rius y otro en el que no estaba.
—Mejor para ti, Harry —afirmó Ron con convicción—. Mira, es muy guapa y todo eso, pero tú te mereces a alguien más alegre.
—Seguramente con otro ella estará también mucho más alegre —repuso Harry encogiéndose de hombros.
—¿Con quién sale ahora, por cierto? —le preguntó Ron a Hermione, pero fue Ginny quien contestó.
—Con Michael Corner.
—¿Con Michael...? Pero... —balbuceó Ron estirando el cuello y girando la cabeza para mirar a su hermana—. ¡Pero si tú sales con él!
—Ya no —aclaró Ginny con resolución—. No le gustó que Gryffindor ganara aquel partido de quidditch contra Ravenclaw y estaba muy malhumorado, así que lo planté y él corrió a consolar a Cho —añadió, y se rascó distraídamente la nariz con la punta de la pluma, colocó El Quisquilloso del revés y empezó a anotar las respuestas. Ron se puso contentísimo.
—Bueno, siempre me pareció un poco idiota —aseguró, y empujó su reina hacia la temblorosa torre de Harry—. Bien hecho, Ginny. La próxima vez a ver si eliges a alguien mejor.
Y al decir eso, lanzó una furtiva y extraña mirada a Harry.
—He elegido a Dean Thomas, ¿qué te parece? —contestó Ginny vagamente.
—¿CÓMO? —gritó Ron al tiempo que tiraba el tablero de ajedrez. Crookshanks salió disparado detrás de las piezas y Hedwig y Pigwidgeon se pusieron a gorjear y a ulular, muy enojadas.
Cuando el tren empezó a reducir la velocidad al aproximarse a la estación de King's Cross, Harry pensó que nunca había lamentado tanto que llegara ese momento. Hasta se preguntó qué pasaría si se negaba a apearse y seguía tercamente allí sentado hasta el uno de septiembre, fecha en que regresaría a Hogwarts. Sin embargo, cuando por fin el tren se detuvo resoplando, Harry cogió la jaula de Hedwig y se preparó para bajar el baúl, como siempre.
Pero cuando el revisor indicó a Harry, Ron y Hermione que ya podían atravesar la barrera mágica que había entre el andén número nueve y el número diez, Harry se llevó una sorpresa: al otro lado había un grupo de gente esperándolo para recibirlo.
Allí estaba Ojoloco Moody, que ofrecía un aspecto tan siniestro con el bombín calado para tapar su ojo mágico como lo habría ofrecido sin él; sostenía un largo bastón en las nudosas manos e iba envuelto en una voluminosa capa de viaje. Tonks se encontraba detrás de Moody; llevaba unos vaqueros muy remendados y una camiseta de un vivo color morado con la leyenda «Las Brujas de Macbeth», y el pelo, de color rosa chicle, le relucía bajo la luz del sol, que se filtraba a través del sucio cristal del techo de la estación. Junto a Tonks estaba Lupin, con su habitual rostro pálido y su cabello entrecano, que llevaba un largo y raído abrigo sobre un jersey y unos pantalones andrajosos. Delante del grupo se hallaban el señor y la señora Weasley, ataviados con sus mejores galas muggles, y Fred y George, que lucían sendas chaquetas nuevas de una tela verde con escamas muy llamativa.
—¡Ron, Ginny! —gritó la señora Weasley mientras corría a abrazar a sus hijos—. ¡Y tú, Harry, querido! ¿Cómo estás?
—Bien —mintió él mientras ella lo abrazaba con todas sus fuerzas.
Por encima del hombro de la señora Weasley, Harry vio que Ron miraba con los ojos como platos la ropa nueva de los gemelos.
—¿Qué es eso? —preguntó señalando las llamativas chaquetas.
—Piel de dragón de la mejor calidad, hermanito —respondió Fred, y tiró un poco de su cremallera—. El negocio funciona de maravilla, y nos pareció que nos merecíamos un premio.
—¡Hola, Harry! —dijo Lupin cuando la señora Weasley soltó al muchacho y fue a saludar a Hermione.
—¡Hola! —contestó él—. No esperaba... ¿Qué hacen ustedes aquí?
—Bueno —respondió Lupin sonriendo—, hemos creído oportuno decirles un par de cosas a tus tíos antes de que te lleven a casa.
—No sé si será buena idea —comentó Harry de inmediato.
—Ya lo creo que lo es —gruñó Moody, que se había acercado renqueando—. Son ésos, ¿verdad, Potter?
Señaló con el pulgar por encima de su hombro; estaba mirando con su ojo mágico a través de la parte de atrás de su cabeza y del bombín. Harry se inclinó un poco a la izquierda para ver hacia dónde apuntaba Ojoloco y, en efecto, allí estaban los tres Dursley, asombradísimos ante el comité de bienvenida de Harry.
—¡Ah, Harry! —exclamó el señor Weasley, y se separó de los padres de Hermione, a los que acababa de saludar con entusiasmo y que en ese momento abrazaban a su hija—. Bueno, ¿vamos allá?
—Sí, Arthur, creo que sí —afirmó Moody. Moody y el señor Weasley se pusieron en cabeza y guiaron a los demás hacia los Dursley, que parecían clavados en el suelo. Hermione se separó con delicadeza de su madre y fue a unirse al grupo.
—Buenas tardes —dijo el señor Weasley educadamente a tío Vernon cuando se paró justo delante de él—. No sé si se acordará de mí, me llamo Arthur Weasley.
Teniendo en cuenta que dos años antes el señor Weasley había demolido sin ayuda de nadie el salón de los Dursley, a Harry le habría sorprendido mucho que su tío se hubiera olvidado de él. En efecto, tío Vernon se pu