 y Seamus, que no se atrevieron a abrir la boca, bajaron por la escalera de caracol hasta la sala común, salieron por el hueco del retrato y llegaron al pasillo de la Señora Gorda, iluminado por la luna. Harry tenía la impresión de que el pánico que se acumulaba en su interior podía desbordarse en cualquier momento; le habría gustado echar a correr y llamar a gritos a Dumbledore. El señor Weasley estaba desangrándose mientras ellos andaban tranquilamente por el pasillo; ¿y si aquellos colmillos (Harry hizo un esfuerzo para no pensar «mis colmillos») eran venenosos? Se cruzaron con la Señora Norris, que los miró con los ojos como lámparas y bufó débilmente, pero la profesora McGonagall dijo «¡Fuera!» y la gata se escabulló en las sombras. Al cabo de unos minutos llegaron a la gárgola de piedra que vigilaba la entrada del despacho de Dumbledore.
—¡Meigas fritas! —dijo la profesora McGonagall.
La gárgola cobró vida y se apartó hacia un lado, y la pared que tenía detrás se abrió dejando ver una escalera de piedra que se movía continuamente hacia arriba, como una escalera mecánica de caracol. Montaron los tres en la escalera móvil; la pared se cerró tras ellos con un ruido sordo y empezaron a ascender, describiendo cerrados círculos, hasta que llegaron a la brillante puerta de roble en la que sobresalía la aldaba de bronce que representaba un grifo.
Era más de medianoche, pero en el interior de la habitación se oían voces, como un agitado murmullo. Parecía que Dumbledore estaba reunido por lo menos con una docena de personas.
La profesora McGonagall llamó tres veces con la aldaba en forma de grifo y las voces cesaron inmediatamente, como si alguien las hubiera hecho callar pulsando un interruptor. La puerta se abrió sola, y la profesora precedió a Harry y a Ron hacia el interior.
El cuarto estaba en penumbra; los extraños instrumentos de plata que había sobre las mesas estaban quietos y silenciosos en lugar de zumbar y despedir bocanadas de humo, como solían hacer; los retratos de anteriores directores y directoras que cubrían las paredes dormitaban en sus marcos. Junto a la puerta, un espléndido pájaro rojo y dorado del tamaño de un cisne dormía en su percha con la cabeza bajo el ala.
—Ah, es usted, profesora McGonagall..., y..., ¡ah!
Dumbledore estaba sentado en una silla de respaldo alto detrás de su mesa, inclinado sobre la luz de las velas que iluminaban los papeles que tenía delante. Aunque llevaba una bata de color morado y dorado con espléndidos bordados sobre una camisa de dormir blanquísima, estaba completamente despierto y tenía los penetrantes ojos azul claro fijos en la profesora McGonagall.
—Profesor Dumbledore, Potter ha tenido..., bueno, una pesadilla —declaró la profesora—. Dice que...
—No era ninguna pesadilla —se apresuró a corregir Harry.
La profesora McGonagall miró al muchacho con el entrecejo fruncido.
—Está bien, Potter, cuéntaselo tú al director.
—Verá... Yo... estaba dormido, es verdad... —empezó a explicar Harry, y pese al terror que sentía y la desesperación por conseguir que Dumbledore lo entendiera, le molestó un poco que el director no lo mirara a él, sino que se examinara los dedos, que tenía entrelazados—. Pero no era un sueño corriente..., era real... Vi cómo pasaba... —Inspiró hondo—. Al padre de Ron, el señor Weasley, lo ha atacado una serpiente gigantesca.
Las palabras resonaron en la habitación y resultaron ligeramente ridículas, incluso cómicas. Luego se produjo un silencio durante el cual Dumbledore se recostó en la silla y se quedó contemplando el techo con aire meditabundo. Ron, pálido y conmocionado, miró a Harry y luego al director.
—¿Cómo lo has visto? —le preguntó Dumbledore con serenidad, aunque seguía sin mirarlo.
—Pues... no lo sé —contestó Harry, muy enfadado. ¿Qué importancia tenía eso?—. Dentro de mi cabeza, supongo.
—No me has entendido —dijo Dumbledore con el mismo tono reposado—. Me refiero a si... ¿Recuerdas... dónde estabas situado cuando presenciaste el ataque? ¿Estabas de pie junto a la víctima o contemplabas la escena desde arriba?
Aquélla era una pregunta tan curiosa que Harry se quedó observando al director con la boca abierta; era como si él supiera...
—Yo era la serpiente —afirmó—. Lo vi todo desde la posición de la serpiente.
Hubo un nuevo momento de silencio; entonces Dumbledore, sin mirar a Ron, que todavía estaba blanco como la cera, preguntó con un tono de voz diferente, más brusco:
—¿Está Arthur gravemente herido?
—Sí —contestó Harry con ímpetu. ¿Cómo podían ser todos tan duros de mollera? ¿No sabían lo que podía llegar a sangrar una persona cuando unos colmillos de ese tamaño le perforaban el costado? ¿Y por qué no tenía Dumbledore el detalle de mirarlo a la cara?
Pero entonces el director se puso en pie tan deprisa que Harry se sobresaltó, y se dirigió a uno de los viejos retratos que estaba colgado muy cerca del techo.
—¡Everard! —dijo enérgicamente—. ¡Y tú también, Dilys!
Dos personajes que parecían sumidos en el más profundo de los sueños