das desordenadamente junto a las ventanillas. Varias se habían volcado cuando el autobús frenó bruscamente frente a Grimmauld Place; unos cuantos magos y algunas brujas todavía se estaban levantando del suelo, rezongando, y una bolsa de la compra había recorrido el autobús en toda su longitud: una desagradable mezcla de huevas de rana, cucarachas y natillas se había esparcido por el suelo.
—Veo que tendremos que separarnos —dijo Tonks con energía mientras miraba a su alrededor en busca de sillas vacías—. Fred, George y Ginny, sentaos en esas sillas del fondo... Remus irá con vosotros.
Tonks, Harry, Ron y Hermione subieron al último piso, donde había dos sillas vacías en la parte delantera del autobús y dos en el fondo. Stan Shunpike, el cobrador, siguió entusiasmado a Harry y a Ron hasta el fondo del autobús. Cuando Harry recorrió el pasillo, los pasajeros giraron la cabeza, y cuando se sentó, vio que todas las caras volvían a mirar al frente.
Mientras Harry y Ron entregaban a Stan once sickles cada uno, el autobús se puso en marcha y osciló peligrosamente. Dio una vuelta alrededor de Grimmauld Place con gran estruendo, subió y bajó varias veces de la acera, y entonces, con otro tremendo «¡PUM!», salieron despedidos hacia delante. La silla de Ron cayó, y Pigwidgeon, al que llevaba en el regazo, también salió despedido de su jaula, voló asustado y entre gorjeos hasta la parte delantera del autobús y se posó en el hombro de Hermione. Harry, que había evitado caerse agarrándose a un soporte para velas, miró por la ventanilla: iban a toda velocidad por lo que parecía una autopista.
—Estamos en las afueras de Birmingham —anunció Stan alegremente, contestando a la pregunta que Harry no había formulado, mientras Ron se levantaba del suelo—. ¿Va todo bien, Harry? El pasado verano vi varias veces tu nombre en el periódico, pero nunca decían nada bueno. Yo le dije a Ern: «Cuando nosotros lo conocimos no nos pareció que fuera un chiflado, ¿verdad? Eso te demuestra cómo te puedes equivocar con la gente.»
Les entregó los billetes y siguió mirando, embelesado, a Harry. Por lo visto, a Stan no le importaba que alguien estuviera chiflado con tal de que fuera lo bastante famoso para salir en el periódico. El autobús noctámbulo se bamboleó de forma alarmante, y adelantó incorrectamente por la izquierda a unos cuantos coches. Harry miró hacia la parte delantera del autobús y vio que Hermione se tapaba los ojos con las manos mientras Pigwidgeon oscilaba feliz sobre su hombro. «¡PUM!»
Las sillas volvieron a resbalar hacia atrás y el autobús noctámbulo pasó de la autopista de Birmingham a una tranquila carretera rural llena de curvas muy cerradas. Los setos que bordeaban la carretera se apartaban cada vez que el autobús se subía a los arcenes. De allí pasaron a la calle principal de una ajetreada ciudad; luego a un viaducto rodeado de altas colinas; y por último, a una carretera azotada por el viento que discurría por una planicie situada a una considerable altitud, y cada vez que cambiaban de lugar sonaba un fuerte «¡PUM!».
—He cambiado de opinión —farfulló Ron levantándose del suelo por sexta vez—. No quiero volver a viajar en esta cosa nunca más.
—Después de esta parada viene Hogwarts —anunció Stan jovialmente mientras se balanceaba hacia ellos—. Esa mujer mandona que se ha sentado delante con vuestra amiga nos ha dado una propina para que os llevemos primero a vosotros. Pero ahora vamos a dejar bajar a Madame Marsh... —entonces oyeron unas fuertes arcadas provenientes del piso de abajo, seguidas de un espantoso ruido de salpicaduras— porque no se encuentra muy bien.
Unos minutos más tarde, el autobús noctámbulo se detuvo con un fuerte chirrido de frenos ante un pequeño pub que se apartó de en medio para evitar una colisión. Oyeron cómo Stan ayudaba a la desventurada Madame Marsh a bajar del vehículo, y los murmullos de alivio del resto de los pasajeros del segundo piso. Luego el autobús se puso de nuevo en marcha y ganó velocidad, hasta que...
«¡PUM!»
En aquel momento pasaban por Hogsmeade, que estaba nevado. Harry alcanzó a ver la calle lateral donde se hallaba Cabeza de Puerco, y el letrero, con el dibujo de una cabeza de jabalí cortada, que chirriaba azotado por el viento invernal. Los copos de nieve chocaban contra el gran parabrisas del autobús. Por fin se detuvieron frente a las verjas de Hogwarts.
Lupin y Tonks los ayudaron a bajar con su equipaje, y después bajaron también para despedirse de ellos. Harry levantó la cabeza para contemplar los tres pisos del autobús noctámbulo y vio que todos los pasajeros los observaban con la nariz pegada a los cristales.
—En cuanto entréis en los jardines estaréis a salvo —dijo Tonks escudriñando la desierta carretera—. Que tengáis un buen trimestre.
—Cuidaos mucho —les recomendó Lupin, y les estrechó la mano a todos, dejando a Harry para el final—. Escucha, Harry... —bajó la voz, mientras los demás se despedían de Tonks—, ya sé que no tragas a Snape, pero es un especialista en Oclu