ia donde habría estado la cerradura de haber sido aquélla una puerta normal y dijo—: ¡Alohomora! —Pero no sucedió nada—. ¡La navaja de Sirius! —exclamó después, y la sacó del interior de su túnica y la deslizó por el resquicio que había entre la puerta y la pared.
Los otros observaban expectantes mientras Harry deslizaba la navaja desde arriba hasta abajo, la retiraba y luego volvía a empujar la puerta con el hombro. Pero ésta seguía firmemente cerrada. Es más, cuando Harry miró la navaja, vio que la hoja se había fundido.
—Bueno, esta habitación la dejamos —afirmó Hermione muy decidida.
—Pero ¿y si es la que buscamos? —aventuró Ron contemplando la puerta con una mezcla de aprensión y curiosidad.
—No puede serlo; en sus sueños Harry podía entrar por todas las puertas —argumentó Hermione, y trazó otra equis de fuego mientras Harry se guardaba el mango de la navaja de Sirius, ya inservible, en el bolsillo.
—¿Tenéis idea de qué puede haber ahí dentro? —preguntó Luna, intrigada, al tiempo que la pared empezaba a girar otra vez.
—Blibbers maravillosos, sin duda —contestó Hermione en voz baja, y Neville soltó una risita nerviosa.
La pared se detuvo y Harry, cada vez más desesperado, abrió de un empujón la siguiente puerta.
—¡Es ésta!
Lo supo al instante por la hermosa, danzarina y centelleante luz que había dentro. Cuando sus ojos se adaptaron al resplandor, vio unos relojes que brillaban sobre todas las superficies; eran grandes y pequeños, de pie y de sobremesa, y estaban colgados en los espacios que había entre las librerías o reposaban sobre las mesas; era por eso por lo que un intenso e incesante tintineo llenaba aquella habitación, como si por ella desfilaran miles de minúsculos pies. La fuente de la luz era una altísima campana de cristal que había al fondo de la sala.
—¡Por aquí!
A Harry le latía muy deprisa el corazón porque sabía que iban por buen camino; guió a sus compañeros por el reducido espacio que había entre las filas de mesas y se dirigió, como había hecho en su sueño, hacia la fuente de la luz: la campana de cristal, tan alta como él, que estaba sobre una mesa y en cuyo interior se arremolinaba una fulgurante corriente de aire.
—¡Oh, mirad! —exclamó Ginny conforme se acercaban a la campana de cristal, y señaló su interior.
Flotando en la luminosa corriente del interior había un diminuto huevo que brillaba como una joya. Al ascender, el huevo se resquebrajó y se abrió, y de dentro salió un colibrí que fue transportado hasta lo alto de la campana, pero al ser atrapado de nuevo por el aire, sus plumas se empaparon y se enmarañaron; luego, cuando descendió hasta la base de la campana, volvió a quedar encerrado en su huevo.
—¡No os paréis! —dijo Harry con aspereza, porque Ginny parecía dispuesta a quedarse allí mirando cómo el colibrí volvía a salir del huevo.
—¡Pues tú te has entretenido un buen rato contemplando ese arco viejo! —protestó Ginny, pero siguió a Harry hasta la única puerta que había detrás de la campana de cristal.
—Es ésta —repitió Harry. El corazón le latía con tal violencia que apenas podía hablar—. Es por aquí...
Echó un vistazo a sus compañeros; todos llevaban la varita en la mano y de pronto habían adoptado una expresión muy seria y vigilante. Harry se colocó frente a la puerta, que se abrió en cuanto la empujó.
Habían encontrado lo que buscaban: una sala de techo elevadísimo, como el de una iglesia, donde no había más que hileras de altísimas estanterías llenas de pequeñas y polvorientas esferas de cristal. Estas brillaban débilmente, bañadas por la luz de unos candelabros dispuestos a intervalos a lo largo de las estanterías. Las llamas de las velas, como las de la habitación circular que habían dejado atrás, eran azules. En aquella sala hacía mucho frío.
Harry avanzó con sigilo y escudriñó uno de los oscuros pasillos que había entre dos hileras de estanterías. No oyó nada ni vio señal alguna de movimiento.
—Dijiste que era el pasillo número noventa y siete —susurró Hermione.
—Sí —confirmó Harry, y miró hacia el extremo de la estantería que tenía más cerca. Debajo del candelabro con velas de llama azulada vio una cifra plateada: cincuenta y tres.
—Creo que tenemos que ir hacia la derecha —apuntó Hermione mientras miraba con los ojos entornados hacia la siguiente hilera—. Sí, ésa es la cincuenta y cuatro...
—Tened las varitas preparadas —les advirtió Harry.
El grupo avanzó con lentitud girando la cabeza hacia atrás a medida que recorría los largos pasillos de estanterías, cuyos extremos quedaban casi completamente a oscuras. Había unas diminutas y amarillentas etiquetas pegadas bajo cada una de las esferas de cristal que reposaban en los estantes. Algunas despedían un extraño resplandor acuoso; otras estaban tan apagadas como una bombilla fundida.
Pasaron por la estantería número ochenta y cuatro..., por la ochenta y cinco... Harry aguzaba el oído, atento al más leve sonido que indicara movimiento, pero Sirius podía estar amordazado, o inconsciente, o... «Podría estar muerto»,