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—¡Ahora lo entiendo! ¡Por eso tardaste dos meses en llegar a casa! —comentó Hermione—. Oh, Hagrid, ¿por qué lo trajiste si él no quería venir? ¿No habría sido más feliz si se hubiera quedado con su gente?
—No lo dejaban vivir, Hermione, se metían con él por lo pequeño que es.
—¿Pequeño? —se extrañó la chica—. ¿Has dicho pequeño?
—No podía dejarlo allí, Hermione —afirmó Hagrid. Las lágrimas resbalaban por su magullada cara y se perdían entre los pelos de su barba—. Es que... ¡es mi hermano!
Hermione se quedó mirando a Hagrid, boquiabierta.
—Cuando dices «hermano» —intervino Harry—, ¿quieres decir...?
—Bueno, hermanastro —se corrigió—. Resulta que cuando dejó a mi padre, mi madre estuvo con otro gigante y tuvo a Grawp...
—¿Grawp? —repitió Harry.
—Sí..., bueno, así es como suena cuando él pronuncia su nombre —explicó Hagrid con nerviosismo—. No sabe mucho nuestra lengua... He intentado enseñarle un poco, pero... En fin, por lo visto mi madre no le tenía más cariño del que me tenía a mí. Veréis, para las gigantas lo más importante es tener hijos grandotes, y él siempre ha sido tirando a canijo, para ser un gigante. Sólo mide cinco metros.
—¡Sí, pequeñísimo! —opinó Hermione con sarcasmo y un deje de histeria—. ¡Minúsculo!
—Todo el mundo lo maltrataba; comprenderéis que no podía abandonarlo...
—¿Estaba de acuerdo Madame Máxime en traerlo? —preguntó Harry.
—Bueno, ella entendía que para mí era muy importante —contestó Hagrid mientras se retorcía las enormes manos—. Pero... pero pasados unos días se hartó de él, he de reconocerlo... Así que nos separamos en el viaje de regreso. Sin embargo, ella me prometió que no se lo contaría a nadie.
—¿Cómo demonios te las ingeniaste para traerlo hasta aquí sin que os vieran? —inquirió Harry.
—Bueno, por eso tardé tanto. Sólo podíamos viajar de noche y por zonas agrestes y deshabitadas. Cuando le interesa, avanza muy deprisa, ya lo creo, pero él quería volver con los suyos.
—¡Oh, Hagrid! ¿Por qué no lo dejaste marchar? —se lamentó Hermione dejándose caer en un árbol arrancado y tapándose la cara con las manos—. ¡Ya me explicarás qué piensas hacer ahora con un gigante violento que ni siquiera ha venido aquí voluntariamente!
—Mira, «violento» es un poco exagerado —puntualizó Hagrid, que seguía retorciéndose las manos con nerviosismo—. Reconozco que alguna vez ha intentado pegarme, cuando estaba de mal humor, pero está mejorando mucho, está mucho más tranquilo.
—Entonces ¿para qué son esas cuerdas? —quiso saber Harry.
Acababa de fijarse en unas cuerdas del grosor de árboles jóvenes, sujetas a los troncos de los árboles cercanos más anchos; las cuerdas conducían hasta Grawp, que estaba acurrucado en el suelo, de espaldas a ellos.
—¿Tienes que mantenerlo necesariamente atado? —preguntó Hermione con un hilo de voz.
—Bueno, sí... —admitió Hagrid, que continuaba muy nervioso—. Es que..., ya os lo he dicho, no controla su fuerza.
En ese momento Harry entendió por qué había visto tan pocas criaturas en aquella parte del bosque.
—¿Y qué quieres que hagamos Harry, Ron y yo? —inquirió Hermione con aprensión.
—Cuidar de él —respondió Hagrid con voz ronca—. Cuando yo me vaya.
Harry y Hermione se miraron con congoja. Harry se dio cuenta, alarmado, de que había prometido a Hagrid que haría lo que le pidiera.
—¿Qué..., qué implica exactamente «cuidar de él»? —balbuceó Hermione.
—¡Tranquila, no tendréis que darle de comer ni nada de eso! —aclaró Hagrid—. Él se busca su propia comida sin ninguna dificultad. Caza pájaros, ciervos... No, lo que necesita es compañía. Si yo supiera que alguien sigue ayudándolo un poco, enseñándole nuestro idioma... ¿Me explico?
Harry no dijo nada, pero dirigió la mirada hacia el gigantesco bulto que yacía dormido en el suelo frente a ellos. A diferencia de Hagrid, que simplemente parecía un ser humano mayor de lo normal, Grawp era deforme. Lo que Harry había tomado por una inmensa piedra cubierta de musgo, a la izquierda del montículo de tierra, era en realidad la cabeza de Grawp. Casi perfectamente redonda y cubierta de una densa mata de pelo muy rizado del color de los helechos, era mucho más grande en relación con el cuerpo que una cabeza humana. El borde de una oreja, grande y carnosa, asomaba en lo alto de la cabeza, que parecía aposentada, como la de tío Vernon, directamente sobre los hombros, sin que apenas hubiera cuello en medio. La espalda, cubierta por una especie de sucio blusón marrón hecho de pieles de animal cosidas burdamente, era muy ancha; y mientras Grawp dormía, se le tensaban un poco las costuras. El gigante tenía las piernas enroscadas bajo el cuerpo. Harry le vio las plantas de los enormes, sucios y descalzos pies, grandes como dos trineos, que reposaban uno encima del otro sobre el terroso suelo del bosque.
—Quieres que le enseñemos a hablar... —dijo Harry con voz apagada.
Ya entendía qué significaba la advertencia de Firenze: «Sus intentos no están dando resultado. Más le valdría abandonar.» Lógicamente, las otras criaturas que habitaban en