 tarántulas en medio del Gran Comedor a la hora del desayuno y, cuando le apetecía descansar un poco, pasaba horas flotando detrás de la profesora Umbridge y haciendo fuertes pedorretas cada vez que ella abría la boca para decir algo.
Ningún miembro del profesorado parecía dispuesto a ayudar a la nueva directora. Es más, una semana después de la partida de Fred y George, Harry vio que la profesora McGonagall pasaba junto a Peeves, que estaba muy entretenido aflojando una lámpara de araña, y habría jurado que oyó que le decía al poltergeist sin apenas mover los labios: «Se desenrosca hacia el otro lado.»
Por si fuera poco, Montague todavía no se había recuperado de su estancia en el servicio; seguía desorientado y aturdido, y un martes por la mañana vieron a sus padres subiendo por el camino muy enfadados.
—¿No deberíamos decir algo? —propuso Hermione con preocupación mientras pegaba la mejilla a la ventana del aula de Encantamientos para ver cómo el señor y la señora Montague entraban en el castillo—. Sobre lo que le pasó. Por si eso ayuda a la señora Pomfrey a curarlo.
—Claro que no. Ya se recuperará —dijo Ron con indiferencia.
—Bueno, más problemas para la profesora Umbridge, ¿no? —comentó Harry, satisfecho.
Ron y él dieron unos golpecitos a las tazas de té que intentaban encantar con sus varitas mágicas. A la de Harry le salieron cuatro patas muy cortas que no llegaban a la mesa y que se retorcían en vano en el aire. A la de Ron le salieron cuatro patas delgadísimas que mantuvieron la taza apoyada en la mesa con mucha dificultad, temblaron unos segundos y entonces se doblaron, con lo que la taza cayó y se partió por la mitad.
—¡Reparo! —exclamó Hermione rápidamente, y arregló la taza de Ron con una sacudida de su varita—. Todo eso está muy bien, pero ¿y si Montague se queda mal para siempre?
—¿Y a mí qué? —replicó Ron con fastidio mientras su taza volvía a incorporarse sobre las delgadas patas, temblando y tambaleándose—. Montague no debió intentar descontarle todos esos puntos a Gryffindor, ¿no te parece? Si tanto te apetece preocuparte por alguien, preocúpate por mí.
—¿Por ti? —se extrañó ella, y agarró su taza cuando ésta salió correteando alegremente por la mesa con sus cuatro robustas patitas de estilo chino y la colocó de nuevo en su sitio—. ¿Por qué voy a preocuparme por ti?
—Porque cuando la próxima carta de mi madre supere todos los controles de la profesora Umbridge, voy a pasarlo muy mal —dijo amargamente Ron, que sujetaba su taza mientras las cuatro frágiles patas intentaban con dificultad aguantar su peso—. No me sorprendería nada que me hubiera enviado otro vociferador.
—Pero si...
—Ya verás como, según ella, yo tengo la culpa de que Fred y George se hayan marchado —afirmó Ron con tristeza—. Mi madre dirá que yo debí impedírselo, que debí agarrarme del extremo de sus escobas y colgarme de ellas, o algo así. Sí, seguro que me echa la culpa a mí.
—Pues mira, si lo hace será muy injusta contigo. ¡Tú no podías hacer nada! Pero estoy segura de que no lo hará. Si es cierto que tienen un local en el callejón Diagon, deben de llevar años planeando esto.
—Sí, pero eso también me preocupa. ¿Cómo han conseguido el local? —se preguntó Ron, y golpeó su taza con la varita con tanta fuerza que las patas volvieron a doblarse y la taza se derrumbó ante él—. Es un poco raro, ¿no? Necesitarán montones de galeones para pagar el alquiler de un local en el callejón Diagon. Mi madre querrá saber qué han hecho para reunir tanto oro.
—Tienes razón, yo tampoco me lo explico —comentó Hermione, y dejó que su taza de té corriera describiendo círculos perfectos alrededor de la de Harry, cuyas patitas regordetas seguían sin alcanzar la superficie de la mesa—. A lo mejor Mundungus los ha convencido de que vendan artículos robados o algo peor.
—No, no lo ha hecho —saltó Harry.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntaron a la vez Ron y Hermione.
—Porque... —Harry vaciló, pero tenía la impresión de que había llegado el momento de confesar. No tenía sentido seguir guardando silencio si con eso alguien iba a sospechar que Fred y George eran unos delincuentes—. Porque el oro se lo di yo. En junio del año pasado les di el premio del Torneo de los tres magos.
Los tres se quedaron callados. Entonces la taza de Hermione salió corriendo hacia el borde de la mesa, cayó al suelo y se hizo añicos.
—¡Harry! ¡No puede ser! —gritó ella.
—Sí —afirmó Harry, desafiante—. ¿Y sabes una cosa? Que no me arrepiento. Yo no necesitaba ese oro y ellos van a triunfar con su tienda de artículos de broma.
—¡Esto es genial! —intervino Ron, emocionado—. ¡Tú tienes la culpa de todo, Harry, mi madre no podrá acusarme de nada! ¿Me dejas que se lo diga?
—Sí, supongo que lo mejor que puedes hacer es contárselo —contestó Harry—, sobre todo si cree que tus hermanos están recibiendo dinero de la venta de calderos robados o algo semejante.
Hermione no abrió la boca durante el resto de la clase, pero Harry intuía que el autocontrol de su amiga no podía durar mucho. Y no se e