: ¡Lumos!, y las puntas de sus varitas se encendieron. El rostro de Hagrid surgió de la penumbra, entre los dos vacilantes haces de luz, y Harry comprobó una vez más que su amigo estaba nervioso y afligido.
—Bueno —empezó Hagrid—, veamos... El caso es que... —Inspiró hondo—. Bueno, hay muchas posibilidades de que me despidan cualquier día de éstos —expuso. Harry y Hermione se miraron y luego miraron a Hagrid.
—Pero si has aguantado hasta ahora —comentó Hermione tímidamente—, ¿qué te hace pensar que...?
—La profesora Umbridge cree que fui yo quien metió ese escarbato en su despacho.
—¿Lo hiciste? —le preguntó Harry sin poder contenerse.
—¡No, claro que no! —contestó Hagrid, indignado—. Pero ella cree que cualquier cosa relacionada con criaturas mágicas tiene que ver conmigo. Ya sabéis que ha estado buscando una excusa para librarse de mí desde que regresé a Hogwarts. Yo no quiero marcharme, por supuesto, pero si no fuera por..., bueno, el carácter excepcional de lo que estoy a punto de revelaros, me marcharía ahora mismo, antes de que a ella se le presente la ocasión de echarme delante de todo el colegio, como hizo con la profesora Trelawney.
Harry y Hermione hicieron signos de protesta, pero Hagrid los desechó agitando una de sus enormes manos.
—No es el fin del mundo; cuando salga de aquí, tendré ocasión de ayudar a Dumbledore y puedo resultarle muy útil a la Orden. Y vosotros contáis con la profesora Grubbly-Plank, así que no tendréis problemas para... para aprobar los exámenes. —La voz le tembló hasta quebrarse—. No os preocupéis por mí —se apresuró a añadir cuando Hermione le hizo una caricia en un brazo. Luego Hagrid sacó su inmenso pañuelo de lunares del bolsillo de su chaleco y se enjugó las lágrimas con él—. Mirad, no os estaría soltando este sermón si no fuera necesario. Veréis, si me voy..., bueno, no puedo marcharme sin... sin contárselo a alguien... porque... porque necesito que me ayudéis. Y Ron también, si quiere.
—Pues claro que te ayudaremos —soltó Harry enseguida—. ¿Qué quieres que hagamos?
Hagrid se sorbió la nariz y dio unas palmadas a Harry en el hombro, con tanta fuerza que el chico salió impulsado hacia un lado y chocó contra un árbol.
—Ya sabía que diríais que sí —comentó Hagrid tapándose la cara con el pañuelo—, pero no..., nunca... olvidaré... Bueno, vamos... Ya falta poco... Tened cuidado porque por aquí hay ortigas...
Continuaron andando en silencio otros cinco minutos; cuando Harry abrió la boca para preguntar si faltaba mucho, Hagrid extendió el brazo derecho indicándoles que debían parar.
—Muy despacito —indicó con voz queda—. Sin hacer ruido...
Avanzaron con sigilo y de pronto Harry vio que se encontraban frente a un gran y liso montículo de tierra, tan alto como Hagrid; sintió terror al comprender que debía de ser la guarida de algún animal gigantesco. El montículo, a cuyo alrededor los árboles habían sido arrancados de raíz, se alzaba sobre un terreno desprovisto de vegetación y rodeado de montones de troncos y de ramas que formaban una especie de valla o barricada detrás de la cual se hallaban los tres amigos.
—Duerme —dijo Hagrid en voz baja.
Harry oyó claramente un ruido sordo, rítmico, que parecía el de un par de inmensos pulmones en funcionamiento. Miró de reojo a Hermione, que contemplaba el montículo con la boca entreabierta; era evidente que estaba muerta de miedo.
—Hagrid —dijo la chica en un susurro apenas audible por encima del ruido que hacía la criatura durmiente—, ¿quién es? —A Harry le sorprendió aquella pregunta. Si la hubiera formulado él, habría dicho «¿Qué es?»—. Hagrid, nos dijiste... —continuó Hermione, cuya varita mágica temblaba en su mano—, ¡nos dijiste que ninguno quiso venir contigo!
Harry miró a Hagrid y de repente lo entendió todo; luego dirigió de nuevo la mirada hacia el montículo al mismo tiempo que soltaba un ahogado grito de horror.
El montículo de tierra, al que habrían podido subir fácilmente los tres, ascendía y descendía lentamente al compás de la profunda y resoplante respiración. Aquella masa informe no era ningún montículo. No podía ser más que la curvada espalda de...
—Bueno, no, él no quería venir —aclaró Hagrid, presa de la desesperación—. Pero ¡tenía que traerlo conmigo, Hermione, tenía que traerlo!
—Pero ¿por qué? —preguntó Hermione, que parecía a punto de llorar—. ¿Por qué..., qué...? ¡Oh, Hagrid!
—Pensé que si lo traía aquí —continuó el guardabosques, que también parecía al borde de las lágrimas— y le enseñaba buenos modales... podría presentárselo a todo el mundo y demostrar que es inofensivo.
—¿Inofensivo, dices? —chilló Hermione, y Hagrid se puso a hacer frenéticos ademanes para que se callase, pues la enorme criatura que tenían ante ellos, aún dormida, había soltado un fuerte gruñido y había cambiado de postura—. Ha sido él quien te ha hecho esas heridas, ¿verdad? ¡Te ha estado pegando todo este tiempo!
—¡No es consciente de la fuerza que tiene! —aseguró Hagrid muy convencido—. Y está mejorando, ya no pelea tanto como antes.