 le habría ocurrido lanzar discos voladores con colmillos por los pasillos si yo hubiera podido colgaros por los tobillos en mi despacho, ¿verdad que no? Pero cuando entre en vigor el Decreto de Enseñanza número veintinueve, Potter, podré hacer todas esas cosas... Y la nueva directora ha pedido al ministro que firme una orden para expulsar a Peeves. Sí, ya lo creo, las cosas van a ser muy diferentes por aquí ahora que ella está al mando...
Era evidente que la profesora Umbridge había hecho todo lo posible para ganarse la simpatía de Filch, pensó Harry, y lo peor era que seguramente el conserje resultaría un arma muy útil; podía decirse que nadie conocía como él los escondites y los pasadizos secretos del colegio, después de los gemelos Weasley.
—Ya hemos llegado —indicó Filch sonriendo con malicia a Harry mientras daba tres golpes en la puerta del despacho de la profesora Umbridge y la abría—. Le traigo a Potter, señora.
El despacho de la profesora Umbridge, con el que Harry ya estaba familiarizado tras sus numerosos castigos, estaba igual que siempre. La única excepción era el enorme bloque de madera que había en la parte delantera de su mesa, con unas letras doradas que rezaban: «DIRECTORA.» Además, la Saeta de Fuego de Harry y las Barredoras de Fred y George estaban atadas con cadenas, a su vez aseguradas con candados, a una sólida barra de hierro que había en la pared, detrás de la mesa, y al verlas Harry notó una punzada de dolor.
La profesora Umbridge estaba sentada detrás de la mesa, muy ocupada escribiendo en un trozo de su pergamino rosa, pero levantó la cabeza y mostró una amplia sonrisa al verlos entrar.
—Gracias, Argus —dijo con dulzura.
—De nada, señora, de nada —repuso Filch, que se inclinó todo lo que le permitió su reumatismo y salió caminando hacia atrás.
—Siéntate —le indicó a Harry la profesora Umbridge de manera cortante señalando una silla.
El chico se sentó y la profesora siguió escribiendo. Harry se fijó en los feos gatitos que retozaban en los platos que la profesora Umbridge tenía colgados en la pared, y se preguntó qué nueva y espeluznante sorpresa le tendría preparada.
—Bueno —dijo por fin la profesora mientras dejaba la pluma encima de la mesa. Parecía un sapo a punto de engullir una mosca especialmente sabrosa—. ¿Qué te apetece beber?
—¿Cómo dice? —preguntó Harry, convencido de que no había oído bien.
—¿Qué te apetece beber, Potter? —repitió ella, ampliando aún más su sonrisa—. ¿Té? ¿Café? ¿Zumo de calabaza?
Cada vez que nombraba una bebida, daba una sacudida con su corta varita mágica, y una taza o un vaso aparecían sobre su mesa.
—Nada, gracias —contestó Harry.
—Quiero que tomes algo conmigo —insistió la profesora con una voz peligrosamente dulce—. Elige.
—Bueno..., pues té —decidió él encogiéndose de hombros.
La profesora Umbridge se levantó, se colocó de espaldas a Harry y, con mucha parsimonia, añadió leche a la taza. Entonces pasó junto a la mesa, con la taza en la mano, sonriendo con una ternura siniestra.
—Toma —dijo, y le dio la taza—. Bébetelo antes de que se enfríe, ¿de acuerdo? Muy bien, Potter... Me ha parecido oportuno mantener una breve charla contigo después de los lamentables sucesos ocurridos anoche. —Harry no dijo nada. La profesora Umbridge volvió a sentarse en su silla y esperó. Se produjo una larga pausa, que la bruja interrumpió diciendo con jovialidad—: Pero ¡si no te estás bebiendo el té!
Harry se llevó la taza a los labios y de repente la bajó. Uno de los horribles gatitos pintados de la profesora Umbridge tenía unos enormes y redondos ojos azules, como el ojo mágico de Moody, y a Harry le dio por pensar qué diría Ojoloco si se enteraba de que él había bebido té ofrecido por un enemigo declarado.
—¿Qué pasa? —preguntó la profesora Umbridge, que seguía observándolo—. ¿Quieres azúcar?
—No —respondió Harry.
Volvió a llevarse la taza a los labios y fingió que bebía un sorbo, aunque mantuvo la boca firmemente cerrada. La sonrisa de la profesora Umbridge se ensanchó.
—Así me gusta —susurró—. Estupendo. Veamos... —Se inclinó un poco hacia delante—. ¿Dónde está Albus Dumbledore?
—No tengo ni idea —respondió Harry sin vacilar.
—Bebe, bebe —lo animó la profesora Umbridge sin dejar de sonreír—. Dejémonos de juegos infantiles, Potter. Sé perfectamente que sabes adónde ha ido. Dumbledore y tú estáis juntos en este asunto desde el principio. Piensa en tus intereses, Potter...
—No sé dónde está.
Harry fingió que volvía a beber.
—Está bien —aceptó la profesora Umbridge, contrariada—. En ese caso, haz el favor de decirme dónde está Sirius Black.
Harry notó una opresión en el estómago. Le tembló la mano con que sujetaba la taza de té, que repiqueteó contra el platillo. Se llevó una vez más la taza a la boca, con los labios apretados, y unas gotas de líquido caliente se derramaron por su túnica.
—No lo sé —aseguró, quizá precipitadamente.
—Permíteme recordarte, Potter —comentó la profesora Umbridge—, que fui yo quien estuvo a punto de atrapar al criminal Black en la chime