r de color lila.
—¡Hola, muchachos! —los saludó—. Habéis venido a pedirme un autógrafo, ¿verdad?
—No ha cambiado mucho, ¿eh? —le susurró Harry por lo bajo a Ginny, que sonrió.
—¿Cómo..., cómo está, profesor? —le preguntó Ron.
Parecía que se sentía un poco culpable, porque había sido su varita estropeada la que había dañado hasta tal punto la memoria del profesor Lockhart que lo habían enviado a San Mungo. Pero Harry no sentía mucha lástima por el profesor, pues, antes de que eso ocurriera, Lockhart había intentado borrarles permanentemente la memoria a Ron y a él.
—¡Muy bien, gracias! —respondió Lockhart, desbordante de entusiasmo, y sacó una maltratada pluma de pavo real de su bolsillo—. A ver, ¿cuántos autógrafos queréis? ¡Ahora ya puedo escribir con letra cursiva!
—Esto..., ahora no queremos ninguno, gracias —contestó Ron, y miró arqueando las cejas a Harry, que preguntó:
—Profesor, ¿lo dejan pasearse por los pasillos? ¿No debería estar en una sala?
La sonrisa del rostro de Lockhart se esfumó poco a poco. El hombre se quedó mirando fijamente a Harry, y luego dijo:
—¿Nos conocemos?
—Pues... sí. Usted nos daba clases en Hogwarts, ¿no se acuerda?
—¿Clases? —repitió Lockhart un tanto agitado—. ¿Yo? ¿En serio? —Entonces la sonrisa volvió a aparecer en sus labios, tan de repente que los chicos casi se asustaron—. Seguro que os enseñé todo cuanto sabéis, ¿verdad? Bien, ¿y qué hay de esos autógrafos? ¿Os parece bien que os firme una docena? ¡Así podréis regalar unos cuantos a vuestros amiguitos y nadie se quedará sin uno!
Pero entonces una cabeza asomó por una puerta que había al fondo del pasillo y una voz dijo:
—Gilderoy, niño travieso, ¿ya te has escapado otra vez? —Una sanadora de aspecto maternal, que llevaba una corona de espumillón en el pelo, echó a andar por el pasillo sonriendo cariñosamente a Harry y a los demás—. ¡Oh, Gilderoy, pero si tienes visitas! ¡Qué maravilla, y el día de Navidad! ¿Sabéis qué? Nunca recibe visitas, pobrecillo, y no me lo explico porque es un encanto, ¿verdad, corazón?
—¡Les estoy firmando autógrafos! —explicó Gilderoy a la sanadora con una amplia sonrisa—. ¡Quieren un montón de autógrafos, dicen que no se irán sin ellos! ¡Espero tener suficientes fotografías!
—¿Habéis visto? —dijo la sanadora, y cogió a Lockhart por el brazo y le sonrió afectuosamente, como si fuera un niño precoz de dos años—. Antes era muy famoso; creemos que su afición por firmar autógrafos es una señal de que empieza a recuperar la memoria. ¿Queréis venir por aquí? Está en una sala reservada, ¿sabéis?; ha debido de escaparse mientras yo repartía los regalos de Navidad porque normalmente la puerta está cerrada... Pero ¡no es peligroso! En todo caso... —bajó la voz hasta reducirla a un susurro— podría ser un peligro para sí mismo, pobre angelito... No sabe quién es, y a veces sale y no recuerda el camino de regreso... Habéis sido muy amables al venir a visitarlo.
—Esto... —dijo Ron señalando en vano el piso de arriba—, en realidad nosotros sólo... —Pero la sanadora les sonreía con expectación, y el débil murmullo de «íbamos a tomarnos una taza de té» se perdió en el aire. Los chicos se miraron sin poder hacer nada, y luego siguieron a Lockhart y a su sanadora por el pasillo—. No nos quedemos mucho rato, por favor —imploró Ron en voz baja.
La sanadora apuntó con la varita a la puerta de la Sala Janus Thickey y murmuró: «¡Alohomora!» La puerta se abrió, y la sanadora entró en la sala, precediendo a los demás y llevando sujeto con firmeza a Gilderoy por el brazo hasta que lo hubo sentado en una butaca, junto a su cama.
—Ésta es nuestra sala para los pacientes que tienen que pasar una larga temporada en el hospital —explicó a Harry, Ron, Hermione y Ginny en voz baja—. Es decir, para los que han sufrido daños por hechizos. Con un tratamiento intensivo de pociones y encantamientos curativos, y con algo de suerte, conseguimos que mejoren un poco, desde luego. Gilderoy, por ejemplo, empieza a recordar vagamente quién es; y también hemos apreciado una notable mejoría en el señor Bode: parece que está recobrando muy bien la capacidad del habla, aunque todavía no se expresa en ningún idioma que hayamos podido reconocer. Bueno, tengo que seguir repartiendo los regalos de Navidad. Os dejo con él para que podáis charlar tranquilamente.
Harry miró la sala, en la que había indicios inconfundibles de que era un hogar permanente para los enfermos. Alrededor de las camas se veían muchos más efectos personales que en la sala del señor Weasley; el trozo de pared que abarcaba la cabecera de la cama de Gilderoy, por ejemplo, estaba empapelado con fotografías suyas en las que sonreía mostrando los dientes y saludaba con la mano a los recién llegados. Gilderoy había firmado muchas de aquellas fotografías con una letra deshilvanada e infantil. En cuanto la sanadora lo sentó en la butaca, Gilderoy cogió un montón de ellas y una pluma, y empezó a estampar su firma febrilmente.
—Puedes meterlas en sobres —le dijo a Ginny, y fue echándos