r la movilidad tres veces seguidas, le pidió a Neville que practicara con Ron y Hermione para que él pudiera pasearse por la sala y observar cómo lo hacían los demás. Al pasar junto a Cho, ella le sonrió; Harry resistió la tentación de pasar por su lado más veces.
Tras diez minutos de practicar el embrujo obstaculizador, esparcieron los almohadones por el suelo y se dedicaron al encantamiento aturdidor. Como no había suficiente espacio para que todos practicaran a la vez, la mitad del grupo estuvo observando a la otra un rato, y luego cambiaron. Harry se sentía muy orgulloso mientras los contemplaba. Ciertamente, Neville aturdió a Padma Patil en lugar de a Dean, al que estaba apuntando, pero tratándose de Neville podía considerarse un error menor, y todos los demás habían mejorado muchísimo.
Al cabo de una hora, Harry les dijo que pararan.
—Lo estáis haciendo muy bien —comentó, sonriente—. Cuando volvamos de las vacaciones, empezaremos a hacer cosas más serias; quizás el encantamiento Patronus.
Hubo un murmullo de emoción y luego la sala empezó a quedarse vacía; los estudiantes se marchaban en grupos de dos y de tres, como de costumbre, y al salir por la puerta deseaban a Harry feliz Navidad. Éste, muy animado, ayudó a Ron y a Hermione a recoger los almohadones, que amontonaron en un rincón. Ron y Hermione se fueron antes que Harry, que se rezagó un poco porque Cho todavía no se había ido, y él suponía que también le desearía unas felices fiestas.
—No, ve tú primero —oyó que le decía a su amiga Marietta, y el corazón le dio tal vuelco que pareció que se lo enviaba a la altura de la nuez.
Harry fingió que enderezaba el montón de almohadones. Estaba casi seguro de que se habían quedado solos, y esperó a que Cho dijera algo. Pero lo que oyó fue un fuerte sollozo.
Se dio vuelta y vio a Cho, plantada en medio de la sala, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué...? —No sabía qué hacer. Cho estaba de pie y lloraba en silencio. —¿Qué te pasa? —le preguntó Harry débilmente.
Cho movió la cabeza y se secó las lágrimas con la manga.
—Lo siento... —se excusó—. Supongo que... es que... aprender todas estas cosas... Me imagino... que si él las hubiera sabido... todavía estaría vivo.
El corazón de Harry volvió a dar un vuelco más violento de lo habitual, y fue a parar a un punto situado más o menos a la altura de su ombligo. Debió haberlo supuesto. Cho sólo quería hablar de Cedric.
—Él sabía hacer estas cosas —comentó Harry con aplomo—. Era muy bueno en defensa; si no, no habría llegado al centro de aquel laberinto. Pero si Voldemort se propone matarte, es muy difícil evitarlo.
Al oír el nombre de Voldemort, Cho hipó bruscamente, pero siguió mirando a Harry a los ojos, sin pestañear.
—Tú sobreviviste cuando sólo eras un bebé —dijo con un hilo de voz.
—Sí, tienes razón —admitió Harry cansinamente, y fue hacia la puerta—. Pero no sé por qué, no lo sabe nadie, de modo que no es nada de lo que pueda estar orgulloso.
—¡No, no te vayas! —exclamó Cho adoptando de nuevo una expresión llorosa—. Perdona que me haya puesto así... No era mi intención... —Volvió a hipar. Estaba muy hermosa pese a que tenía los ojos rojos e hinchados. Harry se sentía inmensamente desgraciado. Se habría contentado con un simple «Feliz Navidad». —Ya sé que tiene que ser horrible para ti que yo mencione a Cedric, porque tú lo viste morir... —continuó Cho, y volvió a secarse las lágrimas con la manga de la túnica—. Supongo que te gustaría olvidarlo. —Harry no dijo nada; Cho tenía razón, pero le parecía cruel confirmárselo. —Eres un profesor estupendo, Harry —añadió ella forzando una débil sonrisa—. Yo nunca había podido aturdir a nadie.
—Gracias —dijo él, abochornado.
Se miraron el uno al otro largo rato. Harry sentía un deseo incontrolable de salir corriendo de la sala, y al mismo tiempo era incapaz de mover los pies.
—Mira, muérdago —dijo Cho con voz queda, y señaló el techo.
—Sí —afirmó Harry. Tenía la boca seca. —Pero debe de estar lleno de nargles.
—¿Qué son nargles?
—No tengo ni idea —confesó Harry. Cho se le había acercado un poco más, y él sintió como si tuviera el cerebro bajo los efectos de un encantamiento aturdidor—. Tendrás que preguntárselo a Luna.
Cho hizo un ruidito raro, entre un sollozo y una risa. Se había acercado todavía un poco más a él. Harry habría podido contar las pecas que tenía en la nariz.
—Me gustas mucho, Harry.
Él no podía pensar. Un cosquilleo se extendía por todo su cuerpo, paralizándole los brazos, las piernas y el cerebro.
Cho estaba demasiado cerca, y Harry veía las lágrimas que pendían de sus pestañas...

Media hora más tarde, Harry entró en la sala común y encontró a Hermione y a Ron en los mejores lugares junto a la chimenea; casi todos los demás se habían acostado. Hermione estaba escribiendo una carta larguísima; ya había llenado medio rollo de pergamino, que colgaba por el borde de la mesa. Ron estaba recostado sobre la alfombra de la chimenea intentando terminar sus deberes de Transformaciones.
—¿Por qué has tardado tanto