y, llevas las manos sucias, ¿qué has estado haciendo? Ve y lávatelas antes de cenar, por favor.
Ginny sonrió a los otros y salió con su madre de la habitación, dejando solos a Harry, Ron y Hermione. Ron y Hermione se quedaron mirando a Harry con aprensión, como si temieran que empezara a gritar de nuevo ahora que se habían ido los demás. Al verlos tan nerviosos, Harry se sintió un poco avergonzado.
—Mirad... —masculló, pero Ron negó con la cabeza, y Hermione dijo en voz baja:
—Ya sabíamos que te enfadarías, Harry, no te culpamos de nada, de verdad, pero tienes que entenderlo, nosotros intentamos persuadir a Dumbledore...
—Sí, ya lo sé —dijo Harry de manera cortante. Buscó un tema de conversación que no estuviera relacionado con el director del colegio, porque cada vez que pensaba en Dumbledore le hervía la sangre.
—¿Quién es Kreacher? —preguntó.
—El elfo doméstico que vive aquí —contestó Ron—. Un auténtico chiflado.
Hermione miró a Ron frunciendo el entrecejo.
—No es ningún chiflado, Ron.
—Su única ambición es que le corten la cabeza y la coloquen en una placa, como hicieron con su madre —repuso Ron con enojo—. ¿Te parece eso normal, Hermione?
—Bueno, mira, si es un poco raro, él no tiene la culpa.
Ron miró al techo y luego a Harry.
—Hermione todavía anda liada con el PEDDO.
—¡No lo llames así! —protestó Hermione con indignación—. Es la pe, e, de, de, o, Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros. Y no soy sólo yo, Dumbledore también dice que hemos de ser amables con Kreacher.
—Vale, vale —admitió Ron—. Vamos, estoy muerto de hambre.
Salió seguido de sus amigos y fueron hasta el rellano, pero antes de que empezaran a bajar la escalera...
—¡Un momento! —dijo Ron por lo bajo, y extendió un brazo para impedir que Harry y Hermione siguieran caminando—. Todavía están en el vestíbulo, quizá oigamos algo.
Se asomaron con cautela por encima del pasamanos. El lúgubre vestíbulo que había debajo estaba abarrotado de magos y de brujas, entre ellos la guardia de Harry. Susurraban con emoción. En el centro del grupo, Harry vio la oscura y grasienta cabeza y la prominente nariz del profesor de Hogwarts que menos le gustaba: el profesor Snape. Harry se inclinó un poco más sobre el pasamanos. Le interesaba mucho saber qué hacía Snape en la Orden del Fénix...
En ese instante un delgado trozo de cuerda de color carne descendió ante los ojos de Harry. Miró hacia arriba y vio a Fred y a George en el rellano superior, bajando con cuidado la oreja extensible hacia el oscuro grupo de gente que había abajo. Pero, al cabo de un momento, todos empezaron a desfilar hacia la puerta de la calle y se perdieron de vista.
—¡Maldita sea! —oyó Harry susurrar a Fred mientras recogía de nuevo la oreja extensible.
Oyeron también cómo se abría la puerta de la calle, y luego cómo se cerraba.
—Snape nunca come aquí —le dijo Ron a Harry en voz baja—. Por suerte. ¡Vamos!
—Y no olvides hablar en voz baja en el vestíbulo, Harry —le susurró Hermione.
Cuando pasaban por delante de la hilera de cabezas de elfos domésticos colgadas en la pared, vieron a Lupin, a la señora Weasley y a Tonks junto a la puerta de la calle, cerrando mediante magia los numerosos cerrojos y cerraduras en cuanto los restantes magos hubieron salido.
—Comeremos en la cocina —susurró la señora Weasley al reunirse con ellos al pie de la escalera—. Harry, querido, si quieres cruzar el vestíbulo de puntillas, es esa puerta de ahí...
¡PATAPUM!
—¡Tonks! —gritó la señora Weasley, exasperada, y se dio la vuelta para mirar a la bruja.
—¡Lo siento! —gimoteó Tonks, que estaba tumbada en el suelo—. Es ese ridículo paragüero, es la segunda vez que tropiezo con...
Pero sus últimas palabras quedaron sofocadas por un espantoso, ensordecedor y espeluznante alarido.
Las apolilladas cortinas de terciopelo en que Harry se había fijado al llegar a la casa se habían separado, pero no había ninguna puerta detrás de ellas. Durante una fracción de segundo, Harry creyó que estaba mirando por una ventana, una ventana detrás de la cual una anciana con una gorra negra gritaba sin parar, como si estuvieran torturándola; pero entonces cayó en la cuenta de que no era más que un retrato de tamaño natural, aunque el más realista y desagradable que había visto en su vida.
La anciana echaba espuma por la boca, sus ojos giraban descontrolados y tenía la amarillenta piel de la cara tensa y tirante; los otros retratos que había en el vestíbulo detrás de ellos despertaron y empezaron a chillar también, hasta tal punto que Harry cerró con fuerza los ojos y se tapó las orejas con las manos para protegerse del ruido.
Lupin y la señora Weasley fueron corriendo hacia el retrato e intentaron cerrar las cortinas y tapar a la anciana, pero no podían con ellas y la anciana cada vez gritaba más fuerte y movía sus manos como garras; parecía que intentaba arañarles la cara.
—¡Cerdos! ¡Canallas! ¡Subproductos de la inmundicia y de la cochambre! ¡Mestizos, mutantes, monstruos, fuera de esta casa! ¿Cómo os atrevéis a contami