rosiguió Ron—. Ya te imaginas, llorando y eso. Vino a Londres para intentar hablar con Percy, pero él le cerró la puerta en las narices. No sé qué hace Percy cuando se encuentra a papá en el trabajo, supongo que ignorarlo.
—Pero Percy tiene que saber que Voldemort ha regresado —opinó Harry—. No es idiota, tiene que saber que vuestros padres no se expondrían a perderlo todo si no tuvieran pruebas.
—Sí, bueno, tu nombre también salió en la discusión —siguió explicando Ron, y le lanzó a Harry una mirada furtiva—. Percy dijo que la única prueba que tenían era tu palabra, y..., no sé..., no creía que eso fuera suficiente.
—Percy se toma muy en serio todo lo que dice El Profeta —añadió Hermione con aspereza, y los demás asintieron.
—¿De qué estás hablando? —quiso saber Harry, mirando alrededor. Todos lo observaban con recelo.
—¿No..., no recibías El Profeta? —preguntó Hermione, nerviosa.
—¡Sí, claro! —respondió Harry.
—¿Lo has... leído bien? —insistió ella, aún más nerviosa.
—No de cabo a rabo —confesó Harry, poniéndose a la defensiva—. Si tenían que informar de algo relacionado con Voldemort, lo harían en la primera plana, ¿no?
Los otros hicieron una mueca de dolor al oír aquel nombre. Hermione prosiguió:
—Bueno, tendrías que haberlo leído de cabo a rabo para pillarlo, pero... Bueno, el caso es que te mencionan un par de veces por semana.
—Pero yo lo habría visto...
—Si sólo leías la primera plana no —dijo Hermione, moviendo negativamente la cabeza—. No estoy hablando de grandes artículos. Sólo te incluían de pasada, como si fueras un personaje de chiste.
—¿Qué demonios...?
—Es muy desagradable, la verdad —prosiguió Hermione con una voz que denotaba una calma forzada—. Están siguiendo los pasos de Rita.
—Pero ella ya no escribe para el periódico, ¿verdad?
—Oh, no, Rita ha cumplido su promesa. Porque no tiene alternativa, claro —añadió Hermione con satisfacción—. Pero ella sentó las bases de lo que ellos intentan hacer ahora.
—¿Y se puede saber qué intentan hacer? —preguntó Harry, impaciente.
—Bueno, ya sabes que en sus artículos decía que te habías derrumbado por completo y que ibas por ahí diciendo que te dolía la cicatriz y todo eso, ¿no?
—Sí —dijo Harry, que recordaba a la perfección las historias que Rita Skeeter había contado de él.
—Pues ahora te describen como un pobre iluso que sólo quiere llamar la atención y que se cree un gran héroe trágico o algo así —explicó Hermione, muy deprisa, como si de esa forma sus palabras fueran a dolerle menos a su amigo—. No paran de incluir comentarios insidiosos sobre ti. Si aparece alguna historia rocambolesca, dicen algo como: «Una historia digna de Harry Potter», y si alguien sufre un accidente divertido, escriben: «Esperemos que no le quede una cicatriz en la frente, o luego tendremos que idolatrarlo como a...»
—Yo no quiero que me idolatren... —saltó Harry acalorado.
—Ya lo sé —lo interrumpió Hermione, asustada—. Ya lo sé, Harry. Pero ¿no ves lo que están haciendo? Quieren minar tu credibilidad. Me apuesto algo a que Fudge está detrás de todo esto. Quieren hacer creer a los magos de a pie que no eres más que un niño estúpido, un poco ridículo, que va por ahí contando cuentos chinos porque le gusta ser famoso y quiere que se hable de él.
—Yo nunca he buscado... Yo no quería... ¡Voldemort mató a mis padres! —farfulló Harry—. ¡Me hice famoso porque él mató a mi familia y porque no consiguió matarme a mí! ¿Quién va a querer ser famoso por algo así? ¿No se dan cuenta de que preferiría no haber...?
—Ya lo sabemos, Harry —dijo Ginny de todo corazón.
—Y como es lógico no han mencionado ni una sola palabra del ataque de los Dementores —añadió Hermione—. Alguien se lo ha prohibido. Y eso sí habría sido una historia sonada: Dementores sueltos... Ni siquiera han informado de que violaste el Estatuto Internacional del Secreto. Creíamos que lo harían, porque eso encaja perfectamente con esa imagen de ti, de fanfarrón estúpido. Creemos que están aguardando el momento de tu expulsión; entonces se van a poner las botas... Si te expulsan, claro —especificó—. Pero no deberían echarte; si se atienen a sus propias normas no pueden hacerlo, no tienen argumentos.
Había vuelto a salir el tema de la vista, y Harry no quería pensar en eso. Intentó hablar de otra cosa, pero no hizo falta que buscara nuevos temas de conversación porque en ese instante se oyeron pasos que subían por la escalera.
—¡Oh!
Fred le dio un fuerte tirón a la oreja extensible; se oyó otro estampido, y él y George se desaparecieron. Pasados unos segundos, la señora Weasley entró por la puerta del dormitorio.
—La reunión ha terminado, ya podéis bajar a cenar. Todos se mueren de ganas de verte, Harry. Por cierto, ¿quién ha dejado esas bombas fétidas frente a la puerta de la cocina?
—Crookshanks —dijo Ginny descaradamente—. Le encanta jugar con ellas.
—¡Ah! —dijo la señora Weasley—. Creía que quizá hubiera sido Kreacher; siempre está haciendo cosas raras. Bueno, no olvidéis bajar la voz cuando paséis por el vestíbulo. Ginn