 dijo espontáneamente una vocecilla en su cabeza.
«Lo habría sentido —se dijo Harry, que notaba los latidos del corazón en la garganta—, lo habría sabido...»
—¡Noventa y siete! —susurró entonces Hermione.
Se apiñaron alrededor del final de la estantería y miraron hacia el fondo del pasillo correspondiente. Allí no había nadie.
—Está al final de todo —dijo Harry, y notó que tenía la boca un poco seca—. Desde aquí no se ve bien.
Y los guió entre las dos altísimas estanterías llenas de esferas de cristal, algunas de las cuales relucían débilmente cuando ellos pasaban por delante.
—Tendría que estar por aquí cerca —afirmó Harry en voz baja, convencido de que cada paso que daba era el último, y de que iba a ver la irregular silueta de Sirius sobre el oscuro suelo—. Podríamos tropezar con él en cualquier momento...
—Harry... —insinuó Hermione, vacilante, pero él no se molestó en contestar. Ahora tenía la boca como el cartón.
—Por aquí... Estoy seguro... —repitió. Habían llegado al final de la estantería, donde había otro candelabro. Allí no había nadie. Sólo se percibía un silencio resonante y misterioso, cargado del polvo que había en aquel lugar—. Podría estar... —susurró Harry con voz ronca escudriñando el siguiente pasillo—. O quizá... —Corrió a mirar en el siguiente.
—Harry... —insistió Hermione.
—¿Qué? —gruñó él.
—Me parece... que Sirius no está aquí.
Nadie dijo nada. Harry se resistía a mirar a sus compañeros. Estaba muy angustiado. No entendía por qué Sirius no estaba allí. Tenía que estar allí. Allí era donde Harry lo había visto...
Recorrió el espacio que había al final de las filas de estanterías y miró entre ellas. Ante sus ojos se sucedían pasillos y más pasillos, pero todos estaban vacíos. Corrió hacia el otro lado pasando junto a sus amigos, que lo observaban sin hacer comentarios. No había rastro de Sirius por ninguna parte, ni señales de que se hubiera producido allí alguna pelea.
—¡Harry! —exclamó entonces Ron.
—¿Qué?
Harry no quería oír a su amigo; no quería oírle decir que aquella aventura había sido una estupidez y que tenían que regresar a Hogwarts; le ardían las mejillas y lo único que deseaba era quedarse un rato escondido en aquel lugar, a oscuras, antes de enfrentarse a la claridad del Atrio y a las miradas acusadoras de sus amigos...
—¿Has visto esto? —le preguntó Ron.
—¿Qué? —repitió Harry, pero esta vez con interés: tenía que ser alguna señal de que Sirius había estado en esa habitación, una pista. Se acercó a donde estaban los demás, un poco más allá de la hilera número noventa y siete, pero sólo vio a Ron, que examinaba atentamente las esferas de cristal que había en la estantería.
—¿Qué ocurre? —inquirió Harry con desánimo.
—Lleva..., lleva tu nombre —contestó Ron.
Harry se acercó un poco más. Ron señalaba una de las pequeñas esferas de cristal que relucía con una débil luz interior, aunque estaba cubierta de polvo y parecía que nadie la había tocado durante años.
—¿Mi nombre? —se extrañó Harry.
Se acercó a la estantería. Como no era tan alto como Ron, tuvo que estirar el cuello para leer la etiqueta amarillenta que estaba pegada en el estante, justo debajo de una de las esferas. Había una fecha de unos dieciséis años atrás escrita con trazos finos, y debajo la siguiente inscripción:

S.P.T. a A.P.W.B.D.
Señor Tenebroso
y (?) Harry Potter

Harry se quedó mirando la etiqueta.
—¿Qué es? —preguntó Ron con inquietud—. ¿Por qué está escrito ahí tu nombre? —Echó un vistazo a las otras etiquetas de aquel estante—. Mi nombre no está —observó con perplejidad—. Ni los vuestros.
—Creo que no deberías tocarla, Harry —opinó Hermione al ver que Harry estiraba un brazo.
—¿Por qué no? —repuso él—. Tiene algo que ver conmigo, ¿no?
—No lo hagas, Harry —dijo de pronto Neville. Harry lo miró. El redondo rostro de su compañero estaba cubierto de sudor. Daba la impresión de que ya no podía aguantar más misterio.
—Lleva mi nombre —insistió Harry.
Y con la vaga sensación de que estaba cometiendo una imprudencia, puso las manos alrededor de la polvorienta bola de cristal. Esperaba encontrarla fría, pero no fue así. Al contrario, era como si hubiera estado expuesta al sol durante horas, o como si el resplandor interior la calentara. Intuyendo que estaba a punto de suceder algo extraordinario, casi deseando que pasara algo emocionante que al menos justificara el largo y peligroso viaje, Harry levantó la bola de cristal y la miró fijamente.
Pero no pasó nada. Los demás se colocaron alrededor de Harry y contemplaron la esfera mientras él le quitaba el polvo.
Y entonces, a sus espaldas, una voz que arrastraba las palabras dijo:
—Muy bien, Potter. Ahora date la vuelta, muy despacio, y dame eso.

35 - DETRÁS DEL VELO

Los rodearon unas siluetas negras salidas de la nada, que les cerraron el paso a derecha e izquierda; varios pares de ojos brillaban detrás de las rendijas de unas máscaras, y una docena de varitas encendidas les apuntaban directamente al corazón; Ginny soltó un grito de horror.
—Dame eso, Potter —r