, donde conversaban Dumbledore y la profesora McGonagall.
—¡Oh, no...! —exclamó Hermione, sorprendida, sin apartar los ojos del periódico.
—¿Y ahora qué? —preguntó rápidamente Harry; estaba muy nervioso.
—Es... horrible —dijo la chica, conmocionada. Dobló el periódico por la página diez y se lo pasó a sus amigos.

TRÁGICO FALLECIMIENTO DE UN FUNCIONARIO
DEL MINISTERIO DE LA MAGIA

Anoche el Hospital San Mungo prometió llevar a cabo una investigación en toda regla, tras ser descubierto muerto en su cama el funcionario del Ministerio de la Magia Broderick Bode, de 49 años, estrangulado por una planta. Los sanadores que acudieron en su ayuda no lograron reanimar al señor Bode, que unas semanas antes de su muerte había sufrido un accidente laboral.
La sanadora Miriam Strout, que estaba a cargo de la sala del señor Bode en el momento del incidente, ha sido suspendida de empleo aunque no de sueldo, pero ayer no quiso hacer declaraciones; no obstante, un mago portavoz del hospital declaró lo siguiente:
«San Mungo lamenta profundamente la muerte del señor Bode, cuya salud estaba mejorando notablemente antes de este trágico accidente.
«Existen estrictas directrices sobre los objetos decorativos permitidos en nuestras salas, pero al parecer la sanadora Strout, ocupada con las celebraciones navideñas, no reparó en el peligro que suponía la planta de la mesilla de noche del señor Bode. A medida que el paciente recuperaba el habla y la movilidad, la sanadora Strout lo animó a cuidar él mismo de la planta, sin saber que no era una inocente flor voladora, sino un esqueje de lazo del diablo que estranguló al señor Bode en cuanto éste, convaleciente, se acercó y lo tocó.
»Hasta el momento, San Mungo no ha podido explicar la presencia de la planta en la sala y ruega a cualquier mago o bruja que tenga alguna información que se ponga en contacto con el hospital.»

—Bode... —dijo Ron—. Bode. Me suena de algo...
—Lo vimos —comentó Hermione en voz baja—. En San Mungo, ¿no te acuerdas? Estaba en la cama de enfrente de Lockhart, tumbado, contemplando el techo. Y vimos cómo le llevaban el lazo del diablo. La sanadora dijo que era un regalo de Navidad.
Harry volvió a leer la crónica. El horror subía por su garganta como la bilis.
—¿Cómo puede ser que no reconociéramos el lazo del diablo? Hemos visto esa planta otras veces... Pudimos impedir que sucediera.
—¿Quién se imagina que van a meter un lazo del diablo en un hospital disfrazado de inocente planta de interior? —replicó Ron—. ¡Nosotros no tenemos la culpa; el responsable es el que la envió! Menudos imbéciles, ¿por qué no miraban lo que estaban comprando?
—¡Ron, por favor! —dijo Hermione con voz temblorosa—. No creo que nadie sea capaz de poner un lazo del diablo en un tiesto sin darse cuenta de que esa planta intenta matar a quien la toque. Esto..., esto ha sido un asesinato, y un asesinato muy inteligente... Si enviaron la planta de forma anónima, ¿cómo van a averiguar quién lo hizo?
Pero Harry no pensaba en el lazo del diablo. Estaba recordando que el día de la vista había bajado en ascensor a la novena planta del Ministerio y que un hombre de rostro cetrino se había subido en la planta del Atrio.
—Yo conocí a Bode —dijo despacio—. Lo vi en el Ministerio cuando fui allí con tu padre.
Ron se quedó con la boca abierta.
—¡Yo también he oído a papá hablar de él en casa! ¡Era un inefable! ¡Trabajaba en el Departamento de Misterios!
Se miraron un momento; entonces Hermione recuperó el periódico, lo cerró, observó con repugnancia la portada con las fotografías de los diez mortífagos fugados, y se puso en pie.
—¿Adónde vas? —le preguntó Ron, sorprendido.
—A enviar una carta —contestó Hermione, y se colgó la mochila del hombro— Bueno, no sé si... Pero vale la pena intentarlo... Y soy la única que puede hacerlo.
—No soporto que se comporte así —refunfuñó Ron mientras él y Harry se levantaban también de la mesa y salían más despacio del Gran Comedor—. ¿Qué le costaría, por una vez, explicarnos lo que se propone? Sólo tardaría unos diez segundos más... ¡Eh, Hagrid!
Hagrid estaba de pie junto a las puertas por las que se accedía al vestíbulo, esperando a que pasara un grupo de alumnos de Ravenclaw. Todavía estaba muy magullado, como el día en que había regresado de su misión con los gigantes, y tenía un nuevo corte en el caballete de la nariz.
—¿Todo bien, chicos? —les preguntó intentando sonreír, aunque sólo consiguió una especie de dolorosa mueca.
—¿Y tú, Hagrid? ¿Estás bien? —inquirió Harry, y lo siguió cuando el guardabosques echó a andar pesadamente tras los alumnos de Ravenclaw.
—Sí, sí —contestó Hagrid con falsa ligereza; luego agitó una mano y estuvo a punto de dar un porrazo a la asustada profesora Vector, que pasaba en aquel momento junto a él—. Un poco liado, ya sabéis, lo de siempre: tengo que preparar las clases, hay un par de salamandras a las que se les están pudriendo las escamas... y estoy en periodo de prueba —murmuró.
—¿Que estás en periodo de prueba? —dijo Ron en voz alt