. ¿Estáis preparados?
—Ron, tú ve a distraer a la profesora Umbridge —le ordenó Hermione en un susurro, pues en ese momento pasaba a su lado un ruidoso grupo de alumnos de sexto—; Ginny, Luna, empezad a alejar a la gente del pasillo... Harry y yo nos pondremos la capa y esperaremos hasta que todo esté despejado.
Ron se marchó con paso decidido y los demás pudieron ver su reluciente pelo rojo hasta que llegó al final del pasillo; entre tanto Ginny, con su llamativa melena, se alejó en dirección opuesta, asomando entre el tumulto de estudiantes que llenaban el pasillo, seguida de la rubia Luna.
—Ven aquí —murmuró Hermione, tirando de Harry por la muñeca hasta un hueco donde la cabeza de piedra de un mago medieval, feísimo, hablaba sola sobre una columna—. ¿Seguro que estás bien, Harry? Todavía te veo muy pálido.
—Sí, estoy bien —afirmó él, y sacó la capa invisible de la mochila.
La verdad era que le dolía la cicatriz, pero no tanto como para pensar que Voldemort ya le hubiera asestado un golpe mortal a Sirius; el día que Voldemort castigó a Avery le había dolido muchísimo más...
—Venga —dijo, y se echó la capa invisible por encima tapando también a Hermione. Ambos se quedaron escuchando atentamente tratando de aislarse del sermón en latín del busto que tenían delante.
—¡Por aquí no podéis pasar! —decía Ginny a los alumnos—. Lo siento, tendréis que dar la vuelta por la escalera giratoria porque alguien ha soltado gas agarrotador en este pasillo.
Oyeron que algunos se quejaban, y una voz antipática dijo:
—Yo no veo gas por ninguna parte.
—Porque es incoloro —contestó Ginny con un convincente tono de exasperación—, pero si quieres pasar, adelante, así tendremos tu cuerpo como prueba para el siguiente idiota que no nos crea.
Poco a poco la multitud fue dispersándose. Por lo visto, la noticia del gas agarrotador se había difundido y la gente ya no intentaba pasar por aquel pasillo. Cuando la zona quedó prácticamente vacía, Hermione dijo en voz baja:
—Creo que ésta es la máxima tranquilidad que podremos conseguir, Harry. ¡Vamos!
Y echaron a andar cubiertos con la capa. Luna estaba de pie, de espaldas a ellos, al final del pasillo. Al pasar junto a Ginny, Hermione susurró:
—Bien hecho... No olvides la señal...
—¿Cuál es la señal? —murmuró Harry cuando se acercaban a la puerta del despacho de la profesora Umbridge.
—Si ven acercarse a la profesora Umbridge se pondrán a cantar «A Weasley vamos a coronar» —le contó Hermione mientras Harry introducía la hoja de la navaja de Sirius en la rendija que había entre la puerta y el marco. La cerradura se abrió enseguida, y los chicos entraron en el despacho.
Los estridentes gatitos disfrutaban del sol de la tarde que calentaba sus platos, pero por lo demás el despacho estaba vacío y silencioso como la última vez. Hermione suspiró aliviada.
—Temía que hubiera añadido alguna otra medida de seguridad después del segundo escarbato —comentó.
Se quitaron la capa y Hermione se dirigió deprisa hacia la ventana y se quedó de pie junto a ella escudriñando los jardines con la varita en ristre. Harry, por su parte, corrió hacia la chimenea, cogió el tarro de polvos flu, echó un pellizco dentro y consiguió que aparecieran unas llamas de color esmeralda. Se arrodilló rápidamente, metió la cabeza en el fuego y gritó:
—¡Número doce de Grimmauld Place! La cabeza empezó a girarle como si acabara de bajarse de una atracción de feria, aunque las rodillas permanecían firmemente plantadas en el frío suelo del despacho. Harry cerró con fuerza los ojos para protegerlos del remolino de ceniza, y cuando todo dejó de dar vueltas, los abrió y ante él apareció la larga y fría cocina de Grimmauld Place.
No había nadie allí. Harry ya se lo había imaginado, pero aun así no estaba preparado para el pánico y el terror que lo invadieron cuando se encontró ante la desierta habitación.
—¿Sirius? —gritó—. ¿Estás ahí, Sirius? —Su voz resonó en la cocina, pero nadie le contestó. Únicamente oyó un débil susurro a la derecha de la chimenea—. ¿Quién hay ahí? —preguntó, aunque creía que debía de ser tan sólo un ratón.
Entonces apareció Kreacher, el elfo doméstico. Parecía muy satisfecho por algo, pese a que debía de haberse lastimado gravemente ambas manos, porque las llevaba muy vendadas.
—La cabeza de Potter ha aparecido en la chimenea —informó a la vacía cocina al tiempo que lanzaba furtivas miradas de triunfo a Harry—. ¿A qué habrá venido, se pregunta Kreacher?
—¿Dónde está Sirius, Kreacher? —inquirió Harry.
El elfo doméstico chasqueó la lengua.
—El amo ha salido, Harry Potter.
—¿Adónde ha ido? ¡Adónde ha ido, Kreacher! —Por toda respuesta, el elfo soltó una risotada que pareció un cacareo—. ¡Te lo advierto! —gritó Harry, consciente de que desde su posición no podía castigar a Kreacher—. ¿Dónde está Lupin? ¿Y Ojoloco? ¿Dónde están todos?
—¡Kreacher se ha quedado solo en la casa! —informó el elfo con regocijo; a continuación, dio la espalda a Harry y echó a andar lentamente hacia la puerta que había al fondo de la co