 colosal cabeza y los miraba con cara de sueño.
—Y ésta es Hermione. —Hagrid vaciló. Se volvió hacia ella y dijo—: ¿Te importa que él te llame Hermy? Es que para él es un nombre difícil de recordar.
—No, no me importa —chilló Hermione.
—¡Ésta es Hermy, Grawp! ¡Vendrá a hacerte compañía! Qué bien, ¿verdad? Tendrás dos amiguitos para... ¡NO, GRAWPY!
De pronto la mano de Grawp salió lanzada hacia Hermione, pero Harry agarró a su amiga, tiró de ella hacia atrás y la escondió tras un árbol. La mano de Grawp rozó el tronco, y cuando se cerró sólo atrapó aire.
—¡ERES UN NIÑO MALO, GRAWPY! —gritó Hagrid mientras Hermione se abrazaba a Harry temblando y gimoteando—. ¡MUY MALO! ¡ESO NO SE..., AY!
Harry asomó la cabeza por detrás del árbol y vio a Hagrid tumbado boca arriba, con una mano sobre la nariz. Grawp, que al parecer había perdido el interés, se había enderezado y volvía a tirar del pino para ver hasta dónde llegaba.
—Bueno... —dijo Hagrid con voz nasal; luego se puso en pie al tiempo que con una mano se tapaba la sangrante nariz y con la otra recogía su ballesta—. Bueno, ya está, ya os lo he presentado, así cuando volváis él os reconocerá. Sí, bueno...
Levantó la cabeza y miró a Grawp, que tiraba del pino con una expresión de placer e indiferencia en aquella cara que parecía una roca; las raíces crujían a medida que las arrancaba del suelo.
—Bueno, creo que ya hay suficiente por hoy —afirmó Hagrid—. Ahora..., ahora podemos regresar, ¿de acuerdo?
Harry y Hermione asintieron con la cabeza. Hagrid volvió a colocarse la ballesta sobre el hombro y, sin dejar de apretarse la nariz, los guió por entre los árboles.
Caminaban en silencio; ni siquiera hicieron ningún comentario cuando oyeron un estruendo a lo lejos, señal de que finalmente Grawp había arrancado el pino. Hermione iba muy tensa y muy pálida. A Harry no se le ocurría nada que decir. ¿Qué demonios pasaría cuando alguien se enterara de que Hagrid había escondido a Grawp en el Bosque Prohibido? Y por si fuera poco, había prometido que Ron, Hermione y él continuarían con los intentos totalmente inútiles de civilizar al gigante. ¿Cómo podía pensar Hagrid, pese a su inmensa capacidad para engañarse a sí mismo y creer que monstruos con colmillos eran adorables e inofensivos, que Grawp llegaría a estar preparado para convivir con seres humanos?
—Quietos —dijo de pronto Hagrid cuando Harry y Hermione lo seguían con dificultad por una zona de densas matas de centinodia. A continuación, sacó una flecha del carcaj que llevaba colgado del hombro y cargó la ballesta. Harry y Hermione levantaron sus varitas mágicas; ahora que habían dejado de andar, ellos también oían moverse algo cerca de allí—. ¡Vaya! —exclamó Hagrid en voz baja.
—Me parece recordar que te advertimos que ya no serías bien recibido aquí, Hagrid —sentenció una profunda voz masculina.
Por un instante, el torso desnudo de un hombre pareció que flotaba hacia ellos a través de la verdosa y veteada penumbra; pero entonces vieron que su cintura se fundía con el cuerpo de un caballo, cuyo pelaje era marrón. El centauro tenía un rostro imponente de pómulos muy marcados y largo cabello negro. Iba armado, igual que Hagrid: llevaba colgados del hombro un arco y un carcaj lleno de flechas.
—¿Cómo estás, Magorian? —lo saludó Hagrid con cautela.
Se oyeron susurros entre los árboles que había detrás del centauro, y entonces aparecieron otros cuatro o cinco congéneres. Harry reconoció la barba y el cuerpo negros de Bane, a quien había visto casi cuatro años atrás, la misma noche que vio por primera vez a Firenze. Sin embargo, Bane no dio muestras de reconocerlo.
—Creo que acordamos lo que haríamos si este humano volvía a entrar en el bosque, ¿verdad? —puntualizó Bane con una desagradable entonación.
—¿Ahora me llamas «este humano»? —replicó Hagrid, molesto—. ¿Sólo porque intenté impedir que cometierais un asesinato?
—No debiste entrometerte, Hagrid —replicó Magorian—. Nuestros métodos no son como los vuestros, ni tampoco nuestras leyes. Firenze nos ha traicionado y nos ha deshonrado.
—No sé por qué dices eso —repuso Hagrid con impaciencia—. No ha hecho más que ayudar a Albus Dumbledore...
—Firenze se ha convertido en esclavo de los humanos —afirmó un centauro gris de rostro severo surcado de arrugas.
—¡Esclavo! —exclamó Hagrid en tono mordaz—. Sólo le está haciendo un favor a Dumbledore, nada...
—Está revelando nuestra sabiduría y nuestros secretos a los humanos —concretó Magorian sin alterarse—. Esa ignominia no tiene perdón.
—Si tú lo dices... —replicó Hagrid encogiéndose de hombros—, pero creo que cometes un grave error.
—Igual que tú, humano —le espetó Bane—, por entrar en nuestro bosque cuando te advertimos que...
—Escúchame bien —lo interrumpió Hagrid, enojado—: si no te importa, preferiría que no lo llamaras «nuestro bosque». Tú no eres nadie para decidir quién puede entrar aquí y quién no.
—Ni tú, Hagrid —intervino Magorian, impasible—. Hoy te dejaré pasar porque vas acompañado de tus jóvenes...
—¡No son suyos!