelantado un mes. Hermione, en cambio, estaba roja de ira reprimida.
—¡Ah, sí! —exclamó Hagrid, y echó una ojeada a las notas de la profesora Umbridge, inquieto. Pero siguió adelante con valor. —Sí, les iba a contar por qué tenemos una manada. Empezamos con un macho y cinco hembras. Éste —le dio unas palmadas al caballo que había aparecido en primer lugar— se llama Tenebrus y es mi favorito. Fue el primero que nació aquí, en el bosque...
—¿Sabe que el Ministerio de la Magia ha catalogado a los thestrals como criaturas peligrosas? —dijo Umbridge en voz alta interrumpiendo a Hagrid.
A Harry se le encogió el corazón, pero Hagrid se limitó a chasquear la lengua.
—¡Estos animales no son peligrosos! Bueno, quizá peguen un mordisco si uno los fastidia mucho...
—«Parece... que... la... violencia... lo motiva» —murmuró la profesora Umbridge, y continuó escribiendo en sus notas.
—¡En serio, no son peligrosos! —dijo Hagrid, que se estaba poniendo un poco nervioso—. Mire, los perros muerden cuando se los molesta, ¿no? Lo que pasa es que los thestrals tienen mala reputación por eso de la muerte. Antes la gente creía que eran de mal agüero, ¿verdad? Porque no lo entendían, claro.
La profesora Umbridge no hizo ningún comentario más; terminó de escribir la última nota, levantó la cabeza, miró a Hagrid y volvió a hablar lentamente y en voz alta:
—Continúe dando la clase, por favor. Yo voy a pasearme —con mímica hizo como que caminaba y Malfoy y Pansy Parkinson rieron a carcajadas, aunque sin hacer ruido— entre los alumnos —señaló a unos cuantos estudiantes— y les haré preguntas —añadió, señalándose la boca mientras movía los labios.
Hagrid se quedó mirándola; no se explicaba por qué la profesora Umbridge actuaba como si él no entendiera su idioma. Hermione tenía lágrimas de rabia en los ojos.
—¡Eres una arpía! —dijo por lo bajo mientras la bruja se acercaba a Pansy Parkinson—. Ya sé lo que pretendes, asquerosa, retorcida y malvada...
—Bueno... —continuó Hagrid haciendo un esfuerzo por recuperar el hilo de sus ideas—. Thestrals. Sí. Los thestrals tienen un montón de virtudes...
—¿Te resulta fácil —le preguntó la profesora Umbridge a Pansy Parkinson con voz resonante— entender al profesor Hagrid cuando habla?
Pansy, como Hermione, tenía lágrimas en los ojos, pero las suyas eran de risa. Cuando contestó, apenas se le entendió porque, al mismo tiempo que hablaba, intentaba contener una carcajada.
—No..., porque..., bueno..., siempre parece que estuviera gruñendo...
La profesora Umbridge escribió más notas. Las pocas zonas de la cara de Hagrid que no estaban amoratadas se pusieron rojas, pero intentó fingir que no había oído la respuesta de Pansy.
—Este..., sí, son muy buenas criaturas, los thestrals. Bueno, una vez que están domados, como éstos, nunca volverán a perderse. Tienen un sentido de la orientación increíble, sólo hay que decirles adónde uno quiere ir...
—Lo increíble es que esos caballos lo entiendan a él, desde luego —observó Malfoy en voz alta, y Pansy Parkinson tuvo otro ataque de risa. La profesora Umbridge les sonrió con indulgencia y luego se volvió hacia Neville.
—¿Tú puedes ver a los thestrals, Longbottom? —inquirió. Neville asintió con la cabeza. —¿A quién has visto morir? —preguntó nuevamente con indiferencia.
—A... mi abuelo —contestó Neville.
—¿Y qué opinas de ellos? —continuó la profesora Umbridge, señalando con una mano pequeña y regordeta a los caballos, que ya habían arrancado una gran cantidad de carne a la res, dejándola reducida a los huesos.
—Pues... —dijo Neville, acongojado, y miró a Hagrid—. Bueno... están... muy bien.
—«Los... alumnos... están... demasiado... intimidados... para... admitir... que... tienen... miedo» —murmuró la profesora Umbridge tomando otra nota en sus pergaminos.
—¡No! —protestó Neville—. ¡No, yo no tengo miedo!
—No pa