 de Sirius. Acababa de recordar que ella también podía ver a los thestrals.
—¿Tú has...? —empezó Harry—. Quiero decir... ¿Quién...? ¿Se te ha muerto alguien?
—Sí —contestó Luna con naturalidad—, mi madre. Era una bruja extraordinaria, ¿sabes?, pero le gustaba mucho experimentar, y un día uno de los hechizos le salió mal. Yo tenía nueve años.
—Lo siento —murmuró Harry.
—Sí, fue terrible —continuó Luna con desenvoltura—. A veces todavía me pongo muy triste cuando pienso en ella. Pero me queda mi padre. Además, no es que nunca más vaya a volver a ver a mi madre, ¿no?
—¿Ah, no? —dijo Harry, desconcertado.
Luna movió la cabeza, incrédula.
—Vamos, Harry. Tú también los oíste, detrás del velo, ¿no?
—¿Te refieres...?
Harry y Luna se miraron. Una débil sonrisa asomaba a los labios de Luna. Harry no sabía qué decir ni qué pensar; Luna creía en tantas cosas extraordinarias... Y, sin embargo, él también estaba seguro de haber oído voces al otro lado del velo.
—¿Seguro que no quieres que te ayude a buscar tus cosas? —insistió.
—No, no —dijo Luna—. Creo que bajaré a comer un poco de pudín y esperaré a que aparezcan... Siempre acabo encontrándolo todo... Bueno, felices vacaciones, Harry.
—Gracias, lo mismo digo —repuso él.
Luna echó a andar por el pasillo, y mientras la veía alejarse, Harry se dio cuenta de que el terrible peso que notaba en el estómago se había aligerado un poco.

Al día siguiente, el viaje de vuelta a casa en el expreso de Hogwarts estuvo lleno de incidentes de todo tipo. En primer lugar, Malfoy, Crabbe y Goyle, que llevaban toda aquella semana esperando la oportunidad de atacar sin que los viera ningún profesor, intentaron tenderle una emboscada a Harry en el pasillo cuando regresaba del lavabo. El ataque habría podido tener éxito de no ser porque, sin darse cuenta, decidieron realizarlo justo delante de un compartimento repleto de miembros del ED, que vieron lo que estaba pasando a través del cristal y se levantaron a la vez para correr en ayuda de Harry. Cuando Ernie Macmillan, Hannah Abbott, Susan Bones, Justin Finch-Fletchley, Anthony Goldstein y Terry Boot terminaron de hacer una amplia variedad de embrujos y maleficios que Harry les había enseñado, Malfoy, Crabbe y Goyle quedaron convertidos en tres gigantescas babosas apretujadas en el uniforme de Hogwarts, y Harry, Ernie y Justin los subieron a la rejilla portaequipajes y los dejaron allí colgados.
—Os aseguro que estoy impaciente por ver la cara de la madre de Malfoy cuando su hijo se baje del tren —comentó Ernie con cierta satisfacción mientras observaba a Malfoy, que se retorcía en la rejilla. Ernie aún no había superado por completo la humillación de que Malfoy le descontara puntos a Hufflepuff durante su breve periodo como miembro de la Brigada Inquisitorial.
—En cambio, la madre de Goyle se llevará una gran alegría —terció Ron, que había ido a investigar el origen del alboroto—. Ahora está mucho más guapo... Oye, Harry, el carrito de la comida acaba de parar en nuestro compartimento. Si quieres algo...
Harry dio las gracias a todos y acompañó a Ron a su compartimento, donde compró un enorme montón de pasteles en forma de caldero y empanadas de calabaza.
Hermione estaba leyendo El Profeta otra vez, Ginny hacía un crucigrama de El Quisquilloso y Neville acariciaba su Mimbulus mimbletonia, que había crecido mucho en un año y emitía un extraño canturreo cuando la tocaban.
Harry y Ron se entretuvieron casi todo el trayecto jugando al ajedrez mágico mientras Hermione leía en voz alta fragmentos de El Profeta. El periódico estaba saturado de artículos sobre cómo repeler a los Dementores y sobre los intentos del Ministerio de localizar a los mortífagos, y de cartas histéricas en las que los lectores aseguraban que habían visto a lord Voldemort pasar por delante de su casa aquella misma mañana.
—Esto todavía no ha empezado —comentó Hermione suspirando con pesimismo, y volvió a doblar el periódico—. Pero no tardará mucho...
—Eh, Harry —dijo Ron en voz baja, y señaló con la cabeza hacia el pasillo.
Harry miró a través del cristal y vio pasar a Cho acompañada de Marietta Edgecombe, que llevaba puesto un pasamontañas. Su mirada y la de Cho se cruzaron un momento. Cho se ruborizó y siguió andando. Harry dirigió de nuevo la vista hacia el tablero de ajedrez justo a tiempo para ver cómo uno de sus peones huía de su casilla, perseguido por un caballo de Ron.
—¿Qué tal os va a vosotros dos, por cierto? —preguntó Ron.
—No nos va —contestó Harry con franqueza.
—He oído decir... que ahora sale con otro —comentó Hermione, vacilante.
A Harry le sorprendió comprobar que aquella revelación no lo afectaba en absoluto. Ya no le interesaba impresionar a Cho; esas intenciones pertenecían a un pasado del que Harry se sentía muy lejano, como de muchas cosas que había deseado antes de la muerte de Sirius. La semana que había transcurrido desde que vio por última vez a su padrino se le había hecho eterna; era un periodo que separaba dos universos: uno en el que estaba Si