de la suya. Todavía tenía profundos verdugones en los antebrazos, donde se le habían enroscado los tentáculos del cerebro. Según la señora Pomfrey, los pensamientos podían dejar cicatrices más profundas que ninguna otra cosa, aunque ya había empezado a aplicarle grandes cantidades de Ungüento Amnésico del Doctor Ubbly, y Ron presentaba cierta mejoría.
—Sí, ahora hablan muy bien de ti, Harry —confirmó Hermione mientras leía rápidamente el artículo—. «La solitaria voz de la verdad... considerado desequilibrado, aunque nunca titubeó al relatar su versión... obligado a soportar el ridículo y las calumnias...» Hummm —dijo frunciendo el entrecejo—, veo que no mencionan el hecho de que eran ellos mismos, los de El Profeta, los que te ridiculizaban y te calumniaban...
Hermione hizo una leve mueca de dolor y se llevó una mano a las costillas. La maldición que le había echado Dolohov, pese a ser menos efectiva de lo que lo habría sido si hubiera podido pronunciar el conjuro en voz alta, había causado «un daño considerable», según las palabras textuales de la señora Pomfrey. Hermione, que tenía que tomar diez tipos de pociones diferentes cada día, había mejorado mucho, pero ya estaba harta de la enfermería.
—«El último intento de Quien-ustedes-saben de hacerse con el poder, páginas dos a cuatro; Lo que el Ministerio debió contarnos, página cinco; Por qué nadie hizo caso a Albus Dumbledore, páginas seis a ocho; Entrevista en exclusiva con Harry Potter, página nueve...» ¡Vaya! —exclamó Hermione, y dobló el periódico y lo dejó a un lado—. Sin duda les ha dado para escribir mucho. Pero esa entrevista con Harry no es una exclusiva, es la que salió en El Quisquilloso hace meses...
—Mi padre se la vendió —dijo Luna con vaguedad mientras pasaba una página de El Quisquilloso—. Y le pagaron muy bien, así que este verano organizaremos una expedición a Suecia para ver si podemos cazar un snorkack de cuernos arrugados.
Hermione se debatió consigo misma unos instantes y luego replicó:
—Qué bien, ¿no? —Ginny miró con disimulo a Harry y apartó rápidamente la vista sonriendo—. Bueno —dijo Hermione incorporándose un poco y haciendo otra mueca de dolor—, ¿cómo va todo por el colegio?
—Flitwick ha limpiado el pantano de Fred y George —contó Ginny—. Tardó unos tres segundos. Pero ha dejado un trocito debajo de la ventana y lo ha acordonado.
—¿Por qué? —preguntó Hermione, sorprendida.
—Dice que fue una gran exhibición de magia —comentó Ginny encogiéndose de hombros.
—Yo creo que lo ha dejado como un monumento a Fred y George —intervino Ron con la boca llena de chocolate—. Mis hermanos me han enviado todo esto —le dijo a Harry, y señaló la montaña de ranas que tenía a su lado—. Les debe de ir muy bien con la tienda de artículos de broma, ¿no?
Hermione lo miró con gesto de desaprobación y preguntó:
—¿Y ya se han acabado los problemas desde que ha vuelto Dumbledore?
—Sí —contestó Neville—, todo ha vuelto a la normalidad.
—Supongo que Filch estará contento, ¿no? —dijo Ron, y apoyó contra su jarra de agua un cromo de rana de chocolate en el que aparecía Dumbledore.
—¡Qué va! —exclamó Ginny—. Se siente muy desgraciado. —Bajó la voz y añadió en un susurro—: No para de decir que la profesora Umbridge era lo mejor que jamás le había pasado a Hogwarts...
Los seis giraron la cabeza. La profesora Umbridge estaba acostada en otra cama un poco más allá, contemplando el techo. Dumbledore había entrado solo en el bosque para rescatarla de los centauros, pero nadie sabía cómo había logrado salir de la espesura sin un solo arañazo y con Dolores Umbridge apoyada en él; y, por supuesto, la profesora Umbridge no era quien desvelaría aquel misterio. Desde su regreso al castillo, no había pronunciado ni una sola palabra, que ellos supieran. Nadie sabía a ciencia cierta qué le pasaba. Llevaba el pelo, por lo general muy bien peinado, completamente revuelto, y aún tenía enredados en él trocitos de ramas y hojas, pero por lo demás parecía ilesa.
—La señora Pomfrey dice que sólo sufre una conmoción —susurró Hermione.
—Yo diría que está enfurruñada —opinó Ginny.
—Sí, porque da señales de vida cuando haces esto —dijo Ron, e hizo un débil ruidito de cascos de caballo con la lengua.
Inmediatamente, la profesora Umbridge se incorporó de un brinco y miró, asustada, a su alrededor.
—¿Ocurre algo, profesora? —le preguntó la señora Pomfrey asomando la cabeza por detrás de la puerta de su despacho.
—No, no... —contestó Dolores Umbridge, y volvió a apoyarse en las almohadas—. No, debía de estar soñando...
Hermione y Ginny ahogaron la risa con las sábanas.
—Hablando de centauros —comentó Hermione cuando se hubo recuperado un poco—, ¿quién será ahora el profesor de Adivinación? ¿Se quedará Firenze?
—No tendrá más remedio que quedarse —respondió Harry—. No creo que los otros centauros lo acepten en la manada.
—Parece que Firenze y la profesora Trelawney van a compartir el puesto —apuntó Ginny.
—Seguro que a Dumbledore le habría encantado librarse para siempre de la profesora Trel