 caída sobre el pecho, y su silueta destacaba contra la oscuridad...
Harry sacaba la lengua... Percibía el olor que desprendía aquel hombre, que estaba vivo pero adormilado, sentado frente a una puerta, al final del pasillo...
Harry se moría de ganas de morder a aquel hombre... Pero debía contener el impulso..., tenía cosas más importantes que hacer...
No obstante, el hombre se movía... Una capa plateada resbalaba de sus piernas cuando se ponía de pie de un salto, y Harry veía cómo su oscilante y borrosa silueta se elevaba ante él; veía cómo salía una varita mágica de su cinturón... No tenía alternativa... Se elevaba del suelo y atacaba una, dos, tres veces, hundiéndole los colmillos al hombre, y notaba cómo sus costillas se astillaban entre sus mandíbulas y sentía el tibio chorro de sangre...
El hombre gritaba de dolor... y luego se quedaba callado... Se tambaleaba, se apoyaba en la pared... La sangre manchaba el suelo...
A Harry le dolía muchísimo la cicatriz... Le dolía como si su cabeza fuera a estallar...
—¡Harry! ¡HARRY! —Abrió los ojos. Estaba empapado de pies a cabeza en un sudor frío, las sábanas de la cama se le enrollaban alrededor del cuerpo como una camisa de fuerza, y notaba un intenso dolor en la frente, como si le estuvieran poniendo un atizador al rojo vivo—. ¡Harry!
Ron lo miraba muy asustado de pie junto a su cama, donde había también otras personas. Harry se sujetó la cabeza con ambas manos; el dolor lo cegaba... Giró hacia un lado y vomitó desde el borde del colchón.
—Está muy enfermo —dijo una voz aterrada—. ¿Llamamos a alguien?
—¡Harry! ¡Harry!
Tenía que contárselo a Ron, era muy importante que se lo contara... Respiró hondo con la boca abierta y se incorporó en la cama. Esperaba no vomitar otra vez; el dolor casi no le dejaba ver.
—Tu padre —dijo entre jadeos—. Han... atacado... a tu padre.
—¡Qué! —exclamó Ron sin comprender.
—¡Tu padre! Lo han mordido. Es grave. Había sangre por todas partes...
—Voy a pedir ayuda —dijo la misma voz aterrada, y Harry oyó pasos que salían del dormitorio.
—Tranquilo, Harry —lo calmó un Ron titubeante—. Sólo..., sólo era un sueño...
—¡No! —saltó Harry, furioso; era fundamental que su amigo lo entendiera—. No era ningún sueño..., no era un sueño corriente... Yo estaba allí... y esa cosa... lo atacó.
Oyó que Seamus y Dean cuchicheaban, pero no le importó. El dolor de la frente estaba remitiendo un poco, aunque todavía sudaba y temblaba como si tuviera fiebre. Volvió a vomitar y Ron se apartó dando un salto hacia atrás.
—Estás enfermo, Harry —insistió con voz temblorosa—. Neville ha ido a pedir ayuda.
—¡Estoy bien! —dijo él con voz ahogada, y se limpió la boca con el pijama. Temblaba de modo incontrolable—. No me pasa nada, es por tu padre por quien tienes que preocuparte. Tenemos que averiguar dónde está... Está sangrando mucho... Yo era... Había una serpiente inmensa.
Intentó levantarse de la cama, pero Ron lo empujó contra ella; Dean y Seamus seguían hablando en susurros, allí cerca. Harry no supo si había pasado un minuto o diez; seguía allí sentado, temblando, y notaba que el dolor de la cicatriz remitía lentamente. Entonces oyó pasos que subían a toda prisa por la escalera y volvió a distinguir la voz de Neville.
—¡Aquí, profesora!
La profesora McGonagall entró corriendo en el dormitorio con su bata de cuadros escoceses y con las gafas torcidas sobre el puente de la huesuda nariz.
—¿Qué pasa, Potter? ¿Dónde te duele?
Harry nunca se había alegrado tanto de verla, pues lo que necesitaba en ese momento era a alguien que perteneciera a la Orden del Fénix, y no que lo mimaran ni le recetaran pociones inútiles.
—Es el padre de Ron —afirmó, y volvió a incorporarse—. Lo ha atacado una serpiente y está grave. Lo he visto todo.
—¿Qué quieres decir con eso de que lo has visto? —preguntó la profesora McGonagall juntando las oscuras cejas.
—No lo sé... Estaba durmiendo y de pronto estaba allí...
—¿Quieres decir que lo has soñado?
—¡No! —gritó Harry, enojado; ¿es que nadie lo entendía?—. Al principio estaba soñando, pero era un sueño completamente diferente, una tontería... Y de pronto esa imagen lo ha interrumpido. Era real, no me lo he imaginado. El señor Weasley estaba dormido en el suelo y lo atacaba una serpiente inmensa, había mucha sangre, se desmayaba, alguien tiene que averiguar dónde está... —La profesora McGonagall lo miraba a través de sus torcidas gafas como si le horrorizara lo que estaba viendo—. ¡Ni estoy mintiendo ni me he vuelto loco! —insistió Harry a voz en grito—. ¡Le digo que lo he visto todo!
—Te creo, Potter —dijo la profesora McGonagall, cortante—. Ponte la bata. Vamos a ver al director.

22 - HOSPITAL SAN MUNGO DE ENFERMEDADES Y HERIDAS MÁGICAS

Harry se sintió tan aliviado al comprobar que la profesora McGonagall se lo tomaba en serio que no vaciló: se levantó de inmediato de la cama y se puso la bata y las gafas.
—Tú también tendrías que venir, Weasley —indicó la profesora.
Salieron con ella del dormitorio, donde dejaron a Neville, Dean