co. Por primera vez, Hermione estuvo tan distraída como Harry y Ron en la clase de Historia de la Magia del profesor Binns, y susurraba sin parar advertencias que Harry hacía todo lo posible por ignorar.
—...y si te encuentra allí dentro, aparte de expulsarte, se imaginará que has estado hablando con Hocicos, y esta vez seguro que te obliga a beberte el Veritaserum y a contestar a sus preguntas...
—Hermione —dijo Ron con voz contenida e indignada—, ¿quieres hacer el favor de dejar de regañar a Harry y escuchar a Binns, o voy a tener que tomar yo mismo apuntes?
—¡Pues podrías tomar apuntes, para variar, no te morirías!
Cuando llegaron a las mazmorras, Harry y Ron ya no le dirigían la palabra a Hermione. Ella, sin dejarse amilanar, aprovechó el silencio de sus amigos para soltarles un torrente continuo de graves advertencias, pronunciadas con ímpetu en un susurro ininterrumpido que hizo que Seamus se pasara cinco minutos revisando su caldero, pues creía que tenía alguna fuga.
Snape, por su parte, había decidido actuar como si Harry fuera invisible. Como es lógico, éste ya estaba acostumbrado a esa táctica, pues era una de las favoritas de tío Vernon, y en el fondo se alegraba de no tener que soportar nada peor. De hecho, comparado con los insultos y las burlas de Snape que normalmente debía aguantar, le parecía que el nuevo enfoque suponía una pequeña mejora; además, se llevó una grata sorpresa al comprobar que si lo dejaban tranquilo era capaz de preparar un filtro vigorizante sin grandes problemas. Al finalizar la clase, metió un poco de su poción en una botella, la tapó con un tapón de corcho y la llevó a la mesa de Snape para que el profesor le pusiera nota. Había calculado que como mínimo conseguiría una «S».
Cuando acababa de darse la vuelta, oyó el ruido de algo que se rompía. Malfoy soltó una fuerte carcajada, Harry giró sobre los talones y vio que su botella estaba hecha añicos en el suelo, y que Snape lo miraba a él regodeándose.
—¡Vaya! —dijo el profesor en voz baja—. Otro cero, Potter.
Harry estaba tan indignado que no podía hablar. Volvió junto a su caldero dando grandes zancadas con la intención de llenar otra botella con poción y obligar a Snape a ponerle nota, pero vio con horror que el resto del contenido había desaparecido.
—¡Lo siento! —exclamó Hermione, tapándose la boca con las manos—. Lo siento muchísimo, Harry. ¡Creía que habías terminado y lo he limpiado!
Harry ni siquiera pudo contestar. Cuando sonó la campana, salió corriendo de la mazmorra, sin mirar atrás, y se aseguró de encontrar sitio entre Neville y Seamus a la hora de comer, para que Hermione no empezara a darle la lata otra vez sobre su intención de utilizar el despacho de la profesora Umbridge.
Cuando llegó a la clase de Adivinación estaba tan malhumorado que había olvidado que tenía una entrevista de orientación académica con la profesora McGonagall, y no lo recordó hasta que Ron le preguntó por qué no había ido al despacho de la profesora. Harry subió a toda prisa y sólo llegó unos minutos tarde.
—Lo siento, profesora —se excusó mientras cerraba la puerta—. Se me había olvidado.
—No importa, Potter —repuso la bruja con brusquedad, pero, mientras ella hablaba, alguien hizo un ruido con la nariz en un rincón. Harry miró hacia allí.
La profesora Umbridge estaba sentada con un sujetapapeles sobre las rodillas, una recargada blonda alrededor del cuello y una sonrisita petulante en los labios.
—Siéntate, Potter —le indicó lacónicamente la profesora McGonagall, a quien le temblaron un poco las manos cuando barajó los folletos que había esparcidos por su mesa.
Harry se sentó de espaldas a la profesora Umbridge e hizo cuanto pudo para fingir que no oía el rasgueo de la pluma sobre el pergamino.
—Bueno, Potter, esta reunión es para hablar sobre las posibles carreras que hayas pensado que te gustaría estudiar, y para ayudarte a decidir qué asignaturas deberías cursar en sexto y en séptimo —le explicó la profesora McGonagall—. ¿Has pensado ya qué te apetecería hacer cuando salgas de Hogwarts?
—Pues... —empezó Harry.
El rasgueo de la pluma que oía detrás no le dejaba concentrarse.
—¿Qué? —le preguntó la profesora McGonagall.
—Pues... he pensado que a lo mejor podría ser Auror —masculló Harry.
—Para eso necesitarías muy buenas notas —replicó la profesora McGonagall; a continuación sacó un pequeño folleto de color oscuro de debajo del montón que cubría su mesa y lo abrió—. Piden cinco ÉXTASIS como mínimo, y por lo que veo no aceptan notas inferiores a «Supera las expectativas». Además, te obligan a someterte a una serie de rigurosas pruebas de personalidad y aptitudes en la Oficina de Aurores. Es una carrera difícil, Potter, sólo aceptan a los mejores. Es más, creo que hace tres años que no aceptan a nadie. —En ese momento la profesora Umbridge emitió una débil tosecilla, como si quisiera comprobar lo discretamente que era capaz de toser. La profesora McGonagall no le hizo caso—. Supongo que querrás saber qué asignaturas tendrías que est