 que sentía. Se miraron fijamente; Harry estaba convencido de que había ido demasiado lejos. Pero cuando Snape habló, lo hizo con una expresión curiosa, casi de satisfacción.
—Sí, Potter —afirmó, y sus ojos destellaron—. Ese es mi trabajo. Y ahora, si estás preparado, volveremos a empezar. —Snape levantó la varita y dijo—: Uno, dos, tres, ¡Legeremens!
Un centenar de Dementores se abatían sobre Harry cruzando el lago de los jardines de Hogwarts... Harry hizo una mueca de concentración... Cada vez estaban más cerca... Veía los oscuros agujeros que había bajo sus capuchas... Y, sin embargo, también veía a Snape enfrente de él, que lo observaba con atención al mismo tiempo que murmuraba por lo bajo... Y la imagen de Snape cada vez era más clara, y la de los Dementores más débil...
Harry levantó su varita.
—¡Protego!
Snape se tambaleó, su varita saltó por los aires, lejos de Harry, y de pronto la mente del chico se llenó de recuerdos que no eran suyos: un hombre de nariz aguileña gritaba a una mujer que se encogía de miedo, mientras un niño de cabello oscuro lloraba en un rincón... Un adolescente de cabello grasiento estaba sentado, solo, en un oscuro dormitorio, y apuntaba al techo con su varita mágica para matar moscas... Una muchacha reía mientras un chico escuálido intentaba montar en una escoba que no paraba de dar sacudidas...
—¡BASTA!
Harry sintió como si lo hubieran empujado con fuerza por el pecho; dio unos pasos hacia atrás tambaleándose, chocó contra una de las estanterías que cubrían las paredes del despacho de Snape, y oyó que algo se rompía. El profesor temblaba ligeramente y estaba muy pálido.
Harry tenía la parte de atrás de la túnica mojada. Uno de los tarros que había en la estantería contra la que había chocado se había roto, y el elemento viscoso que había dentro giraba como un remolino en el líquido que se derramaba.
—¡Reparo! —exclamó Snape por lo bajo, y el tarro se selló de inmediato—. Bueno, Potter, veo que vas mejorando... —Jadeando ligeramente, Snape enderezó el pensadero en el que había vuelto a almacenar algunos de sus pensamientos antes de iniciar la clase, como si quisiera comprobar que seguían allí—. No recuerdo haberte dicho que utilizaras un encantamiento escudo, pero no cabe duda de que ha surtido efecto...
Harry no dijo nada, pues tenía la impresión de que decir algo podría resultar peligroso. Estaba seguro de que acababa de entrar en los recuerdos de Snape, y que había contemplado algunas escenas de su infancia. Resultaba desconcertante pensar que aquel niño, que lloraba mientras veía cómo sus padres se gritaban, estaba en esos momentos de pie ante él mirándolo con ojos llenos de odio.
—Volvamos a intentarlo —dijo Snape. Harry se estremeció de miedo; estaba a punto de pagar por lo que acababa de pasar, estaba convencido de ello. Se colocaron de nuevo en sus posiciones, separados por la mesa. Harry temía que esa vez le costara mucho más vaciar su mente.
—Contaré hasta tres —le avisó Snape, y levantó la varita una vez más—. Uno, dos... —Harry no tuvo tiempo para prepararse e intentar vaciar su mente antes de que Snape gritara—: ¡Legeremens!
Iba corriendo por el pasillo de paredes de piedra con antorchas hacia el Departamento de Misterios; la puerta negra cada vez era más grande. Corría tanto que iba a chocar contra ella; estaba a pocos palmos y volvía a ver aquella rendija de débil luz azulada.
¡La puerta se había abierto! Por fin había entrado por ella, y se encontraba en una sala circular de paredes y suelo negros, iluminada por velas de llama azul, y había más puertas a su alrededor. Tenía que seguir adelante, pero ¿cuál debía abrir?
—¡POTTER!
Harry abrió los ojos. Volvía a estar tumbado boca arriba, pero no recordaba cómo había llegado hasta allí; jadeaba como si de verdad hubiera atravesado corriendo el pasillo del Departamento de Misterios, hubiera entrado apresuradamente por la puerta negra y se hubiera encontrado en la sala circular.
—¡Explícate! —le ordenó Snape, que estaba plantado delante de él, furioso.
—No..., no sé qué ha pasado —dijo Harry con sinceridad al mismo tiempo que se levantaba. Tenía un chichón en la parte de atrás de la cabeza, del golpe que se había dado contra el suelo, y sentía como si tuviera fiebre—. Es la primera vez que lo veo. Ya se lo he dicho, he soñado otras veces con esa puerta, pero nunca se había abierto...
—¡No te esfuerzas lo suficiente! —Por algún extraño motivo, Snape parecía aún más enojado de lo que lo estaba hacía dos minutos, cuando Harry había visto los recuerdos del profesor—. Eres perezoso y descuidado, Potter, no me extraña que el Señor Tenebroso...
—¿Puede decirme una cosa, señor? —lo interrumpió Harry con renovado ímpetu—. ¿Por qué llama a Voldemort Señor Tenebroso? Sólo he oído a los mortífagos llamarlo así.
Snape despegó los labios e hizo una mueca de desdén, pero entonces se oyó gritar a una mujer fuera del despacho.
El profesor levantó la cabeza y miró hacia el techo.
—¿Qué demonios...? —masculló. Harry oyó ruidos amorti