epitió la voz de Lucius Malfoy, que había estirado un brazo con la palma de la mano hacia arriba. Harry notó un espantoso vacío en el estómago. Estaban atrapados, y los doblaban en número—. Dame eso —dijo Malfoy una vez más.
—¿Dónde está Sirius? —preguntó Harry.
Varios mortífagos rieron; una áspera voz de mujer surgió de entre las oscuras figuras, hacia la izquierda de Harry, y sentenció con tono triunfante:
—¡El Señor Tenebroso nunca se equivoca!
—No, nunca —apostilló Malfoy con voz queda—. Y ahora, entrégame la profecía, Potter.
—¡Quiero saber dónde está Sirius!
—«¡Quiero saber dónde está Sirius!» —se burló la mujer que estaba a su izquierda. Ella y el resto de los mortífagos se habían acercado más a Harry y a sus amigos, de los que ahora sólo los separaban unos palmos, y la luz de sus varitas deslumbraba a Harry.
—Sé que lo han capturado —afirmó él tratando de no hacer caso de la creciente sensación de pánico que notaba en el pecho, el terror que había estado combatiendo desde que habían puesto un pie en el pasillo de la estantería número noventa y siete—. Está aquí. Sé que está aquí.
—El bebé se ha despertado asustado y ha confundido el sueño con la realidad —dijo la mujer imitando la voz de un niño pequeño. Harry notó que Ron, que estaba a su lado, se movía.
—No hagas nada —murmuró Harry—. Todavía no...
La mujer que lo había imitado soltó una ruidosa carcajada.
—¿Lo habéis oído? ¿Lo habéis oído? ¡Está dando instrucciones a los otros niños, como si pensara atacarnos!
—¡Ah, tú no conoces a Potter tan bien como yo, Bellatrix! —exclamó Malfoy quedamente—. Tiene complejo de héroe; el Señor Tenebroso ya lo sabe. Y ahora dame la profecía, Potter.
—Sé que Sirius está aquí —insistió Harry pese a que el pánico le oprimía el pecho y le costaba respirar—. ¡Sé que lo han cogido!
Unos cuantos mortífagos volvieron a reír, aunque la mujer fue la que rió más fuerte.
—Ya va siendo hora de que aprendas a distinguir la vida de los sueños, Potter —dijo Malfoy—. Dame la profecía inmediatamente, o empezaremos a usar las varitas.
—Adelante —lo retó Harry, y levantó su varita mágica hasta la altura del pecho.
En cuanto lo hizo, las cinco varitas de Ron, Hermione, Neville, Ginny y Luna se alzaron a su alrededor. El nudo que Harry notaba en el estómago se apretó aún más. Si de verdad Sirius no estaba allí, habría conducido a sus amigos a la muerte para nada...
Pero los mortífagos no atacaron.
—Entrégame la profecía y nadie sufrirá ningún daño —aseguró Malfoy fríamente.
Ahora le tocaba reír a Harry.
—¡Sí, claro! —exclamó—. Yo le doy esta... profecía, ¿no? Y ustedes nos dejan irnos a casa, ¿verdad?
Tan pronto como Harry terminó la frase, la mortífaga chilló:
—¡Accio prof...! —Pero Harry estaba preparado, y gritó: «¡Protego!» antes de que ella hubiera terminado de pronunciar su hechizo; la esfera de cristal le resbaló hasta las yemas de los dedos, aunque consiguió sujetarla—. ¡Vaya, el pequeño Potter sabe jugar! —dijo la mortífaga fulminando a Harry con la mirada tras las rendijas de su máscara—. Muy bien, pues entonces...
—¡TE HE DICHO QUE NO! —le gritó Lucius Malfoy a la mujer—. ¡Si la rompes...!
Harry se exprimía el cerebro. Los mortífagos querían aquella polvorienta esfera de cristal. A él, sin embargo, no le interesaba. Lo único que le interesaba era sacar a sus amigos de allí con vida y asegurarse de que ninguno de ellos pagara cara su estupidez...
La mujer dio un paso hacia delante, separándose de sus compañeros, y se quitó la máscara. Azkaban había dejado su huella en el rostro de Bellatrix Lestrange, demacrado y marchito como una calavera, aunque lo avivaba un resplandor fanático y febril.
—¿Vamos a tener que aplicarte nuestros métodos de persuasión? —preguntó mientras su tórax ascendía y descendía rápidamente—. Como quieras. Coged a la más pequeña —ordenó a los mortífagos que tenía detrás—. Que vea cómo torturamos a su amiguita. Ya me encargo yo.
Harry notó que los demás se apiñaban alrededor de Ginny; él dio un paso hacia un lado y se colocó justo delante de ella, abrazado a la esfera.
—Si quiere atacar a alguno de nosotros tendrá que romper esto —le advirtió— No creo que su amo se ponga muy contento si la ve regresar sin ella, ¿no? —La mujer no se movió; se limitó a mirar fijamente a Harry mientras se pasaba la punta de la lengua por los delgados labios—. Por cierto —continuó Harry—, ¿qué profecía es ésa?
No se le ocurría otra cosa que hacer que seguir hablando. El brazo de Neville se apretaba contra el suyo, y Harry lo notaba temblar; también percibía la acelerada respiración de otro de sus amigos en la nuca. Confiaba en que todos estuvieran esforzándose por encontrar una manera de salir de aquel apuro, porque él tenía la mente en blanco.
—¿Que qué profecía es ésa? —repitió Bellatrix, y la sonrisa burlona se borró de sus labios—. ¿Bromeas, Potter?
—No, no bromeo —respondió Harry, que pasó la mirada de un mortífago a otro buscando un punto débil, un hueco que les permitiera escapar—. ¿Para qué la quiere Voldemort?
Vario