arita, sino que además estaban en medio del Bosque Prohibido sin ningún medio de transporte.
—Un plan muy inteligente —le espetó a Hermione, pues necesitaba descargar parte de su rabia—. Muy inteligente. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tenemos que volver al castillo —contestó Hermione con voz débil.
—¡Cuando lleguemos allí, seguramente Sirius ya estará muerto! —replicó Harry, y pegó una patada a un árbol que tenía cerca.
Entonces se oyeron unos chillidos en la copa del árbol; Harry miró hacia arriba y vio a un enojado bowtruckle que lo amenazaba con sus largos dedos.
—Sin nuestras varitas no podemos hacer nada —comentó Hermione, desanimada, y volvió a levantarse—. De todos modos, Harry, ¿cómo pensabas llegar hasta Londres?
—Sí, eso mismo nos preguntábamos nosotros —dijo una voz conocida detrás de ella.
Harry y Hermione se juntaron instintivamente y escudriñaron la espesura.
Entonces vieron aparecer a Ron, y corriendo detrás de él, a Ginny, Neville y Luna. Todos ofrecían un aspecto lamentable: Ginny tenía unos largos arañazos en una mejilla, Neville llevaba el ojo derecho amoratado, y a Ron le sangraba el labio más que nunca, pero parecían muy satisfechos de sí mismos.
—Bueno —dijo Ron apartando una rama baja. Llevaba la varita mágica de Harry en la mano—, ¿se os ocurre algo?
—¿Cómo habéis logrado escapar? —preguntó Harry, atónito, al tiempo que cogía su varita.
—Con un par de rayos aturdidores, un encantamiento de desarme y un bonito embrujo paralizante, obra de Neville —contestó Ron sin darle importancia mientras le devolvía también a Hermione su varita mágica—. Pero Ginny ha sido la que más se ha lucido: le ha hecho a Malfoy el maleficio de los mocomurciélagos; ha sido genial, tenía toda la cara cubierta de gargajos. Desde la ventana hemos visto que ibais hacia el bosque y os hemos seguido. ¿Qué le habéis hecho a la profesora Umbridge?
—Se la han llevado —respondió Harry—. Una manada de centauros.
—¿Y a vosotros os han dejado aquí? —preguntó Ginny estupefacta.
—No, los ha ahuyentado Grawp —contestó Harry.
—¿Quién es Grawp? —preguntó Luna con mucho interés.
—El hermano pequeño de Hagrid —respondió Ron—. Bueno, ahora eso no importa. Harry, ¿qué averiguaste en la chimenea? ¿Tiene Quien-tú-sabes a Sirius o...?
—Sí —afirmó Harry, y notó otra fuerte punzada en la cicatriz—, y estoy seguro de que Sirius todavía está vivo, pero no sé cómo vamos a ir hasta allí para ayudarlo.
Todos se quedaron en silencio con aspecto de estar bastante asustados; el problema al que se enfrentaban parecía insuperable.
—Tendremos que ir volando, ¿no? —soltó Luna con un tono realista que Harry nunca le había oído emplear.
—Vale —contestó Harry con fastidio, y se volvió hacia ella—. En primer lugar, olvídate del «tendremos», porque tú no vas a ninguna parte, y en segundo lugar, Ron es el único que tiene una escoba que no esté custodiada por un trol de seguridad, de modo que...
—¡Yo también tengo una escoba! —saltó Ginny.
—Sí, pero tú no vienes —la atajó Ron.
—¡Perdona, pero a mí me importa tanto como a ti lo que le pase a Sirius! —protestó Ginny, y apretó las mandíbulas, con lo que de pronto resaltó su parecido con Fred y George.
—Eres demasiado... —empezó a decir Harry, pero Ginny lo interrumpió con fiereza.
—Tengo tres años más de los que tenías tú cuando te enfrentaste a Quien-tú-sabes por la piedra filosofal, y gracias a mí Malfoy está atrapado en el despacho de la profesora Umbridge defendiéndose de unos gigantescos mocos voladores.
—Sí, pero...
—Todos pertenecíamos al ED —intervino Neville con serenidad—. ¿No se trataba de prepararnos para pelear contra Quien-tú-sabes? Pues ésta es la primera ocasión que tenemos de actuar. ¿O es que todo aquello no era más que un juego?
—No, claro que no... —contestó Harry impaciente.
—Entonces nosotros también deberíamos ir —razonó Neville—. Podemos ayudar.
—Es verdad —coincidió Luna, y sonrió.
Harry miró a Ron. Sabía que su amigo estaba pensando exactamente lo mismo que él: si hubiera podido elegir entre los miembros del ED para que unos cuantos lo acompañaran a rescatar a Sirius, aparte de Ron, Hermione y él mismo, jamás se le habría ocurrido escoger ni a Ginny, ni a Neville, ni a Luna.
—Bueno, no importa —dijo Harry con frustración—, porque de todos modos todavía no sabemos cómo vamos a ir...
—Creía que eso ya lo habíamos decidido —terció Luna consiguiendo que Harry se desesperara aún más—. ¡Volando!
—Mira —dijo Ron, que ya no podía contenerse—, tú quizá puedas volar sin escoba, pero a los demás no nos crecen alas cada vez que...
—Hay otras formas de volar —puntualizó Luna.
—Sí, claro, ahora nos dirás que podemos volar en un scorky de cuernos escarolados o como se llame, ¿no? —dijo Ron.
—Los snorkacks de cuernos arrugados no pueden volar —aclaró Luna muy circunspecta—, pero ésos sí, y Hagrid dice que siempre encuentran el lugar al que quiere ir la persona que los monta. —Y Luna señaló hacia el bosque.
Harry se dio la vuelta. Entre dos árboles había dos thestrals que observaban a los chicos como si ent