y quitándole importancia, y empezó a abrir los regalos—. Bueno, ¿lo habéis pasado bien? ¿Qué os han regalado por Navidad? ¡Oh, Harry, esto es maravilloso! —Acababa de abrir el regalo de Harry: un rollo de alambre fusible y un juego de destornilladores.
La señora Weasley no pareció quedar muy satisfecha con la respuesta de su marido, y cuando éste se inclinó para estrechar la mano de Harry, ella le miró el vendaje que llevaba debajo del pijama.
—Arthur —dijo con tono cortante, y su voz sonó como el chasquido de una ratonera—, te han cambiado los vendajes. ¿Por qué lo han hecho un día antes, Arthur? Me dijeron que no te los cambiarían hasta mañana.
—¿Qué? —dijo el señor Weasley, asustado, y se tapó con las sábanas hasta la barbilla—. No, no, no es nada, es que... —El señor Weasley se desinfló bajo la penetrante mirada de su esposa—. Mira, Molly, no te enfades, pero Augustus Pye tuvo una idea... Es el sanador en prácticas, ¿sabes?, un joven encantador, y muy interesado en la... humm... medicina complementaria... Ya sabes, esos remedios muggles... Bueno, se llaman «puntos», Molly, y dan muy buenos resultados en... en los muggles.
La señora Weasley emitió un ruido amenazador, entre un chillido y un gruñido. Lupin se alejó de la cama del señor Weasley y se acercó a la del hombre lobo, que no tenía visitas y contemplaba con nostalgia el corro que se había formado alrededor de su vecino. Bill murmuró que iba a ver si podía tomarse una taza de té, y Fred y George, sonriendo, se ofrecieron rápidamente para acompañar a su hermano.
—¿Me estás diciendo que has estado tonteando con remedios muggles? —masculló la señora Weasley subiendo la voz con cada palabra que pronunciaba, sin darse cuenta, al parecer, de que las personas que la acompañaban se escabullían para ponerse a cubierto.
—Tonteando no, Molly, querida —respondió el señor Weasley con tono suplicante—, no es más que... algo que a Pye y a mí nos pareció oportuno probar... Sólo que, desgraciadamente... Bueno, con este tipo de heridas... no parece funcionar tan bien como esperábamos...
—¿Y eso qué quiere decir con exactitud?
—Pues..., bueno, no sé si sabes qué son los puntos...
—Suena como si hubieras intentado coserte la piel —repuso la señora Weasley, y soltó una risotada amarga—, pero no creo que tú seas tan estúpido, Arthur...
—Yo también me tomaría una taza de té —dijo Harry, y se puso en pie.
Hermione, Ron y Ginny casi echaron a correr hacia la puerta con él. Cuando ésta se cerró tras ellos, oyeron gritar a la señora Weasley:
—¿QUÉ QUIERE DECIR QUE MÁS O MENOS ES ESO?
—Típico de papá —comentó Ginny, moviendo la cabeza, cuando enfilaron el pasillo—. Puntos, ya me dirás...
—Pues funcionan muy bien con heridas no mágicas —dijo Hermione, imparcial—. Supongo que el veneno de la serpiente los disuelve o algo así. ¿Dónde estará el salón de té?
—En la quinta planta —indicó Harry al recordar el directorio que había detrás del mostrador de recepción.
Recorrieron el pasillo, pasaron por unas puertas dobles y encontraron una desvencijada escalera, a cuyos lados había otros retratos de sanadores de aspecto brutal. Mientras subían por ella, varios les dirigieron la palabra para diagnosticarles extrañas dolencias y proponerles espantosos remedios. Ron se ofendió muchísimo cuando un mago de la época medieval le gritó que era evidente que sufría un caso grave de spattergroit.
—¿Y se puede saber qué es eso? —le preguntó enfadado al sanador, que lo siguió pasando por seis retratos al mismo tiempo que apartaba a sus ocupantes.
—Una afección gravísima de la piel, joven amigo, que te la dejará más marcada y fea de lo que ya la tienes.
—¡Mucho cuidado con quien te metes! —le espetó Ron. Se le estaban poniendo las orejas coloradas.
—El único remedio que existe consiste en coger el hígado de un sapo, atárselo con fuerza alrededor del cuello, quedarse desnudo bajo la luna llena en un barril lleno de ojos de anguila...
—¡Yo no tengo spattergroit!
—Pues esas antiestéticas manchas que tienes en el rostro, joven amigo...
—¡Son pecas! —gritó Ron furioso—. ¡Vuelve a tu cuadro y déjame en paz!
Entonces miró a los demás, que hacían un esfuerzo por poner cara seria.
—¿Qué planta es ésta?
—Me parece que es la quinta —dijo Hermione.
—No, es la cuarta —rectificó Harry—, todavía nos queda una por...
Pero al llegar al rellano se paró en seco y se quedó mirando la pequeña ventana que había en las puertas dobles que señalaban el inicio de un pasillo que llevaba el letrero de «DAÑOS PROVOCADOS POR HECHIZOS». Un hombre los miraba con la cara pegada contra el cristal. Tenía el cabello rubio y ondulado, unos brillantes ojos azules y una amplia sonrisa ausente que dejaba ver unos dientes asombrosamente blancos.
—¡Vaya! —exclamó Ron, que también había visto a aquel individuo.
—¡Por las barbas de Merlín! —dijo de pronto Hermione, perpleja—. Pero ¡si es el profesor Lockhart!
Su antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras abrió las puertas y echó a andar hacia ellos. Llevaba una larga camisa de dormi