, un mago de rostro cetrino con un corto flequillo negro y una anciana bruja con largos tirabuzones plateados que estaba en el cuadro de al lado, abrieron de inmediato los ojos.
—¿Lo habéis oído? —les preguntó Dumbledore.
El mago asintió con la cabeza y la bruja dijo: «Por supuesto.»
—Es pelirrojo y lleva gafas —especificó Dumbledore—. Everard, tendrás que dar la alarma, asegúrate de que lo encuentran las personas adecuadas...
El mago y la bruja asintieron y se desplazaron hacia un lado de sus respectivos marcos, pero en lugar de aparecer en los cuadros contiguos (como solía ocurrir en Hogwarts), ninguno de los dos reapareció. En ese momento, en uno de los cuadros sólo había una cortina oscura como telón de fondo; en el otro, una bonita butaca de cuero. Harry se fijó en que muchos otros directores y directoras, pese a roncar y babear de forma muy convincente, lo observaban con disimulo sin levantar apenas los párpados, y de pronto comprendió quiénes eran los que estaban hablando cuando habían llamado a la puerta.
—Everard y Dilys fueron dos de los más célebres directores de Hogwarts —explicó Dumbledore, que pasó junto a Harry, Ron y la profesora McGonagall para acercarse al magnífico pájaro que dormía en la percha al lado de la puerta—. Tal es su renombre que ambos tienen retratos colgados en importantes instituciones mágicas. Como tienen libertad para moverse de uno a otro de sus propios retratos, podrán decirnos qué está pasando en otros sitios...
—Pero ¡el señor Weasley podría estar en cualquier parte! —exclamó Harry.
—Sentaos los tres, por favor —dijo Dumbledore ignorando por completo el comentario del chico—. Everard y Dilys quizá tarden unos minutos en regresar. Profesora McGonagall, ¿quiere acercar unas sillas?
La profesora McGonagall sacó la varita mágica del bolsillo de la bata y la agitó; de la nada aparecieron tres sillas de madera, con respaldo alto, muy diferentes de las cómodas butacas de chintz que Dumbledore había hecho aparecer durante la vista de Harry. Éste se sentó, pero giró la cabeza para mirar a Dumbledore. El director acariciaba con un dedo las doradas plumas de la cabeza de Fawkes, y el fénix despertó al momento. Levantó su hermosa cabeza y miró a Dumbledore con sus ojos brillantes y oscuros.
—Necesitaremos que nos avises —le dijo Dumbledore en voz baja al pájaro.
Hubo un fogonazo y el fénix desapareció.
Entonces Dumbledore se inclinó sobre uno de aquellos frágiles instrumentos de plata cuya función Harry nunca había conocido, lo llevó a su mesa, se sentó de cara a sus visitantes y dio unos golpecitos en él con la punta de la varita.
El instrumento cobró vida de inmediato y empezó a emitir unos rítmicos tintineos. Por el minúsculo tubo de plata que tenía en la parte superior empezaron a salir pequeñas bocanadas de un pálido humo verde. Dumbledore lo observaba atentamente con la frente arrugada. Tras unos segundos, las pequeñas bocanadas se convirtieron en un chorro de humo cada vez más denso que formaba espirales en el aire... Luego, en el extremo se formó una cabeza de serpiente que abría mucho la boca. Harry se preguntó si aquel instrumento estaría confirmando su historia: miró con avidez a Dumbledore en busca de alguna señal de que estaba en lo cierto, pero el director no levantó la cabeza.
—Naturalmente, naturalmente —murmuró Dumbledore, al parecer para sí, sin dejar de observar el chorro de humo y sin dar la más leve señal de sorpresa—. Pero ¿dividido en esencia?
Para Harry aquella pregunta no tenía ni pies ni cabeza. Sin embargo, la serpiente de humo se dividió al instante en dos serpientes, y ambas siguieron enroscándose y ondulando en la penumbra. Con gesto de amarga satisfacción, Dumbledore dio otro golpecito al instrumento con la varita: entonces el tintineo fue cesando hasta apagarse, y las serpientes de humo quedaron reducidas a una neblina informe que acabó esfumándose y desapareciendo por completo.
Dumbledore volvió a dejar el instrumento encima de la mesita de finas patas. Harry percibió que era observado por muchos de los directores de los retratos; entonces éstos, al darse cuenta de que Harry estaba mirándolos, volvieron a hacerse los dormidos. El chico quería preguntar para qué servía aquel extraño instrumento de plata, pero antes de que pudiera plantearlo se oyó un grito en lo alto de la pared, a su derecha: Everard había vuelto a su retrato, jadeando ligeramente.
—¡Dumbledore!
—¿Qué ha pasado? —preguntó éste enseguida.
—Grité hasta que alguien llegó corriendo —contó el mago secándose la frente con la cortina que tenía detrás— y le dije que había oído que algo se movía abajo. No estaban seguros de si debían creerme, pero fueron a comprobarlo. Ya sabes que allí abajo no hay retratos desde los cuales se pueda mirar. En fin, unos minutos más tarde lo subieron. No tiene buen aspecto, está cubierto de sangre. Corrí hasta el retrato de Elfrida Cragg para verlo bien cuando se marchaban...
—Muy bien —dijo Dumbledore, y Ron hizo un movimiento convulsivo—. Entonces supongo 