idge, o que tal vez se avergonzaría de la catástrofe que se había producido en las mismísimas narices de su querido Fudge. Sin embargo, parecía que sólo había intensificado su furioso deseo de tomar bajo su control todos los aspectos de la vida en Hogwarts. Se mostraba decidida, como mínimo, a conseguir un despido lo más pronto posible, y la única duda era quién iba a caer primero: la profesora Trelawney o Hagrid.
A partir de entonces, todas las clases de Adivinación y de Cuidado de Criaturas Mágicas se impartían en presencia de la profesora Umbridge y de sus hojas de pergamino, cogidas con el sujetapapeles. Acechaba junto al fuego en la perfumada sala de la torre, interrumpía los discursos de la profesora Trelawney, cada vez más histéricos, con difíciles preguntas sobre ornitomancia y heptomología, insistía en que predijera las respuestas de los alumnos antes de que ellos las dieran, y exigía que demostrara sus habilidades con la bola de cristal, las hojas de té y las runas. A Harry le parecía que, en cualquier momento, la profesora Trelawney se vendría abajo ante tanta presión. En varias ocasiones se la cruzó por los pasillos (un hecho muy inusual, pues ella solía quedarse en su habitación de la torre), y siempre iba murmurando por lo bajo, furiosa, se retorcía las manos, lanzaba aterradas miradas por encima del hombro y despedía un intenso olor a jerez para cocinar. De no haber estado tan preocupado por Hagrid, Harry habría sentido lástima por ella; pero, si tenían que destituir a alguno de los dos, Harry tenía clarísimo quién quería que se quedara.
Desgraciadamente, éste no veía que Hagrid lo estuviera haciendo mejor que la profesora Trelawney. Desde antes de Navidad, él también parecía haber perdido los nervios, pese a que por lo visto seguía los consejos de Hermione y no les había enseñado nada más peligroso que un crup (una criatura indistinguible de un Jack Russell terrier, salvo por la cola bífida). Durante las clases, Hagrid parecía enajenado y nervioso, perdía continuamente el hilo de lo que estaba diciendo, se equivocaba al formular las preguntas y no paraba de mirar, angustiado, a la profesora Umbridge. Además, se mostraba más distante que nunca con Harry, Ron y Hermione, y les había prohibido explícitamente que fueran a visitarlo después del anochecer.
—Si os pilla, nos colgarán a todos —les advirtió de forma terminante, y como no querían hacer nada que pudiera poner en peligro su empleo, ellos se abstuvieron de bajar a la cabaña por la noche.
Harry tenía la impresión de que la profesora Umbridge lo estaba privando metódicamente de todo lo que hacía que su vida en Hogwarts resultara agradable: las visitas a la cabaña de Hagrid, las cartas de Sirius, su Saeta de Fuego y el quidditch. Y él se vengaba de la única forma en que podía: redoblando sus esfuerzos con el ED.
A Harry le alegró comprobar que la noticia de que otros diez mortífagos andaban sueltos había estimulado a los que participaban en las reuniones, incluso a Zacharias Smith, a esforzarse más que nunca, pero en quien más se notaba esa mejora era en Neville. La noticia de la fuga de la agresora de sus padres había operado en él un cambio extraño y hasta un poco alarmante. No había mencionado ni una sola vez su encuentro con Harry, Ron y Hermione en la sala reservada de San Mungo, y ellos, siguiendo su ejemplo, tampoco habían hecho ningún comentario al respecto. Tampoco había dicho nada sobre la fuga de Bellatrix y los otros mortífagos. De hecho, Neville casi nunca hablaba durante las reuniones del ED, pero trabajaba sin tregua en cada nuevo embrujo y contramaldición que Harry les enseñaba; arrugaba la regordeta cara en una mueca de concentración, en apariencia indiferente a las heridas o a los accidentes, y trabajaba más duro que ningún otro compañero. Mejoraba tan deprisa que resultaba desconcertante, y cuando Harry les enseñó el encantamiento escudo (un método para desviar pequeños embrujos y que rebotaran sobre el agresor), sólo Hermione consiguió ejecutarlo más deprisa que Neville.
A Harry le habría gustado progresar en Oclumancia tanto como Neville en las reuniones del ED. Las clases particulares de Harry con Snape, que habían empezado con mal pie, no habían mejorado nada. Más bien al contrario: Harry creía que cada vez lo hacía peor.
Antes de empezar a estudiar Oclumancia, la cicatriz le dolía ocasionalmente, la mayoría de las veces por la noche, o después de una de aquellas extrañas percepciones de los pensamientos o del estado anímico de Voldemort que experimentaba de cuando en cuando. Ahora, en cambio, la cicatriz le dolía casi constantemente, y muy a menudo sentía arrebatos de fastidio o de alegría que no estaban relacionados con lo que le estaba ocurriendo en ese momento, y siempre iban acompañados de una punzada especialmente dolorosa en la frente. Tenía la horrible sensación de que poco a poco se estaba convirtiendo en una especie de antena sintonizada para detectar las más leves fluctuaciones del humor de Voldemort, y est