arietta, la chivata —contestó Harry.
—¡Y con todos los motivos! —terció Ron apartando la mirada de su horario de repaso—. Por su culpa...
Ron se puso a despotricar contra Marietta Edgecombe, lo cual a Harry le resultó muy útil: lo único que tenía que hacer era poner cara de enfado, asentir con la cabeza y decir «sí» y «eso» cada vez que Ron paraba para tomar aliento, y entre tanto podía recordar lo que había visto en el pensadero, aunque le hiciera sentirse sumamente desgraciado.
Tenía la impresión de que el recuerdo de aquella escena lo estaba carcomiendo por dentro. Siempre había estado tan seguro de que sus padres eran unas personas maravillosas que nunca se había creído lo que afirmaba Snape sobre el carácter de su padre. ¿Acaso no le habían asegurado personas como Hagrid y Sirius que su padre era un tipo fenomenal? («Sí, ya, pero mira cómo era Sirius —dijo una vocecilla impertinente dentro de la cabeza de Harry—. Era igual de ruin que él, ¿no?») Sí, en una ocasión había oído decir a la profesora McGonagall que su padre y Sirius eran los alborotadores del colegio, pero los había descrito como precursores de los gemelos Weasley, y Harry no podía imaginar que Fred y George colgaran a alguien por los pies sólo para divertirse... A menos que odiaran de verdad a esa persona; quizá se lo habrían hecho a Malfoy, o a alguien que de verdad se lo mereciera...
Harry intentó demostrarse a sí mismo que Snape se había merecido el trato que había recibido de James; pero ¿acaso Lily no había preguntado: «¿Qué os ha hecho?», y James había contestado: «Es simplemente que existe, no sé si me explico»? ¿Y acaso James no había empezado la broma sólo porque Sirius había dicho que se aburría? Harry recordaba que, cuando estaban en Grimmauld Place, Lupin había comentado que Dumbledore lo había nombrado prefecto con la esperanza de que ejerciera cierto control sobre James y Sirius... Pero, en el pensadero, Lupin se había quedado sentado y no había hecho nada para impedir el enfrentamiento...
Harry se acordaba una y otra vez de que Lily había intervenido; su madre sí era una persona decente. Sin embargo, el recuerdo de la expresión de la cara de Lily cuando le gritaba a James lo inquietaba tanto como todo lo demás; era evidente que odiaba a James, y Harry no se explicaba cómo habían acabado casándose. En un par de ocasiones, hasta se preguntó si James la habría obligado a...
Durante casi cinco años la imagen de su padre había sido para él una fuente de consuelo e inspiración. Siempre que alguien comentaba que se parecía a James, él se sentía orgulloso. Pero en aquellos momentos..., en aquellos momentos se sentía indiferente y triste cuando pensaba en él. A medida que avanzaba la semana de Pascua, el tiempo se hizo más ventoso, soleado y cálido, pero Harry estaba atrapado dentro del castillo, como el resto de los alumnos de quinto y séptimo, sin más ocupación que repasar e ir y venir de la biblioteca. Harry fingía que su malhumor no tenía más causa que la proximidad de los exámenes, y como sus compañeros de Gryffindor también estaban hartos de estudiar, nadie puso en duda su excusa.
—Estoy hablando contigo, Harry. ¿No me oyes?
—¿Eh?
Giró la cabeza. Ginny Weasley, muy despeinada, se había sentado a su lado en la mesa de la biblioteca, adonde Harry había ido solo. Era un domingo por la noche; Hermione había vuelto a la torre de Gryffindor para repasar Runas Antiguas, y Ron tenía entrenamiento de quidditch.
—¡Ah, hola! —exclamó Harry, y acercó los libros hacia sí—. ¿Por qué no estás entrenando?
—El entrenamiento ha terminado —respondió Ginny—. Ron ha tenido que llevar a Jack Sloper a la enfermería.
—¿Por qué?
—Bueno, no estamos seguros, pero creemos que se ha golpeado él mismo con el bate. —Suspiró profundamente—. En fin... Ha llegado un paquete. Acaba de pasar por el nuevo detector de la profesora Umbridge.
Levantó una caja envuelta con papel marrón y la puso encima de la mesa; era evidente que la habían desenvuelto y la habían vuelto a envolver con descuido. En el papel había una nota escrita con tinta roja que rezaba: «Inspeccionado y aprobado por la Suma Inquisidora de Hogwarts.»
—Son huevos de Pascua que nos envía mi madre —dijo Ginny—. Hay uno para ti, toma...
Le dio un bonito huevo de chocolate decorado con pequeñas snitchs glaseadas que, según el envoltorio, contenía una bolsa de meigas fritas. Harry se quedó mirándolo y de pronto sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—¿Te encuentras bien, Harry? —le preguntó Ginny en voz baja.
—Sí, sí, estoy bien —contestó Harry con brusquedad. El nudo de la garganta le hacía daño. No entendía por qué un huevo de Pascua conseguía que se sintiera de ese modo.
—Últimamente estás muy deprimido —insistió Ginny— ¿Sabes qué? Estoy segura de que si hablaras con Cho...
—No es con Cho con quien quiero hablar —la atajó Harry.
—Pues ¿con quién? —inquirió Ginny mirándolo con atención. —Con...
Harry miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba. La señora Pince se hallaba bastante lejos