se por una puerta! —exclamó Hermione con voz entrecortada—. ¡Lucius Malfoy también debió de echarle una maldición a él! Apuesto algo a que lo hizo el día que tú lo viste allí, Harry. Sturgis llevaba la capa de Moody, ¿verdad? ¿Y si estaba plantado junto a la puerta, manteniéndose invisible, y Malfoy lo oyó moverse, o adivinó que había alguien allí, o sencillamente lanzó la maldición Imperius para ver si por casualidad había un vigilante apostado en aquel lugar? Y en cuanto a Sturgis se le presentó una ocasión, probablemente cuando volvió a tocarle montar guardia, intentó entrar en el Departamento para robar el arma para Voldemort... Tranquilo, Ron... Pero lo pillaron y lo enviaron a Azkaban... —Hermione miró fijamente a Harry—. ¿Y ahora Rookwood le ha explicado a Voldemort cómo conseguir el arma?
—No oí toda la conversación, pero eso fue lo que me pareció —confirmó Harry—. Rookwood trabajaba allí... ¿Y si Voldemort envía a Rookwood a robarla?
Hermione asintió con la cabeza, abstraída. De repente dijo:
—Pero no debiste ver nada de todo eso, Harry.
—¿Qué? —dijo él sin comprender.
—Se supone que estás aprendiendo a cerrar tu mente a esas cosas —comentó Hermione con severidad.
—Ya lo sé, pero...
—Mira, creo que deberíamos intentar olvidar lo que has visto —añadió Hermione con firmeza-—. Y a partir de ahora también deberías poner un poco más de empeño en las clases de Oclumancia.
Harry se enfadó tanto con ella que no le dirigió la palabra durante el resto del día, que nuevamente resultó ser un asco. Cuando en los pasillos no se comentaba el tema de los mortífagos fugados, la gente se reía de la pésima actuación de los de Gryffindor en su partido contra Hufflepuff, y los de Slytherin cantaron «A Weasley vamos a coronar» tan fuerte y tan a menudo que, antes de que el sol se pusiera, Filch, harto de la cancioncilla, la había prohibido.
La situación no mejoró con el paso de los días. Harry recibió otras dos D en Pociones; todavía estaba en ascuas por si despedían a Hagrid, y no podía dejar de pensar en el sueño en que él era Voldemort, aunque no volvió a hablar sobre ello ni con Ron ni con Hermione porque no quería que su amiga volviera a regañarlo. Le habría encantado hablar de aquel tema con Sirius, pero eso estaba descartado, así que intentó confinar el asunto a lo más recóndito de su mente.
Aunque, por desgracia, lo más recóndito de su mente había dejado de ser un lugar seguro.
—Levántate, Potter.
Un par de semanas después de soñar con Rookwood, Harry volvía a estar arrodillado en el suelo del despacho de Snape, intentando vaciar su mente. Snape acababa de obligarlo una vez más a revivir un caudal de recuerdos muy antiguos que él ni siquiera era consciente de conservar, y la mayoría estaban relacionados con humillaciones que le habían infligido Dudley y sus compinches en la escuela primaria.
—¿Qué era ese último recuerdo? —preguntó Snape.
—No lo sé —contestó Harry, y se puso en pie cansinamente. Cada vez le resultaba más difícil desenredar los recuerdos del torrente de imágenes y sonidos que Snape le hacía evocar—. ¿Ese en que mi primo intentaba que metiera los pies en el retrete?
—No —dijo el profesor en voz baja—. Me refiero al del hombre arrodillado en medio de una habitación en penumbra.
—No es... nada —mintió Harry.
Snape taladró al muchacho con sus oscuros ojos, pero éste, recordando el comentario del profesor de que el contacto visual era indispensable para la Legeremancia, parpadeó y desvió la mirada.
—¿Qué hacen ese hombre y esa habitación dentro de tu cabeza, Potter? —insistió Snape.
—Sólo es... —balbuceó él mirando a todas partes menos a Snape—, sólo es... un sueño que tuve.
—¿Un sueño? —Hubo una pausa durante la cual Harry fijó la vista en una gran rana muerta que flotaba en un tarro lleno de un líquido de color morado—. Sabes por qué estamos aquí, ¿verdad, Potter? —le preguntó Snape con voz débil pero amenazadora—. Sabes por qué estoy sacrificando mi tiempo libre y realizo esta tediosa tarea, ¿no?
—Sí —contestó Harry fríamente.
—Recuérdame por qué estamos aquí, Potter.
—Para que pueda aprender Oclumancia —repuso él mientras miraba una anguila muerta, desafiante.
—Correcto, Potter. Y pese a lo torpe que eres —Harry miró con odio a Snape—, creía que después de más de dos meses de clases habrías progresado algo. ¿Cuántos sueños más sobre el Señor Tenebroso has tenido?
—Sólo ése —mintió.
—A lo mejor —prosiguió Snape entrecerrando ligeramente sus fríos y oscuros ojos—, a lo mejor resulta que te gusta tener esas visiones y esos sueños, Potter. Tal vez hacen que te sientas especial, importante...
—No —repuso Harry con las mandíbulas apretadas y los dedos fuertemente cerrados alrededor de su varita mágica.
—Me alegro, Potter —dijo Snape con frialdad—, porque no eres ni especial ni importante, y no te corresponde a ti averiguar qué dice el Señor Tenebroso a sus mortífagos.
—No, eso le corresponde a usted, ¿verdad? —le espetó Harry.
Lo dijo sin querer, las palabras salieron por su boca impulsadas por la rabia