 —lo corrigió Bane con desprecio—. ¡Son alumnos, Magorian, del colegio! Seguramente ya se habrán beneficiado de las enseñanzas del traidor Firenze.
—De todos modos —prosiguió Magorian con calma—, matar potros es un crimen terrible; nosotros no hacemos daño a inocentes. Hoy puedes pasar, Hagrid. Pero, a partir de ahora, mantente alejado de este lugar. Perdiste la amistad de los centauros cuando ayudaste al traidor Firenze a huir de nosotros.
—¡No pienso mantenerme alejado del bosque porque me lo manden un puñado de mulas viejas como vosotros! —protestó Hagrid a voz en grito.
—¡Hagrid —exclamó Hermione con voz chillona, muerta de miedo, mientras Bane y el centauro gris piafaban—, vámonos, por favor!
Hagrid echó a andar, pero aún tenía la ballesta cargada y seguía mirando fijamente a Magorian.
—¡Sabemos qué es lo que guardas en el bosque, Hagrid! —le gritó Magorian mientras los centauros desaparecían de la vista—. ¡Y nuestra tolerancia tiene límites!
Hagrid, que parecía dispuesto a ir derecho hacia donde estaba Magorian, giró la cabeza.
—¡Lo toleraréis mientras esté aquí porque este bosque es tan suyo como vuestro! —gritó mientras Harry y Hermione tiraban con todas sus fuerzas de su chaleco de piel de topo en un intento de impedir que siguiera avanzando.
Hagrid miró hacia abajo con el entrecejo fruncido; al ver a los dos tirando de su chaleco puso cara de sorpresa, pues al parecer acababa de notar que iba arrastrándolos.
—Tranquilos, chicos —dijo; se dio la vuelta y reemprendió el camino, y Harry y Hermione lo siguieron jadeando—. ¡Malditas mulas!
—Hagrid —comentó Hermione, casi sin aliento, mientras sorteaban la zona de ortigas por donde habían pasado en el camino de ida—, si los centauros no quieren que los humanos entremos en el bosque, no sé cómo Harry y yo vamos a poder...
—Bah, ya has oído lo que han dicho —respondió Hagrid quitándole importancia—, no harían daño a unos potros..., quiero decir, a unos niños. Además, no podemos permitir que esas mulas nos mangoneen.
—Has hecho bien en intentarlo —animó Harry por lo bajo a la alicaída Hermione.
Finalmente llegaron al camino y, tras unos minutos más, comprobaron que los árboles ya no crecían tan juntos. Entonces volvieron a divisar fragmentos de cielo azul y oyeron gritos y vítores a lo lejos.
—¿Qué ha sido eso? ¿Otro gol? —preguntó Hagrid, y se paró entre los árboles cuando el estadio de quidditch apareció ante su vista—. ¿O será que ha terminado el partido?
—No lo sé —respondió Hermione con tristeza.
Harry vio que su amiga ofrecía muy mal aspecto: tenía la melena llena de hojas y de ramitas, la cara y los brazos estaban cubiertos de arañazos, y había varios desgarrones en su túnica. Imaginó que él no debía de tener una pinta mucho mejor.
—¡Eh, creo que ha terminado! —exclamó Hagrid, que seguía mirando hacia el estadio con los ojos entornados—. ¡Mirad, ya empieza a salir gente, si os dais prisa podréis mezclaros entre el público y nadie se enterará de que no habéis estado ahí!
—Buena idea —dijo Harry—. Bueno..., hasta luego, Hagrid.
—No puedo creerlo —musitó Hermione con voz temblorosa en cuanto estuvieron lo bastante lejos de Hagrid para que él no pudiera oírlos—. No puedo creerlo. No puedo creerlo, de verdad.
—Tranquilízate —le aconsejó Harry.
—¿Que me tranquilice? —se extrañó ella, sofocada—. ¡Un gigante! ¡Un gigante en el bosque! ¡Y pretende que nosotros le enseñemos nuestro idioma! ¡Suponiendo, claro, que podamos burlar a una manada de centauros asesinos al entrar y al salir! ¡No... puedo... creerlo!
—¡Todavía no tenemos que hacer nada! —afirmó Harry en voz baja para aplacarla mientras se mezclaban con una marea de alumnos de Hufflepuff que iban charlando hacia el castillo—. No nos ha pedido que hagamos nada a menos que lo echen, y cabe la posibilidad de que eso no llegue a ocurrir.
—¡Harry, por favor! —chilló Hermione, furiosa, y se paró en seco; los alumnos que iban detrás de ella tuvieron que esquivarla para pasar—. Claro que lo van a echar, y si quieres que te diga la verdad, después de lo que acabamos de ver no podemos culpar a la profesora Umbridge.
Harry lanzó una mirada fulminante a su amiga, cuyos ojos se llenaron lentamente de lágrimas.
—No lo dirás en serio —dijo Harry en voz baja.
—No, bueno, no, no lo he dicho en serio —balbuceó Hermione, enfadada, y se secó las lágrimas—. Pero ¿quieres decirme por qué Hagrid tiene que complicarse tanto la vida y complicárnosla a nosotros?
—No lo sé...

A Weasley vamos a coronar.
A Weasley vamos a coronar.
La quaffle consiguió parar.
A Weasley vamos a coronar...

—Y me encantaría que dejaran de cantar esa estúpida canción —añadió Hermione con desánimo—. ¿No se han regodeado ya bastante con el sufrimiento de Ron? —Una marea de estudiantes subía por la ladera desde el campo de quidditch— Venga, entremos antes de que lleguen los de Slytherin —suplicó.

Weasley las para todas
y por el aro no entra ni una pelota.
Por eso los de Gryffindor tenemos que cantar:
a Weasley vamos a coronar.

—Hermione... —dijo Harry