cando a mi querido primo?
—Ya, y les obliga a hacer a ustedes el trabajo sucio, ¿no? —se burló Harry—. Del mismo modo que envió a Sturgis a robarla, y a Bode, ¿verdad?
—Muy bien, Potter, muy bien... —dijo Malfoy lentamente—. Pero el Señor Tenebroso sabe que no eres ton...
—¡YA! —gritó entonces Harry.
—¡REDUCTO! —gritaron cinco voces distintas detrás de Harry.
Cinco maldiciones salieron volando en cinco direcciones distintas, y las estanterías que tenían enfrente recibieron los impactos; la enorme estructura se tambaleó al tiempo que estallaban cientos de esferas de cristal y las figuras de blanco nacarado se desplegaban en el aire y se quedaban flotando; sus voces resonaban, procedentes de un misterioso y remoto pasado, entre el torrente de cristales rotos y madera astillada que caía al suelo.
—¡CORRED! —gritó Harry mientras las estanterías oscilaban peligrosamente y seguían cayendo esferas de cristal.
Agarró a Hermione por la túnica y tiró de ella hacia delante, a la vez que se cubría la cabeza con un brazo para protegerse de los trozos de madera y cristal que se les echaban encima. Un mortífago arremetió contra ellos en medio de la nube de polvo, y Harry le dio un fuerte codazo en la enmascarada cara; todos chillaban, se oían gritos de dolor y un fuerte estruendo, y las estanterías se derrumbaron en medio del eco de los fragmentos de profecías liberadas de las esferas.
Harry se dio cuenta de que tenía espacio libre para salir y vio que Ron, Ginny y Luna pasaban corriendo a su lado con los brazos sobre la cabeza; una cosa dura le golpeó en la mejilla, pero Harry agachó la cabeza y echó a correr. Una mano lo agarró por el hombro; entonces Harry oyó a Hermione gritar: «¡Desmaius!», y la mano lo soltó inmediatamente.
Estaban al final del pasillo número noventa y siete; Harry torció a la derecha y salió corriendo a toda velocidad mientras oía pasos a su espalda y la voz de Hermione, que apremiaba a Neville. Delante de Harry, la puerta por la que habían entrado estaba entreabierta, y él veía la centelleante luz de la campana de cristal. Agarrando con fuerza la profecía, pasó disparado por el umbral y esperó a que sus compañeros también lo cruzaran antes de cerrar.
—¡Fermaportus! —gritó Hermione casi sin aliento, y la puerta se selló y produjo un extraño ruido de succión.
—¿Dónde... dónde están los demás? —preguntó Harry jadeando.
Creía que Ron, Luna y Ginny iban delante de ellos, y que estarían esperándolos en aquella habitación, pero allí no había nadie.
—¡Deben de haberse equivocado de camino! —susurró Hermione con el terror reflejado en la cara.
—¡Escuchad! —exclamó Neville.
Detrás de la puerta que acababan de sellar se oían gritos y pasos; Harry pegó una oreja para escuchar, y oyó que Lucius Malfoy gritaba:
—Dejad a Nott, ¡he dicho que lo dejéis! Sus heridas no serán nada para el Señor Tenebroso comparadas con perder esa profecía. ¡Jugson, ven aquí, tenemos que organizamos! Iremos por parejas y haremos un registro, y no lo olvidéis: no hagáis daño a Potter hasta que tengamos la profecía, pero a los demás podéis matarlos si es necesario. ¡Bellatrix, Rodolphus, id por la izquierda! ¡Crabbe, Rabastan, por la derecha! ¡Jugson, Dolohov, por esa puerta de ahí enfrente! ¡Macnair y Avery, por aquí! ¡Rookwood, por allí! ¡Mulciber, ven conmigo!
—¿Qué hacemos? —le preguntó Hermione a Harry temblando de pies a cabeza.
—Bueno, lo que no vamos a hacer es quedarnos aquí plantados esperando a que nos encuentren —contestó Harry—. Alejémonos de esta puerta.
Corrieron procurando no hacer ruido, pasaron junto a la brillante campana de cristal que contenía el pequeño huevo que se abría y se volvía a cerrar, y se dirigieron hacia la puerta del fondo que conducía a la sala circular. Cuando casi habían llegado, Harry oyó que algo grande y pesado chocaba contra la puerta que Hermione había sellado mediante un encantamiento.
—¡Aparta! —dijo una áspera voz—. ¡Alohomora!
La puerta se abrió y Harry, Hermione y Neville se escondieron debajo de unas mesas. Enseguida vieron acercarse el dobladillo de las túnicas de dos mortífagos que caminaban deprisa.
—Quizá hayan salido al vestíbulo —dijo la voz áspera.
—Mira debajo de las mesas —sugirió otra voz.
Harry observó que los mortífagos doblaban las rodillas, así que sacó la varita de debajo de la mesa y gritó:
—¡DESMAIUS!
Un haz de luz roja dio contra el mortífago que tenía más cerca; éste cayó hacia atrás, chocó contra un reloj de pie y lo derribó. El segundo mortífago, sin embargo, se había apartado de un salto para esquivar el hechizo de Harry y apuntaba con su varita a Hermione, que salía arrastrándose de debajo de la mesa para poder apuntar mejor.
—¡Avada...!
Entonces Harry se lanzó por el suelo y agarró por las rodillas al mortífago, que perdió el equilibrio y no pudo apuntar a Hermione. Neville volcó una mesa con las prisas por ayudar, y apuntando con furia al mortífago que forcejeaba con Harry, gritó: —¡EXPELLIARMUS!
La varita de Harry y la del mortífago saltaron de sus manos y fueron