 al colegio, por favor, déjennos marchar...
—¡No todos somos como el traidor Firenze, niña humana! —gritó el centauro gris, y sus compañeros volvieron a soltar relinchos de aprobación—. ¿Acaso creías que no éramos más que unos bonitos caballos parlantes? ¡Somos un pueblo antiquísimo que no permitirá invasiones de magos ni insultos! Nosotros no reconocemos vuestras leyes, no reconocemos vuestra presunta superioridad, somos...
Pero Harry y Hermione no oyeron qué más eran los centauros, porque en aquel instante se oyó un crujido tan fuerte en el borde del claro que todos, los chicos y los cincuenta centauros que allí se encontraban, se dieron la vuelta. El centauro que sujetaba a Harry lo dejó caer al suelo y cogió su arco y su carcaj. A Hermione también la habían soltado, y Harry corrió hacia ella en el momento en que dos gruesos troncos de árbol se separaban y la monstruosa figura de Grawp, el gigante, aparecía entre ellos.
Los centauros que estaban más cerca de Grawp retrocedieron; el claro se había convertido en un bosque de arcos listos para disparar: todas las flechas apuntaban hacia arriba, hacia la enorme y grisácea cara que los contemplaba desde debajo del espeso dosel de ramas. Grawp tenía la torcida boca entreabierta formando una mueca estúpida; los amarillentos dientes, del tamaño de ladrillos, destacaban en la penumbra, y los ojos sin brillo y del color del lodo del gigante se entrecerraron cuando miró a las criaturas que tenía a sus pies. De los tobillos le colgaban unas cuerdas rotas.
Grawp abrió un poco más la boca y dijo:
—Jagi.
Harry no sabía ni qué significaba «jagi» ni en qué lengua había hablado el gigante, pero no le importaba; simplemente contemplaba los pies de Grawp, que eran casi tan largos como el cuerpo entero de Harry. Hermione agarró a su amigo por un brazo; los centauros, por su parte, se habían quedado callados y observaban al gigante, que movía de un lado a otro la inmensa y redonda cabeza mientras seguía mirando entre ellos como si buscara algo que se le hubiera caído.
—¡Jagi! —dijo otra vez con insistencia.
—¡Vete de aquí, gigante! —gritó Magorian—. ¡No eres bien recibido entre nosotros!
Aquellas palabras no impresionaron ni lo más mínimo a Grawp. Se enderezó un poco (los centauros tensaron aún más los arcos) y gritó:
—¡JAGI!
Unos cuantos centauros parecían preocupados. Hermione, en cambio, soltó un grito ahogado.
—¡Harry! —susurró—. ¡Creo que intenta decir «Hagrid»!
Entonces Grawp se fijó en los dos únicos humanos que había en medio de aquel mar de centauros. Agachó un poco más la cabeza y los miró fijamente. Harry notó que Hermione temblaba cuando el gigante abrió una vez más la boca y pronunció con una voz grave y atronadora:
—Hermy.
—¡Ay, madre! —exclamó Hermione, que parecía a punto de desmayarse, y apretó tanto el brazo de Harry que empezó a dormírsele—. ¡Se... se acuerda de mí!
—¡HERMY! —rugió Grawp—. ¿DÓNDE JAGI?
—¡No lo sé! —gimoteó Hermione, aterrada—. ¡Lo siento, Grawp, no lo sé!
—¡GRAWP QUIERE JAGI!
El gigante bajó una de las inmensas manos. Hermione gritó con todas sus fuerzas, dio unos cuantos pasos hacia atrás y se cayó. Harry, que no llevaba consigo su varita, se preparó para dar puñetazos, patadas, mordiscos o lo que hiciera falta, pero la mano pasó rozándolo y derribó a un centauro blanco como la nieve.
Eso era precisamente lo que los centauros estaban esperando. Los dedos extendidos de Grawp se encontraban a un palmo de Harry cuando cincuenta flechas salieron volando hacia el cuerpo del gigante y le acribillaron la enorme cara, le hicieron gritar de ira y de dolor y consiguieron que se enderezara mientras se frotaba la cara con las manazas rompiendo las astas de las flechas, aunque así se le clavaban aún más las puntas.
Grawp se puso a vociferar y a golpear el suelo con sus inmensos pies, y los centauros se dispersaron; unos goterones de sangre, del tamaño de pedruscos, cayeron sobre Harry mientras éste ayudaba a levantarse a Hermione; luego ambos echaron a correr tan deprisa como pudieron para refugiarse bajo los árboles. Una vez allí se volvieron para mirar; Grawp trataba de agarrar a los centauros a ciegas mientras la sangre resbalaba por su cara; los centauros salieron en estampida hacia los árboles del otro lado del claro. Harry y Hermione vieron cómo Grawp soltaba otro rugido de ira y los perseguía, derribando más árboles a su paso.
—¡Oh, no! —dijo Hermione con un hilo de voz; temblaba tanto que se le doblaban las rodillas—. Eso ha sido horrible. Y Grawp podría matarlos a todos.
—Pues a mí me da igual, la verdad —confesó Harry con amargura.
El ruido de los centauros alejándose al galope y el del gigante, que los perseguía dando tumbos, fue haciéndose cada vez más débil. Mientras lo escuchaba, Harry sintió otra fuerte punzada en la cicatriz y lo invadió una oleada de terror.
Habían perdido mucho tiempo, y en aquellos momentos la posibilidad de rescatar a Sirius era aún más remota que cuando Harry había tenido la visión. Harry no sólo había perdido su v