 encontrar con ella: Luna Lovegood y nada más y nada menos que Rita Skeeter, ex reportera de El Profeta y una de las personas a las que Hermione más despreciaba en el mundo.
—¡Qué pronto has llegado! —exclamó su amiga mientras se apartaba para hacerle sitio—. Pensaba que estabas con Cho. ¡No esperaba que llegaras hasta al menos dentro de una hora!
—¿Con Cho? —saltó Rita de inmediato retorciéndose en la silla para mirar con avidez a Harry—. ¿Una chica?
Agarró su bolso de piel de cocodrilo y se puso a hurgar en él.
—¿A ti qué te importa que Harry haya salido con un centenar de chicas? —le dijo Hermione a la periodista con descaro—. No es asunto tuyo, así que guarda eso ahora mismo.
Rita se disponía a sacar una pluma de color verde amarillento de su bolso, pero lo cerró y puso una cara horrible, como si le hubieran hecho beber jugo fétido.
—¿Qué estáis tramando? —preguntó Harry, que se sentó y miró sin comprender a Rita, Luna y Hermione.
—Doña Perfecta estaba a punto de contármelo cuando has llegado tú —dijo la periodista, y dio un buen trago de su bebida—. Supongo que estoy autorizada a hablar con él, ¿no? —le espetó a Hermione.
—Sí, supongo que sí —repuso ella con frialdad.
A Rita no le sentaba nada bien el desempleo. Tenía el pelo lacio y despeinado y no llevaba los elaborados rizos de tiempo atrás. Se le había saltado el esmalte de las uñas de cinco centímetros de largo y a las gafas con alas les faltaban un par de joyas falsas. Dio otro gran trago de su bebida y dijo hablando por la comisura de la boca:
—¿Es guapa, Harry?
—Una palabra más sobre la vida amorosa de Harry y se anula el trato, te lo prometo —la amenazó Hermione.
—¿Qué trato? —preguntó Rita secándose la boca con el dorso de la mano—. Todavía no has mencionado ningún trato, señorita Repipi, sólo me dijiste que me presentara aquí. ¡Ah, un día de éstos...! —añadió con un estremecimiento.
—Sí, sí, un día de éstos te pondrás a escribir más historias horribles sobre Harry y sobre mí —comentó Hermione con indiferencia—. A ver si encuentras a alguien a quien le interese leerlas.
—Pues este año han publicado un montón de historias horribles sobre Harry sin mi ayuda —replicó Rita mirando al chico de soslayo por encima de sus gafas, y añadió—: ¿Cómo te ha sentado eso, Harry? ¿Te sientes traicionado? ¿Consternado? ¿Incomprendido?
—Está enfadado, como es lógico —repuso Hermione con voz fuerte y clara—. Porque le ha contado la verdad al ministro de la Magia y el ministro es demasiado idiota para creerlo.
—De modo que sigues en tus trece, empeñado en que El-que-no-debe-ser-nombrado ha vuelto, ¿no? —dijo Rita bajando su copa y sometiendo a Harry a una penetrante mirada mientras acercaba una vez más un dedo hacia el cierre de su bolso de cocodrilo—. ¿Defiendes ese absurdo cuento que Dumbledore le va explicando a todo el mundo de que Quien-tú-sabes ha regresado y que tú eres el único testigo?
—Yo no soy el único testigo —gruñó Harry—. También había allí una docena de mortífagos. ¿Quieres que te dé sus nombres?
—Me encantaría —dijo Rita en voz baja, y se puso a hurgar de nuevo en su bolso observando a Harry como si él fuera lo más hermoso que había visto jamás—. Lo publicaremos con un gran titular: «Potter acusa...» Y con el subtítulo: «Harry Potter identifica a los mortífagos que siguen entre nosotros.» Y entonces, bajo una gran fotografía tuya: «El trastornado adolescente que sobrevivió al ataque de Quien-ustedes-saben, Harry Potter, de 15 años, provocó un escándalo ayer al acusar a respetados y prominentes miembros de la comunidad mágica de ser mortífagos...» —Rita tenía ya la pluma a vuelapluma en la mano e iba a llevársela a la boca cuando se esfumó de su rostro la expresión de embeleso—. Pero claro —continuó bajando la pluma y fulminando con la mirada a Hermione—, Doña Perfecta no querrá que se publique esa historia, ¿no?
—Pues resulta —dijo Hermione con voz melosa— que eso es exactamente lo que quiere Doña Perfecta.
Rita se quedó mirándola. Y lo mismo hizo Harry. Luna, en cambio, se puso a cantar por lo bajo «A Weasley vamos a coronar» con aire ensimismado mientras removía su bebida con una cebollita de cóctel pinchada en un palillo.
—¿Quieres que escriba una crónica sobre lo que Harry dice de Aquel-que-no-debe-ser-nombrado? —le preguntó Rita a Hermione con un hilo de voz.
—Sí, exacto. La verdadera historia. Con pelos y señales. Como la cuenta Harry. Te proporcionará todos los detalles, te dará los nombres de los mortífagos no identificados a los que vio allí, te dirá qué aspecto tiene ahora Voldemort... Vamos, contrólate —añadió con desdén, y lanzó una servilleta hacia el otro lado de la mesa, pues, al oír el nombre de Voldemort, Rita había dado tal respingo que había derramado la mitad de su copa de whisky de fuego y se había manchado la ropa.
La periodista secó su mugriento impermeable sin dejar de mirar atónita a Hermione. Entonces dijo lisa y llanamente:
—El Profeta no lo publicará. Por si no lo habías notado, nadie se traga ese cuento chino. Todo el