nea de Gryffindor en octubre. Sé perfectamente que estaba hablando contigo, y si tuviera alguna prueba, ninguno de los dos andaríais sueltos ahora, te lo prometo. Te lo preguntaré una vez más, Potter, ¿dónde está Sirius Black?
—Ni idea —aseguró Harry en voz alta—. No tengo ni la más remota idea.
Se miraron fijamente, tanto rato que Harry notó que le lloraban los ojos. Entonces la profesora Umbridge se levantó.
—Muy bien, Potter, esta vez confiaré en tu palabra, pero te lo advierto: el Ministerio me respalda. Todos los canales de comunicación de entrada y salida del colegio están vigilados. Hay un regulador de la Red Flu que vigila todas las chimeneas de Hogwarts, excepto la mía, por supuesto. Mi Brigada Inquisitorial abre y lee todo el correo lechucil que entra y sale del castillo. Y el señor Filch vigila todos los pasadizos secretos de entrada y salida del castillo. Si encuentro la más mínima prueba de que...
¡PUM!
El suelo del despacho tembló. La profesora Umbridge se desplazó hacia un lado y se sujetó a la mesa, impresionada.
—¿Qué ha sido eso?
Miraba hacia la puerta. Harry aprovechó la ocasión para vaciar la taza de té, casi llena, en el jarrón de flores secas que tenía más cerca. Oía que la gente corría y gritaba varios pisos más abajo.
—¡Vuelve al comedor, Potter! —gritó la profesora Umbridge levantando la varita y saliendo muy deprisa del despacho. Harry le dio unos segundos de ventaja y salió tras ella para ver cuál era el origen de tanto alboroto.
No le costó mucho averiguarlo. Un piso más abajo reinaba un caos absoluto. Alguien (y Harry tenía una idea bastante aproximada de quién se trataba) había hecho explotar lo que parecía un enorme cajón de fuegos artificiales encantados.
Por los pasillos revoloteaban dragones compuestos de chispas verdes y doradas que despedían fogonazos y producían potentes explosiones; girándulas de color rosa fosforito de un metro y medio de diámetro pasaban zumbando como platillos volantes; cohetes con largas colas de brillantes estrellas plateadas rebotaban contra las paredes; las bengalas escribían palabrotas en el aire; los petardos explotaban como minas allá donde Harry mirara, y en lugar de consumirse y apagarse poco a poco, esos milagros pirotécnicos parecían adquirir cada vez más fuerza y energía.
Filch y la profesora Umbridge estaban de pie, petrificados, en mitad de la escalera. Mientras Harry contemplaba el espectáculo, una de las girándulas más grandes por lo visto decidió que lo que necesitaba era más espacio para maniobrar, y fue dando vueltas hacia donde estaban la profesora Umbridge y el conserje, emitiendo un siniestro «¡liiiiuuuuu!». Ambos gritaron de miedo y se agacharon, y la girándula salió volando por la ventana que tenían detrás y fue a parar a los jardines. Entre tanto, varios dragones y un enorme murciélago de color morado, que humeaba amenazadoramente, aprovecharon que había una puerta abierta al final del pasillo para escapar por ella hacia el segundo piso.
—¡Corra, Filch, corra! —gritó la profesora Umbridge—. ¡Si no hacemos algo se dispersarán por todo el colegio! ¡Desmaius!
Un chorro de luz roja salió del extremo de su varita y fue a parar contra uno de los cohetes. En lugar de quedarse parado en el aire, éste explotó con tanta fuerza que hizo un agujero en el cuadro de una bruja de aspecto bobalicón, retratada en medio de un prado; la bruja corrió a refugiarse justo a tiempo, y apareció unos segundos más tarde apretujada en el cuadro de al lado, donde un par de magos que jugaban a las cartas se levantaron rápidamente para dejarle sitio.
—¡No los aturda, Filch! —gritó furiosa la profesora Umbridge, como si el conjuro lo hubiera pronunciado él.
—¡Como usted diga, señora! —exclamó resollando el conserje, quien siendo un squib jamás habría podido aturdir aquellos fuegos artificiales. Corrió hacia un armario cercano, sacó de él una escoba y empezó a golpear con ella los fuegos artificiales. Unos segundos más tarde, la parte delantera de la escoba estaba en llamas.
Harry ya había visto suficiente; riendo, se agachó cuanto pudo, corrió hacia una puerta que sabía que estaba un poco más allá, oculta detrás de un tapiz, y entró por ella. Allí encontró a Fred y George, que, escondidos, escuchaban los gritos de la profesora Umbridge y de Filch e intentaban contener la risa.
—Impresionante —admitió Harry en voz baja sonriendo—. Verdaderamente impresionante. El doctor Filibuster va a tener que cerrar su negocio, seguro...
—Gracias —susurró George, y se secó las lágrimas de risa de la cara—. Ay, espero que ahora intente un hechizo desvanecedor... Se multiplican por diez cada vez que lo intentas.
Aquella tarde los fuegos artificiales siguieron ardiendo y extendiéndose por el colegio. Pese a que ocasionaron graves trastornos, sobre todo los petardos, a los otros profesores no pareció importarles mucho.
—¡Vaya! —exclamó la profesora McGonagall con sarcasmo cuando uno de los dragones entró en su clase y se puso a volar describiendo círculos y lanzando sonoros e