 el bosque debían de haber oído los vanos esfuerzos de Hagrid de enseñar a hablar a Grawp.
—Sí, sólo tendríais que darle un poco de conversación —comentó Hagrid esperanzado—. Porque me imagino que cuando pueda hablar con la gente, entenderá mejor que todos lo queremos y que nos encantaría que se quedara aquí.
Harry miró a Hermione, que le devolvió la mirada entre los dedos que le tapaban la cara.
—Casi preferiría que hubiera vuelto Norberto, ¿tú no? —le comentó a Hermione, y ella soltó una risita nerviosa.
—Entonces, ¿lo haréis? —les preguntó Hagrid, que no había captado el significado de lo que Harry acababa de decir.
—Sí, lo... —respondió Harry, que ya se había comprometido—. Lo intentaremos.
—Sabía que podía contar contigo, Harry —repuso Hagrid, y sonrió con los ojos llorosos mientras volvía a secarse la cara con el pañuelo—. Y no quisiera que esto os afectara demasiado... Ya sé que tenéis exámenes... Si tan sólo pudierais acercaros hasta aquí con tu capa invisible una vez por semana y charlarais un rato con él... Bueno, voy a despertarlo para presentároslo...
—¡No! —exclamó Hermione dando un respingo—. No, Hagrid, no lo despiertes, de verdad, no hace falta...
Pero Hagrid ya había pasado por encima del enorme tronco que tenían delante y se dirigía hacia Grawp. Cuando estaba a unos tres metros de él, cogió una larga rama del suelo, volvió la cabeza y sonrió a sus amigos para tranquilizarlos; luego golpeó la espalda del gigante.
Éste soltó un rugido que resonó por el silencioso bosque; los pájaros que estaban posados en las copas de los árboles echaron a volar, gorjeando, y se alejaron de allí. Entre tanto, frente a Harry y Hermione, el gigantesco Grawp se levantaba del suelo, que tembló cuando apoyó una inmensa mano en él para darse impulso y ponerse de rodillas. Después giró la cabeza para ver quién lo había despertado.
—¿Estás bien, Grawpy? —le preguntó Hagrid con una voz que pretendía ser alegre, y retrocedió con la larga rama en alto, preparado para volver a pegar a Grawp—. ¿Qué tal has dormido? ¿Bien?
Harry y Hermione retrocedieron cuanto pudieron, pero sin perder de vista al gigante. Grawp se arrodilló entre dos árboles que todavía no había arrancado. Los chicos, estupefactos, contemplaron su cara, increíblemente grande: parecía una luna llena gris que relucía en la penumbra del claro. Era como si hubieran tallado sus facciones en una gran esfera de piedra: la nariz era pequeña, gruesa y deforme; la boca, torcida y llena de dientes amarillos e irregulares del tamaño de ladrillos; los ojos, pequeños para tratarse de un gigante, eran de un color marrón verdoso, como el barro, y en aquellos momentos los tenía entornados a causa del sueño. Grawp se llevó los sucios nudillos, cada uno del tamaño de una pelota de criquet, a los ojos, se los frotó enérgicamente y luego, sin previo aviso, se puso en pie con una velocidad y una agilidad asombrosas.
—¡Madre mía! —oyó Harry exclamar a Hermione, que permanecía pegada a él.
Los árboles a los que estaban atados los extremos de las cuerdas que sujetaban las muñecas y los tobillos de Grawp crujieron amenazadoramente. El gigante medía como mínimo cinco metros, como les había comentado Hagrid. Adormilado, Grawp miró alrededor, estiró una mano del tamaño de una sombrilla, cogió un nido de pájaros de las ramas superiores de un altísimo pino y lo volcó a la vez que emitía un gruñido de desagrado por no haber encontrado dentro ningún pájaro; los huevos cayeron como granadas al suelo y Hagrid se cubrió la cabeza con los brazos para protegerse.
—Mira, Grawpy —gritó el guardabosques mirando con aprensión hacia arriba por si caían más huevos—, he traído a unos amigos míos para presentártelos. Ya te hablé de ellos, ¿recuerdas? ¿Recuerdas que te dije que quizá tuviera que irme de viaje y dejarte a su cargo unos días? ¿Te acuerdas, Grawpy?
Pero Grawp se limitó a soltar otro débil gruñido; resultaba difícil saber si estaba escuchando a Hagrid o si ni siquiera reconocía los sonidos que emitía el guardabosques al hablar. Había cogido con la mano la copa del pino y tiraba del árbol hacia sí por el puro placer de ver hasta dónde rebotaba cuando lo soltaba.
—¡No hagas eso, Grawpy! —lo regañó Hagrid—. Así es como has arrancado todos los demás... —Y, efectivamente, Harry vio cómo el suelo empezaba a resquebrajarse alrededor de las raíces del árbol—. ¡Te he traído compañía! —gritó Hagrid—. ¡Mira, amigos! ¡Mira hacia abajo, payasote, te he traído a unos amigos!
—No, Hagrid, por favor —gimió Hermione, pero el guardabosques ya había levantado otra vez la rama y golpeó con fuerza a Grawp.
El gigante soltó la copa del árbol, que osciló peligrosamente y arrojó sobre Hagrid un aluvión de agujas de pino, y miró hacia abajo.
—¡Éste es Harry, Grawp! —gritó Hagrid, y fue corriendo hacia donde estaban los chicos—. ¡Harry Potter! Vendrá a verte si yo tengo que marcharme, ¿entendido?
El gigante acababa de percatarse de la presencia de Harry y Hermione, que vieron, atemorizados, cómo Grawp agachaba la