 colgar por los pies en el aire—. ¿Quién quiere ver cómo le quito los calzoncillos a Snape?
Pero Harry no llegó a saber si James le quitó los calzoncillos a Snape o no, pues una mano se había cerrado alrededor de su brazo con la fuerza de unas tenazas. El chico hizo una mueca de dolor y giró la cabeza para ver quién lo estaba sujetando, y vio, con horror, al Snape adulto de pie detrás de él, lívido de rabia.
—¿Te diviertes?
Harry notó que se elevaba por el aire; los soleados jardines se evaporaban a su alrededor; subía flotando por una gélida oscuridad, y la mano de Snape seguía sujetándolo con fuerza por el brazo. Entonces, con la sensación de que caía en picado, como si hubiera dado una voltereta en el aire, sus pies dieron contra el suelo de piedra de la mazmorra de Snape, y se encontró de nuevo plantado ante el pensadero que había encima de la mesa del oscuro despacho del que, en la actualidad, era su profesor de Pociones.
—¿Y bien? —preguntó Snape; le apretaba tanto el brazo que a Harry empezó a dormírsele la mano—. ¿Te lo has pasado bien, Potter?
—N-no —contestó Harry al mismo tiempo que intentaba liberar su brazo.
Snape daba miedo: le temblaban los labios, estaba blanco como el papel y enseñaba los dientes.
—Tu padre era un tipo muy gracioso, ¿verdad? —dijo el profesor, y zarandeó a Harry hasta que le resbalaron las gafas por la nariz.
—Yo... no...
Snape empujó a Harry con todas sus fuerzas y éste cayó estrepitosamente contra el suelo de la mazmorra.
—¡No le cuentes a nadie lo que has visto! —bramó Snape.
—No —repuso Harry, y se levantó tan lejos como pudo de Snape—. No, claro que no...
—¡Largo de aquí! ¡No quiero volver a verte jamás en este despacho!
Y cuando Harry salía disparado hacia la puerta, un tarro de cucarachas muertas se estrelló sobre su cabeza. Abrió la puerta de un tirón, echó a correr por el pasillo y no paró hasta que estuvo a tres pisos de distancia de Snape. Entonces se apoyó en la pared jadeando y se frotó el magullado brazo.
No le apetecía volver tan pronto a la torre de Gryffindor, ni contarles a Ron y a Hermione lo que acababa de ver. Si se sentía horrorizado y desdichado no era porque Snape le hubiera gritado ni porque le hubiera lanzado un tarro de cucarachas, sino porque él sabía qué experimentaba uno cuando lo humillaban en medio de un corro de curiosos, y sabía exactamente qué había sentido Snape cuando su padre se había burlado de él; a juzgar por lo que acababa de ver, su padre había sido tan arrogante como Snape siempre le había dado a entender.

29 - ORIENTACIÓN ACADÉMICA

—Pero ¿por qué ya no tienes clases particulares de Oclumancia? —preguntó Hermione con expresión ceñuda.
—Ya te lo he dicho —murmuró Harry—. Snape cree que ahora que he aprendido los conceptos básicos puedo seguir estudiando por mi cuenta.
—¿Quiere eso decir que no tienes sueños raros? —inquirió Hermione con escepticismo.
—Bueno, casi nunca —respondió Harry sin mirar a su amiga.
—¡Pues no creo que Snape deba interrumpir las clases hasta estar completamente seguro de que puedes controlarlos! —exclamó la chica, indignada—. Harry, creo que deberías volver a su despacho y preguntarle...
—No —repuso Harry, tajante—. Déjalo, Hermione, ¿quieres?
Era el primer día de las vacaciones de Pascua, y Hermione, como de costumbre, había pasado gran parte del tiempo haciendo horarios de repaso para los tres amigos. Harry y Ron no habían puesto objeciones: eso era más fácil que discutir con ella, y de todos modos quizá los horarios resultaran útiles.
Ron se llevó una sorpresa al ver que sólo faltaban seis semanas para los exámenes.
—¿Cómo puede ser que eso te sorprenda? —le preguntó Hermione mientras tocaba cada cuadradito del horario de Ron con su varita para que se pintara de un color diferente según la asignatura.
—No lo sé —admitió Ron—. Han pasado muchas cosas.
—Toma, ya está —dijo Hermione, y le entregó su horario—. Si lo sigues al pie de la letra, no tendrás problemas.
Ron lo contempló con desánimo, pero de pronto su rostro se iluminó.
—¡Me has dejado una noche libre cada semana!
—Para los entrenamientos de quidditch —aclaró Hermione.
La sonrisa se borró de la cara de Ron.
—¿Qué sentido tiene que entrenemos? —comentó, desalentado—. Tenemos las mismas posibilidades de ganar la Copa de quidditch este año que las de mi padre de ser nombrado ministro de la Magia.
Hermione no dijo nada; observaba a Harry, que miraba sin ver la pared opuesta de la sala común mientras Crookshanks le tocaba una mano con la pata para que le acariciara las orejas.
—¿Qué pasa, Harry?
—¿Qué? —reaccionó él rápidamente—. Nada.
De inmediato cogió su ejemplar de Teoría de defensa mágica y fingió que buscaba algo en el índice. Crookshanks lo dejó por imposible y se escondió bajo la butaca de Hermione.
—Antes he visto a Cho —comentó la chica tanteando el terreno—. Ella también parecía muy triste. ¿Os habéis vuelto a pelear?
—¿Qué? Ah, sí, nos hemos peleado —dijo Harry, quien agradeció la excusa que le brindaba Hermione.
—¿Por qué?
—Por su amiga M