sa nada —dijo la profesora Umbridge, y le dio unas palmaditas en el hombro a Neville mostrando una sonrisa que pretendía ser de comprensión, aunque a Harry le pareció maliciosa—. Bueno, Hagrid —se volvió hacia él una vez más, y elevó el tono de voz—, creo que ya he recogido suficiente información. Recibirá —mediante signos hizo como que agarraba algo que estaba suspendido en el aire— los resultados de su supervisión —señaló sus notas— dentro de diez días.
Y levantó ambas manos, extendiendo mucho los dedos, y a continuación amplió más que nunca aquella sonrisa de sapo bajo el sombrero verde, se abrió paso entre los alumnos y dejó a Malfoy y a Pansy desternillándose de risa, a Hermione, temblando de ira, y a Neville, muy confundido y disgustado.
—¡Es una repugnante, mentirosa y retorcida gárgola! —vociferaba Hermione media hora más tarde cuando regresaban al castillo por los senderos que habían abierto en la nieve a la ida—. Vieron lo que pretende ¿no? Es esa fobia que les tiene a los híbridos. Intenta que parezca que Hagrid es una especie de monstruo idiota, y sólo porque tenía una madre gigante. ¡No hay derecho! La clase no estuvo nada mal. De acuerdo, si hubiera vuelto a traernos escregutos de cola explosiva... Pero los thestrals son prácticamente inofensivos; de hecho, tratándose de Hagrid, están muy bien.
—La profesora Umbridge dice que son peligrosos —apuntó Ron.
—Bueno, ya lo ha dicho Hagrid, saben cuidarse ellos solitos —repuso Hermione, impaciente—, y supongo que alguien como la profesora Grubbly-Plank no nos los mostraría hasta que preparáramos los ÉXTASIS, pero lo cierto es que son interesantes, ¿verdad? Eso de que algunas personas puedan verlos y otras no... Me encantaría poder verlos.
—¿Ah, sí? —dijo Harry en voz baja.
Hermione comprendió que había metido la pata.
—Perdona, Harry... Lo siento mucho... No, claro que no... Qué estupidez acabo de decir.
—No pasa nada —replicó él—, no te preocupes.
—A mí me sorprendió que pudiera verlos tanta gente —comentó Ron—. Tres personas en una clase...
—Sí, Weasley, ¿y sabes qué pensamos nosotros? —preguntó una sarcástica voz. Malfoy, Crabbe y Goyle caminaban detrás de ellos, pero la nieve amortiguaba el ruido de sus pasos y no se habían dado cuenta. —Que, a lo mejor, si contemplaras cómo alguien estira la pata, podrías ver mejor la Quaffle. ¿Qué te parece?
Malfoy, Crabbe y Goyle rieron a carcajadas y se separaron de ellos, encaminándose hacia el castillo. Cuando ya se habían alejado un poco se pusieron a cantar «A Weasley vamos a coronar». A Ron se le pusieron las orejas coloradas.
—No les hagan caso. Ignórenlos —les aconsejó Hermione; a continuación, sacó su varita mágica y volvió a hacer el encantamiento que producía aire caliente para abrir con él un camino en la capa de nieve intacta que los separaba de los invernaderos.

Llegó diciembre, y dejó más nieve y un verdadero alud de deberes para los alumnos de quinto año. Las obligaciones como prefectos de Ron y Hermione también se hacían más pesadas a medida que se aproximaba Navidad. Los llamaron para que supervisaran la decoración del castillo («Intenta colgar una guirnalda por una punta cuando Peeves sujeta la otra y pretende estrangularte con ella», contó Ron), para que vigilaran a los de primero y a los de segundo, que tenían que quedarse dentro del colegio a la hora del recreo porque afuera hacía demasiado frío («Hay que ver lo descarados que son esos mocosos; nosotros no éramos tan maleducados cuando íbamos a primero», aseguró Ron), y para turnarse con Argus Filch para patrullar por los pasillos, pues el celador sospechaba que el espíritu navideño podía traducirse en un brote de duelos de magos («Tiene estiércol en lugar de cerebro», dijo Ron, furioso). Estaban tan ocupados que Hermione tuvo que dejar de tejer gorros de elfo, y estaba muy nerviosa porque sólo le quedaba lana para hacer otros tres.
—¡No soporto pensar en esos pobres elfos a los que todavía no he liberado y que tendrán que quedarse aquí en Navidad porque no hay suficientes gorros!
Harry, que no había tenido valor para explicarle que Dobby se apoderaba de todas las prendas que ella hacía, se inclinó aún más sobre su redacción de Historia de la Magia. De todos modos, no tenía ganas de pensar en la Navidad. Por primera vez desde que estudiaba en Hogwarts, le habría encantado pasar las vacaciones lejos del colegio. Entre la prohibición de jugar al Quidditch y lo preocupado que estaba por si ponían a Hagrid en período de prueba, le estaba agarrando fobia al colegio. Lo único que de verdad lo ilusionaba eran las reuniones del ED, y durante las vacaciones tendrían que suspenderlas, pues casi todos los miembros del grupo pasarían las Navidades con sus familias. Hermione se iba a esquiar con sus padres, lo cual a Ron le hizo mucha gracia, porque no sabía que los muggles se ataban unas estrechas tiras de madera a los pies para deslizarse por las montañas. Ron se iba a La Madriguera. Harry pasó varios días tragándose la envidia que sentía, hasta qu