gonzarte de lo que sientes, Harry —oyó que decía Dumbledore—. Más bien al contrario. El hecho de que puedas sentir un dolor como ése es tu mayor fortaleza.
Harry notaba que las llamas de la ira lo quemaban por dentro: ardían en aquel terrible vacío y avivaban su deseo de hacer daño al director por su serenidad y sus huecas palabras.
—¿Mi mayor fortaleza? —repitió Harry con voz temblorosa mientras contemplaba con atención el estadio de quidditch, aunque en realidad no lo veía—. Usted no tiene ni idea, usted no sabe...
—¿Qué es lo que no sé? —le preguntó Dumbledore con calma.
Aquello fue demasiado. Harry se volvió temblando de rabia.
—No quiero hablar de cómo me siento, ¿está bien?
—¡Que sufras así demuestra que todavía eres un hombre, Harry! Ese dolor significa que eres un ser humano.
—¡PUES ENTONCES NO QUIERO SER UN SER HUMANO! —rugió Harry.
Y agarró el delicado instrumento de plata de la mesita de patas finas que tenía a su lado y lo lanzó hacia el otro extremo de la habitación; el instrumento se hizo mil pedazos al estrellarse contra la pared. Varios retratos soltaron gritos de enfado y miedo, y el de Armando Dippet exclamó: «¡Francamente...!»
—¡NO ME IMPORTA! —les gritó Harry, y luego cogió un lunascopio y lo arrojó a la chimenea—. ¡ESTOY HARTO, YA HE VISTO SUFICIENTE, QUIERO TERMINAR CON ESTO, QUIERO SALIR, YA NO ME IMPORTA...!
Y a continuación cogió la mesa sobre la que había estado el instrumento y la lanzó también. La mesa se rompió y las patas salieron rodando en varias direcciones.
—Sí te importa —sentenció Dumbledore. Ni había pestañeado ni había hecho el más mínimo movimiento para impedir que Harry destrozara su despacho. La expresión de su rostro era tranquila, casi indiferente—. Te importa tanto que tienes la sensación de que vas a desangrarte de dolor.
—¡NO! —gritó Harry, tan fuerte que creyó que se le desgarraría la garganta, y le entraron ganas de abalanzarse sobre Dumbledore y destrozarlo a él también; de arañar su anciana y tranquila cara, zarandearlo, herirlo, hacerle sentir una milésima parte del horror que sentía él.
—Sí, ya lo creo que sí —insistió Dumbledore aún con mayor serenidad—. Ya no sólo has perdido a tu madre y a tu padre, sino también lo más parecido a un padre que tenías. Claro que te importa.
—¡USTED NO SABE CÓMO ME SIENTO! —bramó Harry—. ¡USTED ESTÁ AHÍ TAN...!
Pero las palabras ya no bastaban, romper cosas ya no lo ayudaba; quería correr, quería correr sin parar y no mirar atrás, quería estar en algún sitio donde no pudiera ver aquellos ojos de color azul claro que lo miraban fijamente, aquella anciana cara de espeluznante tranquilidad. Corrió hacia la puerta, agarró otra vez el picaporte y tiró de él.
Pero la puerta no se abría.
—Déjeme salir —dijo volviéndose hacia Dumbledore. Harry continuaba temblando de pies a cabeza.
—No —respondió el director.
Se observaron unos segundos.
—Déjeme salir —repitió Harry.
—No —repitió Dumbledore.
—Si no me deja salir..., si me retiene aquí..., si no me deja...
—Puedes seguir destrozando mis cosas —repuso Dumbledore sin alterarse—. Tengo demasiadas.
El director dio la vuelta a su mesa y se sentó en su silla, desde donde siguió observando a Harry.
—Déjeme salir —insistió éste con una voz fría y casi tan serena como la de Dumbledore.
—No hasta que me dejes hablar.
—¿Cree usted..., cree que quiero..., cree que me importa un...? ¡NO QUIERO OÍR NI UNA PALABRA DE LO QUE TENGA QUE DECIRME!
—Me escucharás —aseguró Dumbledore—. Porque no estás tan furioso conmigo como deberías estarlo. Si vas a pegarme, como sé que estás a punto de hacer, me gustaría habérmelo ganado del todo.
—Pero ¿qué dice...?
—Yo tengo la culpa de que Sirius haya muerto —afirmó Dumbledore con claridad—. O mejor dicho, casi toda la culpa, porque no voy a ser tan arrogante para atribuirme la responsabilidad absoluta. Sirius era un hombre valiente, inteligente y enérgico, y los hombres como él no suelen contentarse con quedarse sentados en su casa, escondidos, cuando creen que otros corren peligro. Sin embargo, no debiste creer ni por un instante que era necesario que acudieras al Departamento de Misterios esta noche. Si yo hubiera sido sincero contigo, Harry, que es lo que debería haber hecho, habrías sabido hace mucho tiempo que Voldemort intentaría engañarte e incitarte a ir al Departamento de Misterios; de ese modo no habrías caído en su trampa ni habrías ido allí esta noche. Y Sirius no habría tenido que ir a buscarte. De eso soy el único culpable. —Harry seguía de pie con una mano encima del picaporte, aunque no se daba cuenta. Sin respirar apenas, observaba y escuchaba a Dumbledore, pero sin comprender del todo lo que estaba oyendo—. Siéntate, por favor —le indicó el director. No era una orden sino una petición.
Harry vaciló, pero finalmente cruzó con lentitud la habitación, llena de ruedas dentadas de plata y fragmentos de madera, y se sentó enfrente de Dumbledore, al otro lado de su mesa.
—¿Debo deducir que mi tataranieto, el último Black, ha muerto? —preguntó poco a p