mancia, y todos nosotros, incluido Sirius, queremos que aprendas a protegerte, así que trabaja mucho, ¿de acuerdo?
—Sí, vale —contestó él con gravedad mirando el rostro de Lupin, que estaba surcado de prematuras arrugas—. Hasta pronto.
Arrastrando sus baúles con gran esfuerzo, los seis subieron hacia el castillo por el resbaladizo camino. Hermione empezó a decir que quería tejer unos cuantos gorros de elfo antes de acostarse. Harry miró hacia atrás cuando llegaron a las puertas de roble; el autobús noctámbulo ya se había marchado, y dado lo que lo esperaba al día siguiente a las seis, lamentó no estar todavía en él.

Harry pasó casi todo el día siguiente temiendo que llegara la tarde. La clase de dos horas de Pociones no contribuyó en nada a disipar su temor, pues Snape estuvo más desagradable que nunca. Y aún lo deprimió más que los miembros del ED se le acercaran constantemente por los pasillos entre clase y clase para preguntarle, esperanzados, si aquella noche iba a celebrarse una reunión.
—Ya os comunicaré por el canal habitual cuándo será la próxima —decía Harry una y otra vez—, pero esta noche no puede ser, tengo clase de... pociones curativas.
—¿Tienes clases particulares de pociones curativas? —le preguntó con desdén Zacharias Smith, que había abordado a Harry en el vestíbulo después de comer—. ¡Madre mía, debes de ser malísimo! Snape no suele dar clases de refuerzo.
Smith se alejó con un aire irritantemente optimista, y Ron lo miró con odio.
—¿Quieres que le haga un embrujo? Desde aquí aún lo alcanzaría —se ofreció su amigo, que había levantado su varita y apuntaba a Smith entre los omoplatos.
—Déjalo —respondió Harry con desaliento—. Es lo que va a pensar todo el mundo, ¿no? Que soy idiota perdi...
—¡Hola, Harry! —dijo una voz a sus espaldas. Harry se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Cho.
—¡Oh! —exclamó él, y notó una desagradable sensación en el estómago—. ¡Hola!
—Nos encontrarás en la biblioteca —dijo entonces Hermione con firmeza al tiempo que agarraba a Ron por encima del codo y tiraba de él hacia la escalera de mármol.
—¿Cómo han ido las Navidades? —le preguntó Cho.
—Bueno, no han estado mal.
—Las mías han sido muy tranquilas —comentó la chica, que por algún extraño motivo parecía muy abochornada—. Esto..., el mes que viene hay otra excursión a Hogsmeade, ¿has visto el cartel?
—¿Qué? ¡Ah, no! Todavía no he mirado el tablón de anuncios.
—Pues sí, será el día de San Valentín...
—Ya —dijo Harry preguntándose por qué le contaba aquello—. Bueno, supongo que querrás...
—Sólo si tú quieres —repuso ella con entusiasmo.
Harry la miró sin comprender. Lo que él pensaba decir era «Supongo que querrás saber cuándo es la próxima reunión del ED», pero la respuesta de Cho no acababa de encajar.
—Yo..., pues... —balbuceó.
—Vale, si no quieres, no pasa nada —se apresuró a decir ella, muerta de vergüenza—. No te preocupes. Ya..., ya nos veremos.
Y se marchó. Harry se quedó allí plantado mirándola y exprimiéndose los sesos. Entonces las piezas encajaron.
—¡Cho! ¡Eh! ¡CHO!
Corrió tras ella y la alcanzó hacia la mitad de la escalera.
—Oye..., ¿quieres ir conmigo a Hogsmeade el día de San Valentín?
—¡Sí, claro! —exclamó Cho, roja como un tomate y con una sonrisa radiante.
—Bueno... Entonces quedamos así —dijo Harry. Y con la sensación de que al fin y al cabo aquel día no iba a ser un completo desastre, echó a correr literalmente hacia la biblioteca para reunirse con Ron y Hermione antes de las clases de la tarde.
Sin embargo, a las seis, ni siquiera la satisfacción de haber pedido a Cho Chang que saliera con él logró aliviar los funestos sentimientos que se intensificaban a cada paso que Harry daba hacia el despacho de Snape.
Cuando llegó a la puerta, se detuvo y pensó que le habría gustado estar en cualquier otro sitio menos en aquél. Entonces respiró hondo, llamó y entró.
La oscura habitación estaba forrada de estanterías en las que había cientos de tarros de cristal con viscosos trozos de animales y de plantas suspendidos en pociones de diversos colores. En un rincón estaba el armario lleno de ingredientes de donde, en una ocasión, Snape había acusado a Harry (no sin motivos) de haber robado. Sin embargo, Harry dirigió la mirada hacia la mesa, encima de la cual había una vasija de piedra poco profunda con runas y símbolos grabados, iluminada con velas. Harry la reconoció al instante: era el pensadero de Dumbledore. No se explicaba qué demonios hacía aquel objeto allí, y pegó un brinco cuando la fría voz de Snape sonó en la oscuridad.
—Cierra la puerta después de entrar, Potter.
Harry obedeció, y tuvo la espantosa sensación de que se estaba encarcelando. Cuando volvió a girarse hacia la habitación, Snape se había colocado donde había luz y señalaba en silencio la silla que había delante de su mesa. Harry se sentó, y lo mismo hizo Snape, con los fríos y negros ojos clavados en el muchacho, sin pestañear; la aversión que sentía estaba grabada en cada una de las arrugas de su cara.
—Bueno, Potter, ya sab